| |||||||||||||||||||||||||
|
|
|
|
|
PERFILES 2 Egregio cavaliere La definición en italiano no es casual. Ni gratuita. Carlos Alberto Rosso (54, casado con Marta y padre de Ezequiel, Georgina y Gustavo) se ha ganado la nominación a fuerza de transitar por la vida con sentido de honorabilidad y trayectoria. Abogado de profesión y vocación, un día dejó Córdoba, donde se había graduado para incorporarse a la empresa familiar, otro de los íconos de la historia rafaelina y que hoy se constituye en una tradicional casa del ramo. Sus antecesores esculpieron el destino con sus carruajes, tanto en lo social como en esos otros momentos que nadie quiere. En ese difícil rubro transita una personalidad muy especial: un hombre culto, educado, respetuoso y respetado que un día decidió que quería conocer la cultura y la lengua de sus abuelos. Este transitar por la evolución intelectual lo llevó a formar parte de diferentes entidades, y también le permite dedicarse al servicio social. Lector empedernido de derecho, historia y todo tipo de material, amante de la música -"toda"- y de la charla amena, admite que la abogacía sigue siendo una de sus grandes pasiones y a eso se dedica cuanto su labor cotidiana se lo permite. Alguna vez también se interesó por los aspectos políticos de la comunidad y entendió que el compromiso había que ejercerlo y no sólo declamarlo. Y fue concejal en 1983, cuando la democracia despertó tras una larga noche. Carlos Rosso es uno de esos pocos ciudadanos que andan por las calles sin necesidad de declamarlo. Su humildad, su sabiduría y su especial gestión para tratar con la gente, lo elevan casi a cada instante. Y a esta altura de su vida ocupa ese lugar de trabajo que los nonos fundaron y que hasta hace poco tiempo ocupara su mamá Regina, la misma que trasladó los genes, de la difícil ciencia de ser gente sin dejar de ser uno mismo. ¿El título? Quizás la mejor definición que nos merece el hombre, algo así como el distinguido caballero. Y es justo. Merecido. ![]() |
||||||||||||||||||||