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- Año 10 -
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13-02-2007

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En busca de... Marcelo di Marco, escritor y coordinador de talleres de escritura

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23-01-2007

Editorial



Martes 13 de Febrero de 2007

El invitado

Ante los portales de la Abadía (I Parte)

"....Hoy el hombre se olvida de los grandes interrogantes porque disponemos de veinte tipos de yogur para no tener que hablar ni de Dios ni de la muerte. Si no se habla de eso, si no hay angustia ante lo desconocido, no hay filosofía ni gran creación artística posible".

Puedo afirmar que aprendí a leer y a vivir gracias a la literatura fantástica.
Un día -tendría por aquel entonces seis años y recién empezaba la escuela- alguien tocó el timbre de mi casa, y yo no sabía en ese momento que ese alguien me cambiaría la vida. Se trataba, simplemente, de un vendedor. Con el tiempo fui olvidando su cara, y ni siquiera recuerdo si iba de traje o no. Poco importa. Lo único que sé es que no era un vendedor cualquiera, ni tampoco vendía cualquier cosa. Vendía libros. Libros a crédito.
Mi madre, después de regatear con el hombre, decidió hacer por mí algo que me marcaría para siempre: le compró la colección completa de los libros de un tal Monteiro Lobato.
Las páginas de este señor -José Bento Monteiro Lobato, según supe más tarde, o maior escritor infantil brasileiro de todos os tempos- estaban llenas de mitos de las selvas brasileñas y de ideas increíbles, insólitas. ¡Ah, la muñeca Emilia manipulando sin querer la Llave del Tamaño! ¡Los seres humanos volviéndose ínfimos por culpa de ella, escapando para no ser devorados por sus propias mascotas!
Yo me sumergía en esos libros con el deleite de quien se hunde en una bañera tibia y extrañamente perfumada. Jamás había leído cosas semejantes. Y, a medida que iba leyendo, experimentaba la sensación casi física de que se me ensanchaba el mundo. Sí, eso es lo que sentí, si bien no podía expresarlo con las palabras que encuentro ahora: el mundo se me ensanchaba y se me ahondaba. Se resquebrajaban los límites de la realidad. Vislumbraba algo más allá, más adentro. Algo que me aterrorizaba y fascinaba.
Y, con esa literatura, vino también la conciencia de lo siniestro y de lo heroico, de la fragilidad, de la finitud de la vida, de lo que acecha detrás de lo banal y de lo visible. Vino la conciencia de un más allá, vino la intuición de la Gracia. Algunas historias me daban miedo, un miedo inexpresable. Sin embargo, al poco tiempo descubrí que el libro que me asustaba, a la vez me protegía del peligro. No me dormía tranquila si no me había acomodado bien entre las sábanas, acorazada por las tapas duras de la colección Robin Hood: si alguien -o algo, mejor dicho- viniese a visitarme de noche para robarme el aliento, yo podría repelerlo con mi armadura improvisada. Y eso es lo que los libros de aventuras y fantasía y terror y misterio hicieron por mí a lo largo de los años. En cada página me proporcionaron pasaportes a mundos más aromáticos, boletos para mil viajes -de ida y vuelta, gracias a Dios- a bordo del tren fantasma.
Por eso mi entusiasmo cuando Marcelo di Marco me invitó a formar parte del proyecto de La Abadía de Carfax: no sólo significaba acompañarlo en una nueva propuesta creadora. Trabajar en el libro que ustedes tienen en sus manos era meterme más de lleno en la apasionante trastienda de la literatura de lo sobrenatural.
Fui conociendo en persona a cada uno de los escritores que figuran en este libro. Sus intensos cuentos -hechos de la rara belleza de las pesadillas, todos bien diferentes entre sí- hablarán por mí enseguida. Pero no puedo dejar de mencionar el profesionalismo y la dedicación que han puesto todos los autores. Seleccionar estas historias ha sido un verdadero placer.
Porque de eso se trata, del placer.
Los fenómenos que describe la literatura fantástica, al brotar de entre los resquicios de la sólida realidad, nos recuerdan que hay algo más allá de nuestras narices. Algo al acecho, como decíamos, listo para saltar sobre nosotros en cuanto le demos una oportunidad. ¿Cómo renunciar al placer de tener control, al menos por unas cuantas horas de entretenida lectura, sobre semejantes fenómenos? Es muy liberador ver que los fantasmas más recónditos salen a la luz.
Las parábolas del fantástico nos hablan de lo que siempre cuesta hablar. Nos sirven en bandeja las preguntas más trascendentes del ser humano. Mostrándonos nuestros corazones al desnudo, nos obligan a interrogarnos sobre los temas esenciales, los que en verdad importan: Dios y el diablo, redención y condena, identidad y deterioro, vida y muerte. Para decirlo de un modo políticamente incorrecto, nos recuerdan la existencia de la batalla de las luces contra lo tenebroso.
De manera, queridos lectores, que los invito a que me acompañen en estos pasadizos oscuros. Atención: no sabemos a qué salida nos conducirán tales laberintos. Pero sus puertas de entrada están a vuelta de página.
Atrévanse.
Nomi Pendzik


Como un pozo

por Daniel De Leo - escritor

Una o dos veces al día, abuela sale de lo hondo de su pieza y, arrimada al hueco de la puerta, se pone a decir cosas raras. Siempre se asoma. Se asoma y espera. Como una estatua, espera el mejor momento para hablar. Entonces yo me le acerco y la escucho. Pero no me habla a mí ni a nadie, apenitas se planta ahí a soltar mensajes difíciles. Después, se mete de nuevo adentro.
Me gusta escucharla, aunque a veces me da un poco de miedo. No un miedo grande, como cuando estoy solo y siento ruidos en lo oscuro del jardín. Más bien es un miedo divertido, porque sé que abuela nunca va a lastimarme.
Desde hace un montón que la escucho hablar sola en el umbral. Antes la espiaba desde la cocina, escondido atrás de la heladera. Podía ver todo desde ahí. Me quedaba esperando y esperando. Y cuando después abuela volvía a meterse adentro, yo salía corriendo, muerto de risa, a contarle a mamá sus disparates. Después ya no. O sea, ya no me daban ganas de reírme ni de esconderme.
Yo no sé, a veces se me hace que abuela sabe mucho, que sabe más de lo que tendría que saber. Entonces se me ocurre que no debería estar ahí, tan sola en esa pieza tan oscura, con sus libros viejos. Pienso que tendría que volver a dar clases como antes, como cuando enseñaba en los colegios. Pero también pienso que ya no podría. Abuela está viejita.

Extraños pero hermanos, vamos tambaleantes por el hilo del destino. Hay promesas que huelen a podrido, y algo estalla en el borde de los sueños. Lo he visto. En el temblor del agua lo he visto: he visto a la rata más pesada escapar por la azotea de una Casa de Traiciones.

Papá dice que es medio bruja. En cambio, tío Pochi no cree lo mismo que papá: él directamente asegura que la abuela es de otro planeta. Si no fuera porque es la dueña de la casa, papá no soportaría que viviéramos todos juntos.
Hasta hace poco, papá hacía changas de albañilería. Pero fue teniendo cada vez menos trabajo. Ahora casi ni sale de casa. Dice que es inútil salir, que en la construcción está todo quieto.
Papá y tío Pochi charlan sentados a la otra punta de la mesa. Yo espero a que se me enfríe un poco el mate cocido que mamá me sirvió en esta taza que tiene la manija rota. Mamá les da de comer a las gallinas en el patio. Puedo verla desde acá, veo cómo va soltando los granitos de maíz y cómo las gallinas se pelean por atraparlos. Tres gallinas le quedan a mamá. El año pasado llegó a tener diecisiete. Yo las conté.
También desde acá puedo ver el bulto de la abuela recostada en lo oscuro de su pieza. La pieza no tiene puerta, sólo el hueco. La puerta se rompió y nadie se molestó en arreglarla. En su mesa de luz, la llamita parpadea. Cosa rara: tenemos electricidad, pero abuela usa lámpara a querosén.