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Jueves 1 de Marzo de 2007

El invitado

Vestidos y colores

por Olga Zamboni. Escritora (Posadas - Misiones) (I Parte)

Verde: El beso

El vestido de piqué blanco con lunares verdes media campana le ajustaba el talle, y una hilera de botones haciendo juego bordeaban el cuello triangular con los ojalillos pegados y sobresalientes. Lo estaba estrenando esa noche. Sin mangas, trasgresión culpable de confesionarios a las normas rígidas del colegio de monjas. Se sentía bien con él, se sabía admirada, consciente de su buena figura.Tendrías que haber sido bailarina, le decía su tía Renata.¡Bailarina, qué ocurrencia! Aunque sí, en el club no se perdía pieza.
Y esa noche habría tertulia hasta las doce.
Verde es mi color...
color de verde luna es mi pasión Gastarían a más no poder este bolero del último disco comprado por la barra. No se cansarían de bailarlo, cosa que siempre ocurría cuando la novedad musical de moda, traída por alguno de ellos que había viajado a Posadas, era motivo más que suficiente para juntarse en el club.
Y después de la tertulia, Javier la acompañaría hasta su casa. Bajo la verde luna, si es que había luna esa noche. Javier era su primer novio, aunque no, no todavía su primer novio y menos que menos su primer amor. Esta aparente contradicción no era tal. Ella aún no sabía distinguir el amor de esa pasajera necesidad de sentirse festejada por un muchacho alegre, buen bailarín, compañero en todos los escarceos sociales y también deportivos del pueblo; juntos habían practicado el voley, que a los dos los entusiasmaba, y a ella le había costado una torcedura de muñeca. Él la había curado entonces, cómo se había preocupado, tanto que casi con sólo verlo así de solícito había desaparecido el dolor.
Sabía que esa noche intentaría besarla. Ya había ocurrido otras veces, intento fallido. Duraban las aprensiones del último retiro donde un curita de cara lisa y voz delgada especialmente se había referido a "esos besitos en la boca" y a "cuidado con los muchachitos y los toquecitos". Parecía que siempre el cura hablaba en diminutivo. Ella esperaba con curiosidad a flor de piel. Había tenido el testimonio de algunas amigas que le pintaban el beso como "lo máximo". Esa noche estaba dispuesta a la concesión. Sabía que el intento vendría a la salida del club en el camino de regreso a casa. Y sí sucedió.
Verde luna, verde su vestido.
Pero ni siquiera había luna, que tal vez a su luz se le hubiera despertado un súbito romanticismo primerizo y decadente. Pero no.
El brazo del muchacho acentuó la presión sobre sus hombros y la empujó con suavidad hacia él. Ahora viene, se decía ella, mientras pensaba en su vestido verde a lunares, en lo bien que le quedaba, y el beso le mojaba los labios y una lengua blanda se le instalaba en la boca, y ella no sabía cómo responder, y le dejaba explorar la cavidad húmeda, y dejaba su propia lengua inmóvil, y alcanzaba a ver el follaje del cedro de la esquina que siempre había admirado por su color, y esos labios blandos la mojaban después recorriéndole la cara, y tenía ganas de secarse, hasta que, finalmente, la cara de él se dibujó apartándose un poco y.
Eso era, finalmente había ocurrido, de lo que tanto hablaban en los boleros, de lo que era pasto verde de charlas en los recreos con las chicas. No relacionó una cosa con la otra. Las letras de los boleros, lo que leía en las novelitas rosa y su propia experiencia. ¡Era algo sensual y bello en esos argumentos de jóvenes perfectos, girando en salones iluminados y andando en coches aerodinámicos! No era su caso. ¿Quizá por eso no le había gustado,? Algo pasaba.
El supuesto calor de aquellos labios no había traspasado siquiera la piel de su vestido verde y blanco, que él sí, el vestido, la había hecho tan pero tan feliz.
Enamorada de la luna y del amor, el beso quedó flotando lejos de ella, entre las ramas esquivas del cedro, al que pudo mirar por el costado, cómo iban sus hojas recobrando paulatinamente su verdor. Y se acordó del disco con algo parecido a la tristeza:
Verde es mi color...
color de verde luna es mi pasión.