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es una publicación de
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10-03-2007

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Sábado 10 de Marzo de 2007

Sobre la risa de las brujas

Por Adrián Volpato

Nota I

Aquel día ingresé a la carretera austral. Solitaria, salvaje, dura, extremadamente bella. Y la bauticé Débora, en honor a una inconquistable vecina mía. Débora, la culpable de mis insomnios, de mis anhelos. Débora... la única.

Sur, hechizo total

Allí estaba manteniéndome en forma, tratando de quebrar el test de Cooper. Y por las noches trazaba la futura ruta de viaje. Esas noches en las que la adrenalina de la aventura impide el sueño.
Ahora "La Reina" truena, mi mano se alza, y cae la visera del casco.
Paso por pueblos olvidados, somnolientos, con niños que van a la escuela. Reminiscencias de los viejos y buenos tiempos.
Surge La Pampa, con su extensión, su austeridad. Cruzarla implica redibujarse la raya del trasero, pero siempre es un placer.
Sobre la "ruta del desierto", cerca de Puelches está Lihuél Calel.
Uno puede imaginar que los primeros habitantes de esta zona la llamaran así -significa "sierras de la vida"- porque sus modestas serranías de origen volcánico constituyen un oasis que desafía una llanura semiárida.
Los arbustos son la vegetación dominante, con ríos y arroyos convertidos en cauces fantasmas.
Tierra y arena que al pie de las sierras se mezclan con montes de caldén y sombra de toro (miradores predilectos de halconcitos y caranchos en busca de presas).
Guanacos, copetonas y algunos armadillos corren furtivos.
Y un tesoro escondido entre paredes y bóvedas naturales, el vestigio, en forma de pinturas rupestres, de que hubo quienes habitaron el lugar hace más de 2.000 años.
Cuando los senderos acaban, cuando los ojos absorben el entorno y la nariz los perfumes, queda en la memoria una historia de aborígenes, pumas sigilosos, serranías caprichosas y margaritas amarillas.
La Patagonia es el reino del viento. Se suele decir que para conocerla basta con quedarse en un lugar y verla pasar frente a uno convertida en polvo. Esta mítica imagen de tierra árida sin embargo se esfuma ante valles fértiles, frondosos bosques, imponentes lagos, volcanes, glaciares, playas y variada fauna.
Así, el Alto Valle del Río Negro es un paraíso en medio del desierto, un emporio frutícola.
Siguiendo el río Limay llego al embalse Ezequiel Ramos Mexía y al dique El Chocón, una de las represas hidroeléctricas más grandes del país.
Después Picún Leufú, capital del viento; Piedra del Aguila,... Junín de Los Andes.
Si no hubiera historias y leyendas para contar y hombres y mujeres dispuestos a narrarlas, no sería la Patagonia. Los indios mapuches sabían que sus bosques estaban poblados de espíritus terribles a la vez que tenían creencias deliciosas, como aquella que dice que el río Aluminé está formado por las lágrimas de la Luna -Cuyén-, provocadas por la infidelidad del Sol -Antu-, con el lucero de la tarde.
Hubo testigos, en cambio, que dieron fe de la existencia en el siglo XIX del rey de Araucanía y Patagonia, Orélie-Antoine de Tounens, un ignoto funcionario francés que embarcó rumbo al sur y se proclamó señor de los mapuches.
Historias y leyendas. ¿Qué tierra fabulosa no las tiene? Y fabulosos son los escenarios de esta región sin límites.
Entre los lagos Tromen y Paimún, al oeste de la provincia de Neuquén, desde cualquier ángulo se ve la mole gigantesca y cónica del volcán Lanín.
Lanín no es sólo el nombre de un volcán extinguido, sino también el del Parque Nacional. El paisaje abunda en verdes, marrones y azules que se reflejan en las aguas de lagos, riachos y arroyos que cruzan el territorio.
El lago "estrella" es el Lácar, cuyo extremo baña la costanera de San Martín de los Andes, una aldea de montaña con coquetas viviendas de madera y techo alpino, y calles donde crecen enormes rosas que completan la más amplia gama cromática que uno pueda imaginar.
Desde esta margen del lago se abre un panorama de cerros tapizados por bosques nativos que conmueve los sentidos.
Su vecino es la primera y mayor área protegida del país, el Nahuel Huapi, creado en 1934, dando inicio a la historia de los parques nacionales.
Los parajes son increíbles, parecidos a un sueño. Una geografía con muchas idas y vueltas.
De este modo, Traful es un mundo hecho de un gran lago inmóvil, helechos gigantescos, cipreses sumergidos, y reconfortante sonido de cascadas. El bosque regala altísimas especies por las que trepan enredaderas multicolores. Un mundo mágico, vigilado por la cordillera de los Andes.
Tal vez por una cuestión de honores, el parque tomó la denominación del lago homónimo. Nahuel y Huapi son vocablos araucanos que significan "isla del tigre". Hacen referencia a la isla más grande del lago que ahora responde al nombre de Victoria. La alusión al tigre no tiene nada que ver con la posibilidad de cruzarse con estos felinos. Se origina, dicen, en el tótem de alguna familia puelche que habitó la isla. O en la audacia de los indios, que eran "valientes como tigres".
Los senderos se topan con ciudades como Bariloche y conducen a cerros como el Campanario que brinda una vista magistral. Precisamente en su cima, una pareja de austríacos se acerca para recordarme que un año atrás me asistieron con una taza de chocolate caliente en lo alto de los géiseres del Tatio -Chile-. Impensada coincidencia.
Hay más lagos, otros cerros, animales, otras plantas, otros ríos. Pues el parque es mucho más que una linda postal.
Camino al país limítrofe, el Nahuel Huapi luce sin obstáculos y los vehículos que cruzan el río Correntoso disminuyen la velocidad para reverenciar al paisaje. El agua azul transparente trasluce troncos, piedras de colores y truchas marrones que desovan, y el sol alumbra franjas sobre la montaña. Abajo, el verde oscuro de los ñires; al centro, el tono más claro de cohiues, cipreses y radales bordea al rojo de las lengas, coronado por manchas de nieve semiocultas por nubes.
En la bonita villa neuquina La Angostura continúan los encuentros.
Micaela, guardaparque y motoquera de alma, que conociera a los pies del glaciar Perito Moreno, me habla del sendero que en 12 kilómetros se interna por la península de Quetrihué.
Estratégico, escondido, el bosque rojo -como lo llaman algunos extranjeros-, el de arrayanes, aparece. Gema casi única en el mundo.
Además de admirar el impactante color canela de su corteza, es necesario cumplir la tradición de abrazarlos para comprobar su baja temperatura. Acariciando la piel suave, casi femenina, se puede llegar a sentir cómo la savia circula a borbotones por su alma.

Esplendor de los confines

Rumbo al paso internacional Samoré-Puyehue el cerro Pantojo -pitón volcánico- observa. Un profuso granizo se descuelga sin piedad, e ingreso a la región chilena de los lagos, con su bosque montañoso plagado de ulmos y cautivante marco volcánico.
Las pasiones también se sufren. Soy prisionero de mis sueños, a veces esclavo de "La Reina", pero no puedo evitarlo, no quiero evitarlo.
Con creces los vientos de libertad me recompensan.
La carretera -haciendo honor al sector- corre junto al lago Puyehue, a sólo 10 kilómetros del Rupanco, y luego tuerce al sur entre el lago Llanquihue y Todos los Santos custodiados por el volcán Osorno.
Se suceden antiguos muelles lacustres de tradiciones germanas hasta arribar a Puerto Montt, capital de la región, con su arquitectura parecida a Seattle o Vancouver pero más vieja, con sus coloridas caletas, mercados pesqueros y ferias artesanas.
Aquí comienza el "camino austral", la ruta que se extiende por más de mil kilómetros y culmina en el "campo de hielo sur". Y en Pargua sale un trasbordador a la isla de Chiloé, la mayor del país trasandino.
Luego de sortear el canal de Chacao aparece un destino encantador, entre otras cosas porque la isla permaneció aislada del Chile colonial durante mucho tiempo.
Verde intenso, colinas suaves, cascadas, un paisaje bello salpicado con gran cantidad de iglesias construidas con maderas.
En las riberas proliferan los típicos palafitos -viviendas sobre pilotes- y es imposible no tentarse con el curanto -mariscos cocidos en tierra y cubiertos con hojas de repollo- y algunas copitas de pisco.
Prima el hedor a pescado. Pescado viejo y fresco, cocido, secado, macerado. Un mundo de escamas y espinas alimentado por los reyes del agua.
Al sur del archipiélago está Quellón y en Punta de Lapa se inicia la carretera panamericana, el "Hito Cero". Un cordón umbilical de 22.000 kilómetros, que une las tres Américas, cruzando 13 países y concluyendo en Anchorage -Alaska-. Y me emociono recordando aquellos días en el estado 49 -la última frontera-.
Por acá, en esta época del año -noviembre-, existe poca frecuencia de ferries.
Casi mágico se corporiza el "Alejandrina", y zarpamos hacia Chaitén.
Hay personas de diversas nacionalidades y trabo amistad con Cédric, un ciclista suizo que me consulta sobre el Salar de Uyuni -el más alto y extenso del globo- en Bolivia. Es otro nómade. Y los nómades son buena gente.
Después de 6 horas de navegación aflora Chaitén, en la base de hermosos cordones montañosos.
Deshincho los neumáticos, para acondicionarlos al ripio. Aquí reinicia la carretera austral -Débora, para mi jerga personal-, obra que demandó veinte años (se concluyó en 1996) a través de una de las geografías más difíciles y esquivas del mundo.
Otra vez pertenezco a los caminos. Esos caminos donde el sol se pone demasiado lejos y los horizontes parecen inalcanzables.
Sinuosos y encaprichados recovecos se van internando por la otrora tierra virgen, aquella que sólo dialogaba con el río y la montaña.
La belleza natural seduce, embriaga.
Paso por Puerto Cárdenas, en la ribera del lago Yelcho, de origen glacial, encajonado por altos cerros coronados de ventisqueros y cubiertos de bosques en sus faldeos.
Subo la cuesta Moraga, y Villa Vanguardia es el último villorrio antes de ingresar a la XI Región.
Observo el encuentro de los ríos Frío y Palena, un inmenso valle se abre hacia el oeste. Saltos de gran caudal y el lago Risopatrón acompañan el andar.
El frío entumece y la lluvia desdibuja contornos.
Se debe navegar veinte minutos para llegar al borde poniente del fiordo que aloja las termas de Puyuhuapi, en medio de exuberante selva autóctona.
Más al sur, ya dentro del Parque Nacional Queulat, el ventisquero colgante, es un espectáculo natural de hielos milenarios cayendo.
Otra cuesta arma una verdadera escalera al cielo. La noche cae, y me envuelve en un silencio eterno.
Luego de la bifurcación a Puerto Cisnes asoma el río del mismo nombre junto a una impresionante masa rocosa, llamada piedra del Gato, donde se talló el paso. Todavía quedan estacas y cordeles asidos a la roca.
Las rústicas cruces de los mineros caídos semejan oscuros símbolos de desolación.