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Sábado 10 de Marzo de 2007

El invitado

Vestidos y colores

por Olga Zamboni . escritora (Posadas - Misiones) (Ultima Parte)

Azul: Un anillo de ámbar.
Ambar. Del árabe anbar, decía el diccionario. A Gliria le gustaba esa palabra. La mb zumbante, el final en r que resonaba con un temblor entre la lengua y los dientes, y ese acento enérgico en la primera a. Le gustaba escribirla además. En sus devaneos oficinescos sin mucho que hacer con birome en mano repetía una y otra vez la palabra. Cada uno tiene sus manías. A la de Gliria se le unían razones podríamos decir antropológicas y otras de índole familiar virtual. ¿Que por qué digo esto? Pues porque le habían dicho que el ámbar es la piedra típica de Polonia, así como que su color nacional el amarillo. Hasta le habían contado un chiste que probaba esto último. Coincidía con su gusto por todas las gamas amarillentas, atribuido -luego que lo supo, y aquí venía la razón de familia- a sus lejanísimos ancestros. Creía que una tatara o quien sabe qué abuela había sido de Cracovia. Eran sólo conjeturas, una leyenda familiar, ya que nunca tuvo ningún testimonio contundente. Ni siquiera habían vivido en Apóstoles, sitio de la inmigración polaca. Pero su obsesión le sirvió de inconsciente motivo por el que, cuando se le presentó la ocasión, viajó a Polonia y, una vez allá, buscó insistentemente un anillo de ámbar.
Lo del ámbar ya está pero lo del anillo merece también explicación. Hela aquí. En sus dos convivencias de pareja Gliria no había logrado que sus compañeros temporarios de vida y de cama le regalaran un anillo. Y ella había soñado con un "cintillo" como el que llevaba su madre. Pero no de brillantes, ¿por qué no de ámbar? Qué mejor que comprarlo en el país de origen.
El ámbar debía ostentar la prueba de su calidad de cristalización milenaria en el insecto para siempre aprisionado en lo que fue humor latente. Ella lo buscaba en cada pieza, en cada anillo. Buscaba el insecto en la piedra o la piedra del insecto.
En Varsovia se admiró con esa ciudad levantada de las ruinas exactamente igual a como era antes de los bombardeos asesinos. Vio las fotos. La levantaron igualita. Y los tesoros, joyas y preciosidades que ella sólo en Versalles había visto, fueron restituidos y brillaban en los palacios y museos, ¿dónde los guardaron? Pregunta sin respuestas para Gliria.
Pero más allá de eso y del turismo, ella seguía soñando con el anillo.
No se desalentaba en la búsqueda, pero empezó a declinar su esperanza.
-Qué me pasa, tendré atrofiado el gusto, estaré loca, se preguntaba. No puede ser que en tantas vitrinas enjoyadas no halle el que quiero.
Hubo de volver sin encontrarlo. Digo: uno que la complaciera totalmente. Sin anillo y un poco decepcionada tomó el avión de regreso, vencido el plazo otorgado por la visa. Iba sola en la fila 3. Siempre viajaba adelante. Qué suerte, pensó, puedo repatingarme a gusto. Pero en la escala de Ámsterdam subió una compañera de asiento: una mujer de edad más que mediana, muy elegante en su traje de seda azul con botones finísimo al tono. Apenas se sentó, la contempló sonriente, hizo un comentario de esos triviales para iniciar conversación y acabó alabando el buen gusto de Gliria para elegir el tono de la ropa que llevaba puesta: un conjunto en perfecto combinado de amarillo limón.
Gliria no pudo resistir a la simpatía de la mujer y le contó su frustrado sueño del anillo de ámbar. Le contó con apasionamiento, con lágrimas, con exclamaciones, con elocuente tristeza, como si fuera un sueño querido y quebrado por el Destino. La mujer sonreía en un gesto que le iluminaba la cara y hacía brillar las abundantes arrugas de alrededor de los ojos. Unos ojos penetrantes y rientes. Gliria no se dio cuenta, pero solamente ella había hablado. Ni se le ocurrió preguntarle algo a la dama que tan atentamente la escuchaba. Y casi sin darse cuenta, luego del whisky con poco hielo que compartieron, se durmió.
Al despertar, era el aeropuerto de Galeao, según oyó, en su entresueño, que anunciaban. Cómo me dormí y eso que no tomé ninguna pastilla, se dijo, ya estamos del otro lado del charco, ya falta poco. Cuando abrió los ojos estaban subiendo los pasajeros de esa escala. Gliria miró a su costado: asiento vacío. Tal vez la señora está en el baño, pensó. Pero no vio el pesado abrigo de sarga azul marino que le había llamado la atención como complemento de su atuendo. Y entonces la deducción lógica era que la mujer había bajado en la escala de Río.
Y así fue; en ese momento justo un señor muy atildado, con aspecto de investigador concentrado en su tema, se sentaba a su lado.
En el momento en que el avión despegaba nuevamente, rumbo a su destino final, Gliria tomó la revista de la Aerolínea, ya hojeada hasta el cansancio con anterioridad, para distraer esa frialdad de estómago que la invadía siempre en los despegues y los aterrizajes. Fue entonces cuando advirtió, en el fondo del bolsillo donde además de la revista estaban las instrucciones de vuelo de rutina, algo duro. Un paquetito. No lo había descubierto cuando estuvo revolviéndolo todo. Metió la mano y sacó una bolsita de plástico. Adentro, una cajita. Cerrada, sellada. ¿Qué hacer? ¿Abrirla? ¿Cómo no la había visto antes?
Giró la vista alrededor como si estuviera a punto de cometer un sacrilegio. Pero nadie la miraba. El viejo a su lado enfrascado o no en la lectura cabeceaba. Abrió lentamente la cajita. Un anillo resplandecía, un solitario inmenso, de piedra irregular, como ella había soñado siempre, de ámbar (según después lo comprobó).
Pero no era amarillo sino azul.

Marrón: Consigna de taller

Era marrón el chemisier, (porque así se decía entonces, no chemís sino chemisier) a rayas marrones, rayas gruesas, pensado como para llevar a la clase. Lo había mandado a hacer con mangas largas, porque así venían los que se compraban hechos. La modista lo había sacado justo, según el modelo de una vidriera. Mangas tres cuartos, al uso. El cinto, con las rayas horizontales para contraste. Le sentaba tan bien...que lo usó para ir al cine, hasta para actos y fiestas y sólo después, cuando se vio gastado, para ir a clase. Cuando se lo ponía, sin embargo, se sentía más profesora que nunca. Por qué tendría que ser así, un vestido de profesora. Recordó que en las clases de Práctica de la Enseñanza les habían recomendado no andar por el mundo con cara de profesor. Pero ¿es que el chemís tiene algo que ver con lo que ella desea (o no) recordar ahora? Tal vez a algún incierto nivel de conciencia le está diciendo algo, no el chemis (o chemisier) sino el marrón. No tan incierto a la verdad. Sabe bien, imagina bien el color fatídico. Brown. Marrone. Marrón glacé ¿es un dulce, ¿no? Un postre, aunque a decir verdad su paladar no podía identificarlo. No es experta en postres. Daniel sí lo era. Se moría por los dulces. Era él quien alguna vez la convidó con un marrón glacé, hacía tanta alharaca con que era delicioso y convidaba lo menos posible, angurriento como él solo, era como si lo estuviera viendo... Pero no... Marrón es el marrón, sustantivo común, género masculino, lo que les habían pedido era eso: el marrón y ella. Sigue pensando: en una canción de Zitarrosa están el marrón y el marronazo. Los chicos de ahora no pueden entenderlo. Era de la época aquella de luchas estudiantiles por las calles, eran las charlas largas alargándose con las noches sin plata y sin comida, con puchos y alguna cerveza del que juntaba unas monedas. Y claro, Daniel era el que siempre de algún modo se las agenciaba para traer si no una cerveza, un salame, un sello rojo, cualquier cosa que ayudara a discutir mejor en esas largas y apasionadas noches. A veces el cine, juntando monedas. A ver La Patagonia trágica, El salario del miedo, Teorema, en el cine club o en los comerciales, había uno barato, al aire libre, allá solían ir en barra, era un cine lleno de mosquitos, entonces te daban un espiral a la entrada, para ahuyentarlos.
Pero estaba hablando del marrón. Y al final no sabe qué cosa significa el marronazo. Debe de ser un uruguayismo. Cualquier cosa menos el color, y la consigna era hablar del marrón. Color fatídico: la imagen volvía a presentarse y allí estaba: marrón era la camisa de Daniel cuando lo vio por última vez, en la morgue, con la cara desfigurada y la sangre de las heridas manchándolo, tiñendo sangre en el marrón intenso, acostumbrado, de siempre, de su camisa. Ahí está el marrón y era eso lo que quería expresar. La sugerencia estaba lograda con la consigna de escribir sobre un color, sobre ese color que parecía tan anodino. Marrón era su camisa, qué duda cabe, apenas lo vio y ya se lo llevaron. Y ella se quedó dando gritos, frente a lo que no, no podía ser verdad. Pero lo era.