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Martes 13 de Marzo de 2007

El invitado

Sinforiano *

por Orlando Van Bredam - escritor (Formosa)

Si algo odiaba en la vida Sinforiano, era su nombre. Llamarse así: Sinforiano. Mejor dicho, que los otros lo llamaran así, porque él hacía rato que había dejado de pensarse con su único nombre, sólo aceptaba su apellido. No toleraba siquiera que le dijeran Sinfo o Don Sinfo. Sólo Barrios, a secas, o don Barrios. Claro que había nombres más horribles, llamarse Sandalio , como Sandalio Torres, por ejemplo. Aunque Sandalio se tomaba a broma y era el único, en Raíces, que conocía el curioso nombre de Barrios. Lo que le asombraba a Sandalio era el empecinamiento de Barrios en esconder su nombre, como si se tratara de un crimen, de una vergüenza difícil de soportar. Hasta su mujer le decía Barrios y los hijos, claro, y últimamente los nietos que lo reconocían como el abuelito Barrios y punto.
-Pero, compadre, no es tan feo el nombre- se reía Sandalio Torres- escuchá el mío: San-da-lio. Mezcla de sandía y sandalia, ¿qué tal?
Sinforiano se callaba y se volvía triste y lejano, como si de golpe le bajaran las desgracias y se le pusieran en el camino.
-Es feo -decía de pronto- feo como suena y feo realmente.
Entonces Sandalio sabía que enseguida venía un relato o una obsesión. Mejor dicho: el relato de una obsesión.
- Mi padre en el cincuenta y siete, en Sapukay, era colorado. Todos eran colorados, todos los hijos le salieron colorados, menos yo: le salí liberal. No me lo perdonó nunca y yo tampoco le perdoné que me haya puesto Sinforiano, nada menos que Sinforiano, ¿te das cuenta?
-¿Nunca lo perdonaste? ¿Se murió sin tu perdón?
-Nunca lo perdoné. Todavía no lo perdono. Me enteré de su muerte un mes después, yo, ya estaba aquí, de este lado, a salvo de la furia del dictador. Se dice que el viejo me entregó, pero uno de mis hermanos me ayudó a escapar. Me contó después, un día que se vino para esta orilla, que me buscaron toda la noche, en pleno monte, con perros y escopetas me buscaron. Y que mi padre los ayudó a buscarme. Encontré una canoa en el lugar justo y crucé el Paraguay y juré no llamarme nunca más Sinforiano, nunca más.
-¿Ese era el nombre de tu padre?
-No. Si él se hubiera llamado Sinforiano lo hubiera perdonado porque era natural que el nombre de un padre se continuara en el hijo. Pero no, él no se llamaba Sinforiano.
-¿Un tío, un amigo, de dónde apareció ese nombre tan raro?
Entonces Sinforiano se callaba, se volvía más triste y más lejano como si estuviera peleando con los fantasmas de una antigua desgracia. Daba tanta pena verlo, que Sandalio Torres lo dejaba, lo abandonaba lentamente, como si temiera espantar los recuerdos, esas sombras que se balanceaban en la cabeza blanca de Sinforiano Barrios.
Otra tarde, una tarde cualquiera de tereré y paraíso sombrilla, el tema volvía como una obsesiva música congelada en el tiempo.
-¿No te gustaría acompañarme un día de éstos a Sapukay?- preguntó Sinforiano.
-Vos decís cuándo, yo soy materia dispuesta- fue la respuesta de Sandalio Torres que ya estaba corroído por tanto misterio.
-En realidad, más que a Sapukay, yo quiero ir al cementerio de Sapukay -explicó lentamente Sinforiano mientras sorbía el tereré.
-¿Qué esperás encontrar ahí?
-Las razones de un odio que no me deja vivir.
Sin embargo, otra tarde cualquiera, Sinforiano cambiaba de idea.
-No vale la pena ir, no se lo merece.
-Me parece bien- asentía Sandalio Torres que lo encontraba sonriente y casi feliz a su compadre.
Pero eso eran las menos de las tardes, la mayoría de las tardes, el tereré se volvía sombrío y amargo como una música interrumpida.
-Vamos a ir nomás, quiero ver esa tumba- se decía y decía Sinforiano, mientras Sandalio Torres lo seguía por esos caminos llenos de fantasmas. Los mismos fantasmas que debieron asolar sus pesadillas y que lo mataron una mañana de mayo, espléndida, con demasiado sol y aire fresco como para morirse. Ese día, todo Raíces supo que Barrios se llamaba Sinforiano Barrios, porque todos vieron el nombre en la sala velatoria, en el diario de la capital y en el coche fúnebre.
-Feo el nombre -dijo uno- realmente feo.
-No tanto-dijo otro- a mí me suena a música y a rebeldía.
Llegaron los hermanos de Sapukay. Entonces Sandalio Torres que seguía corroído por el misterio le preguntó a uno de ellos:
-¿Por qué le pusieron de nombre Sinforiano?
- Eso lo sabe todo Sapukay. Sinforiano es el nombre del caudillo del Partido Colorado más importante que hubo en Sapukay. Tiene una estatua en el cementerio.

* del libro en preparación "Crímenes de aldea"