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- Año 10 -
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Jueves 22 de Marzo de 2007

Cruz

Hace tiempo recibí una postal con un texto a la vez profundo y consolador:
No claves tu cruz tan alta: el crucifijo se ha hecho para estar a la altura de tus labios. No escondas la cruz: la encontrarás siempre. No la esquives: pesará el doble. Acéptala, y Dios la convertirá en resurrección.
Juan Pablo II nos muestra en una homilía que lo que parecía derrota se transformó en un triunfo formidable, gracias al poder de Dios. Vale la pena recordar algunas de sus palabras:
"Este es el 'gozoso anuncio' que no ha cesado de resonar en el mundo desde la mañana de Pascual: la muerte de Jesús en la cruz no fue el final sino el principio, fue sólo un triunfo aparente de la muerte. En realidad en aquel momento se verificó la victoria de Dios sobre la muerte y el mal. Su muerte figura en el centro de un gran designio de salvación delineado en las Escrituras del Antiguo Testamento y del Nuevo. Un designio que abarca a toda la humanidad, a cada hombre y a cada mujer personalmente. Cristo 'fue dado' para nosotros. 'Fue entregado' a la muerte en nuestro favor para que fuéramos liberados de la fuerza destructora del pecado y de la desesperación de la muerte.
Por esto, para el cristiano la cruz representa el signo de la liberación y la esperanza, después de haber sido instrumento de la victoria del Señor.
La cruz nos recuerda la entrega y el amor personal de Cristo por cada uno de nosotros. Vienen al pensamiento las palabras que Pascal pone en labios de Cristo: 'En ti pensaba en mi agonía, por ti derramé algunas gotas de sangre'. Jesús ha realizado enteramente su parte, en El se nos ha dado Dios y se nos ha hecho cercano. Ahora toca a nosotros corresponder con la vida y la voluntad a Aquel que 'aniquiló la muerte y sacó a la luz la vida y la incorrupción por medio del Evangelio' (2 Tim 1,10).
Un buen tema para pensar, sobre todo para quienes el peso de la cruz resulta demasiado grande.