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Miércoles 28 de Marzo de 2007

El invitado

Una verdadera fiesta: XVI Feria Internacional del Libro en Cuba 2007

Marcela Sabio - Narradora Oral Escénica y Delegada de la Cátedra Iberoamericana Itinerante de N.O.E. en Argentina (Ultima Parte)

Cada uno que por allí pasa se siente tan agradecido, que se ve en la obligación de retribuirnos con algo. Lo primero: un amor infinito hacia el Che y hacia la Argentina "por haber dado semejante hombre a Cuba, a Latinoamérica, al Mundo", un amor que desborda, que contagia, que anima a la revolución. A esa revolución por el arte, por la poesía, por la lectura, en el más amplio de los sentidos, que sigue siendo. Porque -me pregunto- en nuestras sociedades mercantilizadas, donde detenerse no es rentable, pensar no es deseable y soñar incalificable; donde se nos inculca que toda actividad que no da ganancia inmediata y visible es inútil, y por tanto, que invertir en educación y cultura no es productivo ni redituable: ¿no es acaso un acto de rebelión, de arrojo y a la vez de inagotable, fecundo amor, darse, encontrar esos tiempos para encontrarse, para jugar, para leer, para "viajar"? Y luego de encontrarlos, regalarlos. Qué proeza. Porque nadie da lo que no tiene y a veces, tampoco lo que se tiene. Pero éste no es el caso, porque en Cuba lo que hay se comparte; lo que se tiene, se da.
Llegan por ejemplo, las hijas del Che, Aleidita y Celita -como les llaman todos- y nos/se regalan un tiempo para hacer un viaje a lo que quizá alguno catalogue de "imposible": asistir el nacimiento de su padre, Ernesto Guevara de la Serna, allá en 1928.
Llega Nicolás Guillén -poeta, nieto y director de la fundación que lleva, como él, el nombre de su ilustrísimo abuelo- y al encontrarse ahí, en esa esquina de Rosario de Santa Fe transplantada en Cuba, nos/se regala un viaje hasta el instante en que su abuelo se entera de la caída del Che y escribe ese precioso poema que comienza: "No porque hayas caído/ tu luz es menos alta." Regresa al día siguiente, para regalarnos una deliciosa edición de ese poema y el deseo de emprender con nosotros algunos proyectos de intercambio. Lo mismo sucede con tantas otras figuras de las artes, de la política, de la cultura, que sin formalismos ni divismos, se acercan a compartir -a veces, hasta mate y ceremonia del mate de por medio- este tesoro del que ya son dueños: tiempo para conocer y conocernos, para contar y contarnos, para encontrarse "y salir a jugar", ese tiempo sin tiempo, el "tiempo no apurado", ese tiempo para nada y para todo...

En esto veo la mayor de las diferencias con otras grandes ferias del libro que he conocido: aquí el punto no es vender y comprar, sino compartir, regalar, intercambiar, proyectar, soñar... Un elogio a los encuentros. Es como enamorarse: ese encuentro con alguien o algo que nos vuelve inventivos y rebeldes. Esa lectura que excede los límites del texto escrito, esa lectura de leer el mundo, de leerlo todo, de leer hasta en el brillo de los ojos de otro, en el mapa de las arrugas de su frente, en el tono de su voz. Pero para esos encuentros hay que disponer de un espacio, de un tiempo que en general no nos damos, no nos permitimos.
El pueblo cubano es el mejor de los ejemplos de un pueblo que lee, que juega, que se juega, que crea. Ante cada carencia u obstáculo para alcanzar algún objetivo, repiten, exigen hasta el cansancio: "Invente ¡invente!". Un pueblo de inventores, de "Dédalos". Porque se han educado privilegiando la construcción de alas, pluma por pluma. Un pueblo que se permite soñar (otro acto de rebelión).
Matisse decía que la ensoñación de un hombre que ha viajado tiene una riqueza diferente a la del que nunca lo ha hecho. Seguramente todos acordamos con eso y con que hay innumerables formas de viajar, y muchas de ellas sin necesidad de dar un solo paso, sin movernos de la silla en que estamos sentados, por ejemplo, leyendo un libro para viajar a los orígenes de la especie humana; o leyendo el olor a tierra húmeda para viajar a la lluvia que se avecina; o leyendo en el espeso silencio de otra persona para viajar hasta el sordo grito de la impotencia.
Los humanos somos animales lectores.
Necesitamos encontrar el sentido a todo, descifrar el mundo para reinventarlo, y la psicología asegura que para poder entender ese mundo, esa realidad, primero debemos ser capaces de imaginarla. Lo imaginario pone en movimiento, lleva a otro lugar, hace surgir el deseo. Sólo así el acto de leer nos transforma y nos ayuda a transformar la realidad. Es esa la lectura que se erige, sólo así, en el mayor ejercicio de libertad.

En esa inmensa fortaleza del siglo XVI, hay un lugar especial para los niños: "El tesoro del papel". Allí hago espectáculos de narración oral escénica y música para/con los niños, especialmente para los grupos de niños huérfanos o de sectores más humildes.
Llegan niños de primaria, con sus uniformes de pioneros, todos llevando pequeñas bolsas de plástico con moneditas, los ahorros que, durante un año, impulsaron sus docentes y padres, para que al llegar la feria, cada quien pudiese llevarse al menos uno de los bienes más preciados: un libro. Contamos juntos cuentos, canciones, y convocamos feas o divertidísimas Brujas, gigantescos Ogros, y por supuesto, a Meñique -tan pequeñito pero con una enorme verdad-: "El saber vale más que la fuerza", e inmediatamente, todos, pero todos los niños recitan a Martí. Termina la función, y salen cantando todas las canciones que hemos compartido. Se acercan a saludarme, a preguntar por los instrumentos, y una pequeña me dice orgullosa, mostrándome una bolsa con varios libros: "mire, compañera, (los compré) con lo que había ahorrado para unos tenis (zapatillas) nuevos... mañana empiezo de nuevo (a ahorrar), para los tenis". Disimuladamente miro hacia abajo y me quedo en sus pies con zapatillas de lona, deshilachadas, medio agujereadas, pero blanquísimas. Creo que ella se da cuenta y agrega, señalando uno de los libros: "Además, aquí llevo las Botas de 7 leguas". Y como si me hubiese prestado esas botas, vuelo hasta la frase que Martí le dedicó a su hijo en Ismaelillo: "Hijo: Espantado de todo me refugio en ti. Tengo fe en el mejoramiento humano, en la utilidad de la virtud y en ti." Vuelvo al stand, a seguir viajando, y navego por las lágrimas de un hombre que se aparta del grupo para confesarme en secreto: "Yo estaba haciendo el servicio militar, cuando nos comunicaron que el Che recibiría, en nuestro regimiento, la ciudadanía cubana. Entonces, yo que siempre tuve facilidad para trabajar con las manos, en una piedra le tallé nuestro escudo y se lo obsequié. 'Tome comandante, para que se sienta más cubano'-le dije. El me preguntó cómo me llamaba y qué hacía ahí. 'La revolución, comandante',-le contesté. 'Usted -me dijo el Comandante- tiene que hacer la revolución pero desde ese arte. Prométame que nunca va a dejar de hacerlo'. Al poco tiempo me mandó una carta, recordándome la promesa que le había hecho. Y cumplí, nunca más dejé de hacer esta revolución." Era Herminio Escalona, figura reconocidísima de las artes plásticas, que emocionado como quien habla de su padre -en la carrera artística, en este caso-, daba cuenta de otra de las innumerables facetas que hacen del Che un humanista íntegro.
Voy al "Patio de los Laureles", donde al aire libre, con inmensos jagüeyes, árboles que se adhieren a la fortaleza de piedra cual montaje escenográfico, dan el marco bucólico para que los jóvenes y adultos se sienten a compartir café, cervezas y espectáculos de juglares y trovadores, entre las que me cuentan. Me ofrecen un café antes de subir a actuar, pero el café se demora y llega cuando ya estoy probando sonido. Intento rechazarlo pero todo el público insiste en que me lo tome. Y tengo la excusa justa como para comenzar a conversar. Entre sorbo y sorbo, les canto unas coplas picarescas, que enseguida son coreadas por la multitud presente. Convoco a Graciela Montes, a mi manera: "Había una vez una palabra grande, redonda, llena. Dentro de esa palabra estaba el mundo y dentro de eso mundo estábamos, estamos nosotros, diciéndonos palabras". El silencio es absoluto, sin embargo están sonando tantas voces... Hasta los pasantes se detienen y detrás de la valla que divide los patios, se quedan escuchando. Más de una hora contando, con todos (y de ser por ellos seguiría contando). Nos reímos, nos emocionamos, nos preguntamos e intentamos respuestas.
El día 19 de febrero, Radio Rebelde, la radio más popular de Cuba, fundada por el Che en 1958, emite fragmentos de entrevistas que me hicieron durante el desarrollo de la Feria y agregan que a nuestro trabajo y stand junto al de madres de Plaza de Mayo, se nos han adjudicado menciones especiales.
Fueron diez intensos días que se convirtieron en un elogio a los encuentros. Diez intensos días en donde confirmo, una vez más, que la imaginación humana es tan poderosa que no sólo nos permite leer el mundo, sino pensar otras maneras de ser en el mundo. Una vez más confirmamos que el encuentro en la palabra, en la comunicación humana, es la fuerza transformadora más potente, que provoca, que enciende, que contagia, que anima a pensar que estas amorosas revoluciones por el arte, por la lectura, no sólo son necesarias, sino posibles.