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Martes 3 de Abril de 2007

El invitado

Una mancha más negra que el cielo

por Federico Buccino - escritor * (Buenos Aires) (I Parte)

-¡Habridge! -bramó la radio.
El comandante Habridge se sobresaltó pero no sacudió el timón del bombardero. A pesar de la interrupción, siguió escudriñando el cielo oscuro tratando de distinguir cazas nocturnos.
-No grite, McLeod -le respondió al radioperador-. Informe -siguió vigilando: le pareció distinguir una sombra, una mancha más negra que el cielo cruzando de babor a estribor. No, pensó, demasiado pequeño para ser un caza.
-El bombardero a estribor -dijo McLeod con voz temblorosa- reporta haber recibido fuego de artillería. Quieren saber si desde nuestra posición vemos algún impacto de Flak en su fuselaje.
Habridge frunció el ceño:
-¿Usted vio algún destello de cazas -dijo- o fuego de cazas nocturnos?
-No -contestó el radioperador-. Al momento de la comunicación, yo oteaba a estribor desde hacía rato. No vi nada.
-¿Cuál es nuestra posición?
McLeod respondió luego de unos segundos:
-Ya estamos sobre territorio alemán.
Habridge se quedó pensativo, mientras acariciaba la cruz que llevaba prendida al pecho, bendecida por el propio obispo de Leicester.
-Voy -anunció finalmente.
Le pasó el timón a Stanfield, el copiloto. Se acercó al puesto del radioperador. McLeod se apartó y le entregó los auriculares y el micrófono.
-Aquí comandante Habridge -radió-, por favor reporte más claramente.
-Aquí Stone, señor -respondió una voz con un tono inseguro que preocupó a Habridge-. Creemos haber recibido un impacto en el fuselaje, pero no encontramos daños visibles. ¿Pueden inspeccionar ustedes desde su posición?
-¿Me está hablando en serio? -dijo Habridge-. La visibilidad es nula.
-Sí, señor -admitió Stone-. Pero estamos dispuestos a encender por un instante las luces de posición para que ustedes puedan vernos.
Habridge no podía creerlo: ¿acaso ese hombre se había desquiciado?
-Sí -contestó-, podremos verlos. Podremos verlos junto con las cuatrocientas baterías antiaéreas que nos miran desde tierra.
Silencio.
-Eh..., señor -dijo Stone desde su bombardero-. Es que el impacto... ¡lo recibimos desde arriba!
Habridge quedó perplejo.
-¿No se distingue nada desde la torreta dorsal?
Antes de que Stone contestara, el avión se tambaleó. Ese cañonazo les había errado por poco. Habridge volvió a la radio.
-Repito -dijo-: ¿no se distingue nada desde la torreta dorsal?
-Nada.
-Stone -dijo-. No encienda las luces de posición bajo ninguna circunstancia. ¿Entiende?
-Entendido, señor -un momento de silencio-. ¡Señor!
-¿Qué sucede?
Pero no se volvió a oír la voz de Stone, a pesar de que la radio seguía abierta. Entre el fragor de la artillería, apretando fuertemente los auriculares, Habridge lograba percibir algo... un crepitar, tal vez gritos. ¿Se habría desatado un incendio a bordo? Dejó los auriculares y se precipitó a la ventanilla. El radioperador lo miraba atónito.
Habridge no veía nada. Creyó distinguir vagamente la silueta del avión de Stone. Algún destello ocasional, pero más parecido al fogonazo de un disparo que a un incendio. No era probable. Nadie dispara dentro de su propio bombardero.
Cuando las luces de posición de la otra nave se encendieron, Habridge quedó sin aliento. Ese imbécil de Stone le había desobedecido. ¡Por culpa de él los iban a matar a todos! Era obvio que el bombardero de Stone estaba fuera de control y perdía altura. Dios, pensó Habridge, qué es lo que está pasando.
El fuego antiaéreo se intensificó alrededor de la desafortunada nave. Recibió varios impactos antes de quedar en llamas. Habridge no lograba ver ninguna sombra blancuzca que delatara algún paracaídas.
McLeod seguía a su lado, tembloroso.
-Qué pasó, señor, qué le dijo Stone.
Habridge no le contestó.
-Señor... -insistió McLeod.
-Quédese en su puesto -le dijo al radioperador.
Habridge fue hasta la torreta dorsal, forcejeando entre el abrigo y el estrecho espacio del fuselaje. El artillero se asomó. Parecía sorprendido de verlo allí.
-¿Señor?
-Esté atento a cualquier sombra que vea. Me parece que se trata de un nuevo caza nocturno. Rápido y pequeño.
-Sí, señor -el artillero volvió a su puesto. Habridge lo notó asustado.
MacLeod se acercó y le dijo que el bombardero líder, cincuenta metros por delante de ellos, reportaba varios impactos.
-¿Varios? -Habridge creyó que todos habían enloquecido-. ¿A qué se refiere con varios?
El radioperador miraba a Habridge con ojos abiertos de terror.
-No lo entiendo, señor -dijo-. Dicen que están recibiendo impactos desde arriba, pero por su intensidad no parecen de Flak.

* Pertenece al Grupo de Escritores de "La Abadía de Carfax"