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Miércoles 11 de Abril de 2007

El invitado

Una mancha más negra que el cielo

por Federico Buccino - escritor * (Buenos Aires) (Ultima Parte)

Habridge miró fijamente al radioperador.
-Dicen, señor, que más parecen golpes que impactos de artillería.
De pronto la radio les heló la sangre: del bombardero líder llegaba una retahíla de gritos horribles e incoherentes.
Desesperados, se lanzaron sobre el aparato de comunicaciones.
Entre un mar de estática, Habridge distinguió claramente la frase "Por el amor de Dios". Y los gritos cesaron. Oyó varios disparos.
Corrió a la cabina. Stanfield estaba pegado al parabrisas, escudriñando la negrura.
Y entonces volvió a ocurrir. Las luces de posición del bombardero líder se encendieron y la artillería lo abatió de inmediato. Caía con fuego en los cuatro motores.
Pero Habridge logró entrever algo.
Se sentó frente a los comandos. Asió fuertemente el timón, tratando de ordenar sus pensamientos. Estaba seguro de que Stanfield también había vislumbrado lo mismo que él, durante una fracción de segundo, antes de que el avión se envolviera en llamas. Temía mirarlo, no quería que se lo confirmara.
Pero levantó la vista, y Stanfield asintió con los ojos. Había palidecido mortalmente. Habridge supuso que su propia cara tendría el mismo color.
Porque había visto a alguien saltar del fuselaje. Pero no desde adentro, sino del techo.
Alguien con uniforme alemán.
Stanfield comenzó a hablar al mismo tiempo que él. Hablaron de abortar la misión, hablaron de una nueva arma, hablaron -intentaban explicar lo inexplicable- de una ilusión nocturna por el deslumbramiento de las explosiones. Un fuerte impacto en el techo del fuselaje terminó con la discusión.
-Nuestro turno -dijo Stanfield, desenfundando su Browning instintivamente. Después abandonó su puesto de copiloto.
Habridge quedó con los comandos. Oyó los impactos -los golpes, mejor dicho- que se repetían como picotazos colosales sobre el fuselaje. ¡El artillero dorsal!
-¡Keegan! -gritó Habridge por la radio-. ¡Reporte!
-¡Nada, señor! -contestó rápidamente el artillero-. ¡No veo nada! Nada a proa, popa, estrib...
El grito desgarrado de Keegan lo hizo saltar del asiento. Inmediatamente un remolino de alaridos le heló las manos sobre el timón. Oyó disparos, forcejeos, más gritos. Trató de girar para ver por el pasillo, pero el abrigo y el asiento estrecho se lo impidieron.
-¡Stanfield! -gritó-. ¡Por Dios, qué pasa!
Y oyó algo increíble. Alguno de los tripulantes habría desmontado una de las ametralladoras, porque la estaban disparando. La estaban disparando adentro del bombardero.
Cegado por el terror, Habridge se liberó de los controles y abrió la puerta de escape que estaba en el suelo de la cabina. El fuselaje había quedado en tinieblas. El zumbido de los motores era lo único que llenaba aquella oscuridad.
Una carcajada llegó hasta él.
-¡Quién es! -gritó-. ¡Stanfield, aquí! ¡Keegan, McLeod!
Se lanzó a la noche.
Demoró la apertura del paracaídas más de lo que aconsejaba el manual. Quería poner toda la distancia posible entre él y el bombardero. Con suerte, caería en los bosques de las afueras de Hannover. No podía explicarse nada de lo que había visto y oído. Debe ser un arma secreta, pensó, algo nuevo que nació de las entrañas de esta maldita guerra.
Abrió el paracaídas. El tirón fue tan fuerte que la vista se le nubló por un segundo. En realidad, supuso que la vista se le nublaba, porque no veía nada. Lo rodeaba la oscuridad. Allá iba el Lancaster, en llamas.
Cayendo en medio del cielo nocturno, Habridge sintió que algo lo tomaba del hombro y lo hacía girar. El giro fue una eternidad de terror.
Quedó cara a cara con una horrible efigie, un cuerpo impreciso que volaba envuelto en un etéreo uniforme nazi.
Una mano brumosa le arrancó la cruz del abrigo y la arrojó al vacío. Una sonrisa de colmillos afilados resaltó en la nada, y un aliento a sangre corrupta le inundó la nariz, a pesar del viento.
-¿Responde esto a su pregunta? -oyó que decía una voz cavernosa en alemán-. Soy Untot Nachtjäger, primer Oberst-Vampir del Tercer Reich.

* Pertenece al Grupo de Escritores de "La Abadía de Carfax"