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Miércoles 2 de Mayo de 2007

El invitado

Bajo tierra

por María Taltavull - escritora* (Buenos Aires) (Ultima Parte)

La abuela hizo una pausa, y por primera vez vi que le resbalaban unas lágrimas por las mejillas.
-Ahora con ustedes -dijo- he cometido un descuido imperdonable. Casi se los traga la tierra como al abuelo.
-No entiendo, ¿por qué no te fuiste de esta casa, abuela?
-Es que aún mantengo alguna esperanza, Martín. A veces, cuando me tiro al suelo con la oreja contra el pasto, creo oír algo. Y a veces me parece escuchar aquellas voces huecas.
-¿Te... te contestaron? -preguntó Ernesto, y se miró el dedo: en la venda le había aparecido una mancha oscura.
-Nunca. Pero sé que están ahí. Así que pienso, me consuelo pensando, mejor dicho, que los de abajo me devolverán a mi Alberto algún día.

Jamás nos atrevimos a hablar del tema nuevamente, ni siquiera entre nosotros.
Ni Ernesto ni yo volvimos a pisar el jardín como antes. Cuando no teníamos más opción que salir porque nuestros padres nos mandaban afuera, caminábamos por el pasto con precaución, levantando bien los pies y apoyándolos con el mayor sigilo. Preferíamos refugiarnos en el comedor jugando a las cartas o mirando tele.
Llegó el invierno, y la abuela cayó enferma: sus problemas de bronquios se agravaban cada vez más. Íbamos a visitarla algunos sábados y nos quedábamos cerca de su cama dándole un poco de charla o leyéndole: nos rogaba que le leyéramos el diario, casi no veía. La puerta que daba al fondo siempre estaba con llave, más de una vez la manoteé para curiosear un poco. La abuela ya no pisaba el jardín; ni siquiera salía a la calle. El único que tenía permiso para ocuparse de las plantas y cortar el pasto era el jardinero chino, que venía una vez cada quince días.
Él fue quien nos llamó una mañana para decirnos que la abuela no le abría la puerta.
Mientras papá se vestía, yo telefoneé a Ernesto -vivía más cerca que nosotros-, para ponerlo al tanto.
Al llegar, vimos que mi tío y Ernesto ya habían entrado.
-No está -dijo Ernesto.
-¿Buscaron bien, Ernie? -le preguntó papá- ¿Y en el baño?
Ernesto y yo nos miramos, puedo asegurar que la misma idea rondaba en nuestras cabezas. Nos abalanzamos hacia la puerta del fondo.
La encontramos entornada.
A simple vista, en el jardín todo parecía en orden. Nos llamó la atención la pala sobre el cantero, al lado de la galería. Tenía el borde con rastros de tierra húmeda.
Volví a mirar a Ernesto. Papá y el tío se habían ido para adentro.
Y nosotros, cuerpo a tierra, pegamos las orejas al suelo.
Nos pareció oír unos ecos; después voces.
Voces huecas.

*Integrante del Grupo de Escritores de "La Abadía de Carfax"