| |||||||||||||||||||||||||
|
|
|
|
|
El invitado Función de despedida por Eduardo Hermida - escritor* Estaba en su camarín, quitándose el maquillaje. En sus oídos, los fuertes y prolongados aplausos, los gritos de euforia y agradecimiento, en respuesta al acto de amor que el artista, un mimo, había consumado en el escenario. A lo largo de su carrera, gente de todas las edades lo había halagado, dándole fuerzas para continuar en el camino artístico, marcado por la vocación y años de estudios intensos. Tenía motivos para ser feliz, pero no lo era. Hubo momentos dichosos como el de esa noche, pero ambicionaba la felicidad. La buscaba en su cara enharinada, donde nacían y morían todos los rostros del mundo. Estaba convencido de que la encontraría en el último rostro. Ya vestido, apagó las luces del camarín y se dirigió al escenario, para despedirse, como lo hacía habitualmente, mediante ese rito casi místico de recorrerlo acariciando las bambalinas. Aspiró el perfume inconfundible que emana del recinto. Levantó el telón para sumergirse en el eco residual de los aplausos. En un acto espontáneo, encendió un cenital marcando el centro de la escena, para situarse debajo, y acto seguido se quitó las ropas hasta quedar totalmente desnudo. Movido por un impulso creador, inició su actuación. Quería mostrarles a los duendes que habitan en ese recinto adorado, el sacrificio en la búsqueda del último rostro. Fue una sucesión de actitudes, movimientos y gestos a través de su cuerpo trabajado hasta el límite de lo humano y de su rostro que, mágicamente, se convertía en máscara expresando el rostro de todos los rostros del universo. Pero el último, el que necesitaba para seguir viviendo, no brotaba y tampoco podía crearlo por desconocer su esencia. Comprendió, entonces, que la vida le negaba el derecho a la felicidad. Agotado bajó del escenario, dejando sus ropas dispersas y el cenital encendido, para sentarse en el centro de la primera fila, con el ánimo de reponerse y emprender el camino a su hogar, donde su mujer lo estaría esperando, como siempre, con una deliciosa cena. Están en Italia, él en la borda del barco que lo trae de regreso a su país, al término de una gira por el viejo mundo; ella intentando subir por la escalerilla, repleta de maletas, donde guarda sueños, aventuras y recuerdos de dos años de vida europea. Le parece hermosa, ingenua y divertida, la siente transparente, tierna. Su corazón le dice: es la mujer ideal, la que nace en tus sueños, no la dejes escapar, porque es la felicidad, el amor. Siguiendo los impulsos de su corazón, trata de llegar a ella. No desea usar su oficio de actor para forzar un encuentro. La emoción le impide hoy recordar en qué circunstancia, cuándo y cómo. Le agradece a su corazón el aliento y la persistencia para lograr su conquista. A partir de ese instante fueron el uno para el otro, saltando con amor la etapa del noviazgo. Hasta su casamiento fue insólito, movido por la pasión, él se acercó al registro civil para interiorizarse de los trámites necesarios para casarse. Le contestaron que necesitaban documentos de identidad, dos testigos y pedir la fecha con quince días de anticipación, ante lo cual, y con gran sorpresa del empleado, pidió que los anotara inmediatamente y les guardara el turno. El primer teléfono que halló a su paso, se convirtió en transmisor de la noticia que su mujer recibió encantada. Recordó que siempre le había sido infiel, una infidelidad sustentada en la convicción de que se mujer era el ideal femenino, que en su naturaleza habitaban todas las mujeres y que al poseerla a ella, le quedaba el eterno goce de poseerlas a todas. De ese amor, nacieron dos hijos varones a quienes les dieron alas y les hicieron saber que la vida es un arduo aprendizaje y que la felicidad, si existe, hay que hallarla en este mundo. Sus recuerdos se fueron lentamente desvaneciendo, eran tantos y tan intensos, que en su debilitada memoria no llegaban a ordenarse. Quedó inmóvil como ese fuego que se extingue inexorablemente. En horas de la mañana, el encargado de limpieza trató de despertarlo, al no conseguirlo, corrió a dar la voz de alarma. El administrador y otras personas que lo acompañaban intentaron reanimarlo, pero todo fue inútil. Su cuerpo desnudo era un símbolo, así había llegado a este mundo y de la misma forma se iba de él. En su rostro quedaba una imagen que nunca le habían conocido. Con el último aliento de vida lo había logrado. Aunque el público, su público, a quien le entregara lo mejor de su arte, no pudiera gozarlo y aplaudirlo en su función de despedida. * Mención en el Certamen Nacional de Cuento Breve "Gastón Gori" - Edición 2006. ![]() |
||||||||||||||||||||