www.laopinion-rafaela.com.ar - Rafaela - Argentina





  Editorial


  Noticias
  Tapa

  Todos los títulos

  Locales

  Regionales

  Nacionales

  Internacionales

  Deportes

  Sociales

  Policiales

  El tiempo

  Humor


  Suplementos
  Aire Libre

  Rural

  Ecología

  El Económico

  Hábitat

  La Palabra

  Opinión Política


  Archivo


  Lectores
  Cartas

  Encuestas

  Suscripciones

  Contacto


  Utiles
  Teléfonos

  Farmacias

  Links


La Opinión On Line
- Año 10 -
es una publicación de
Buffelli y Actis S.A.







Suplemento
La Palabra




05-06-2007

Editorial

El invitado

En busca de... Festival de Teatro Rafaela 2007

Les comentamos

El buen decir

29-05-2007

Editorial

Con Remo Pignoni en Buenos Aires

Pa' qué más

En busca de... Esteban Carestía, protagonista

Les comentamos

Consultorio lingüístico

El buen decir

23-05-2007

Editorial

33ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires

En busca de... Bernardo Jiménez Lozano, protagonista

Les comentamos

consultorio lingüístico

El buen decir

15-05-2007

Editorial

El invitado



Martes 5 de Junio de 2007

El invitado

El arte del doctor Moret

por Luis Cattenazzi - escritor (Buenos Aires) * (I Parte)

Si algo me lleva a escribir este diario, es el hecho de haber dado por fin con el doctor Moret. De pronto me siento frágil: ahora comprendo la dimensión de esta locura. Durante días -no podría precisar cuántos- lo busqué por cada claro y espesura de la isla. Recién ayer me atreví a revisar mejor los límites de la cabaña, bordeando los senderos en sentido opuesto al habitual.
Mi fervor inicial en la búsqueda fue menguando, claro, y ya en las últimas salidas no me esforzaba en llamar a gritos a Moret. Supe que no contestaría. Sin embargo, no esperaba encontrarlo así.
Lo reconocí por el guardapolvo ya no blanco y el rifle semihundido en el barro. Me pareció que dormía en el fondo de una acequia, en posición fetal y con los puños agarrotados, pero en el cuello y las muñecas advertí la marca inflamada y supurante de la putrefacción. Con mi olfato excitado pude oler las huellas del envenenamiento: el doctor ha sido víctima de una de sus propias criaturas.
Hoy por la mañana decidí sepultarlo, usé la misma acequia. Me las arreglé para improvisar una lápida con el espejo de pie de la biblioteca, y procuré no mirarme en el reflejo infame mientras tallaba con rudeza su nombre. Sé que le debo la vida, pero no encomendé su alma a Dios: preferí maldecirlo por las preguntas que jamás habrá de contestarme.
Muy oportuno, Moret, quizás hasta evitaste que yo mismo te matara.

Hoy amaneció con una fuerte lluvia. Me perturba la visión del blanquísimo fémur a metros de la ventana. Favorecidas por la tierra húmeda, las criaturas no han tenido demasiado trabajo para desenterrar los restos de Moret. Si fuesen bestias inteligentes podría pensar que ese hueso ultrajado lo han puesto ahí como una amenaza. "Eres el siguiente", me anuncian.
Pero el hueso sólo me recuerda que la amenaza es la propia isla. Mi cárcel.
El Pacífico es demasiado vasto para rumbear a la deriva y, aunque supiera mi ubicación, ya he confirmado que me sería imposible hacerme de una balsa. Los árboles de la isla son jóvenes y enfermos, su madera se deshace al simple tacto.
Por deformación profesional podría tasar el valor de cada leño de esta cabaña y sus dependencias, pero no tengo talento alguno para construirme con ellos un navío suficiente. Además, de lograrlo, no habría vuelta atrás, y me estremezco cuando imagino la balsa yéndose a pique al primer embate y mi vida en la isla ya sin siquiera un refugio donde guarecerme como ser humano.
Y pienso: ¿cómo volver en estas condiciones? ¿A qué precio?
Quizá por esa desazón mis virtudes de náufrago dejan mucho que desear. No cuento los días con marcas cuneiformes en la pared, no sé leer ni el sol ni las estrellas, y en el trópico tampoco me resultará sencillo adivinar las estaciones. Apenas si llevo la cuenta de las conservas de carne que descubrí en el sótano.
En uno o dos meses no tendré más remedio que salir a cazar. La perspectiva me aterra.

Hoy por la mañana la tormenta logró sacudir los cimientos de la cabaña. Creo que el daño no es mayor, podré repararlo en cuanto escampe. Las pérdidas son pocas pero vitales. Muchas conservas se abollaron por el desmoronamiento de parte del sótano. Ya no puedo reducir más mi ración.
También se arruinaron algunas hojas del diario; no me importa, pero he perdido demasiadas hojas vírgenes. Además me siento incapaz de calcular cuánta tinta me resta - sí, tinta, plumas fuente y tinta china: otro ejemplo de la excentricidad anacrónica de Moret.
Vuelvo a sentirme frágil y entiendo que esta vez ya no podré ignorar lo crítico de mi situación. Creo que el destino me dicta las acciones, no tiene objeto agotar la tinta en este diario de monotonías.
Es una noche de fuego, no puedo saber si se trata de uno de mis cada vez más frecuentes accesos de fiebre o la tormenta ha arrastrado hasta aquí este calor insoportable. Por primera vez desde que vivo en la cabaña, oigo que afuera, desde la jungla, se levantan graznidos irreconocibles, antediluvianos. Tal vez, incubadas por el calor, las criaturas hayan evolucionado a su forma más elevada y más grotesca.
Aprovecharé este insomnio para dejar por escrito -antes de que sea demasiado tarde- cómo llegué aquí, mis motivos. Debo hacerlo, aunque consuma parte de las velas y hasta los pocos fósforos que me quedan. ¡Cuánto más evolucionados que nosotros fueron los inventores del fuego!
Al eventual lector de las próximas páginas le advierto que prefiero contar mi historia en estricto orden cronológico. Quiero que se someta a los hechos tal como yo los he vivido. Podrá pensar que, si verdaderamente tengo un peligro por develar, no conviene distraerse en floreos literarios, pero lo cierto es que, si ha llegado hasta este punto, me temo que no le importará perder algún tiempo en esta lectura. Aquí permanecerá seguro; luego, le deseo suerte.

El despertar

Me despertó la sed. Una sed fatal, candente. Abrí los ojos desesperado y sentí el tirón doloroso de los párpados pegados por lagañas y mucosidades. Traté de moverme, todavía encandilado por la claridad del día tropecé con algo blando. En mi caída arrastré un mueble -era una silla- y sentí que por toda mi piel se resquebrajaba más mucosidad seca.
En medio de la confusión adiviné el murmullo grave de un arroyo quizá cercano. Con fuerzas renovadas tanteé un apoyo firme y después, como si ya conociera el terreno de antemano, fui dando tumbos hasta la puerta. Supongo que corrí, o caminé rápido, al límite de mis fuerzas.
Llegué a la ribera agitado, sintiendo en mi lengua el gusto agrio de mi propio sudor que me bajaba helado y profuso desde la frente. Como no me bastaban mis manos en cuenco, me arrojé de rodillas y abrevé a boca llena igual que hubiese hecho una bestia.
Bebí, atragantándome y tosiendo, hasta que mi nariz y mis labios ya no soportaron el frío del agua. Después me eché de espaldas en la playa, aunque me costó acomodarme entre los filos de roca volcánica. Una vez recuperado el aliento, noté que me había hecho severos cortes en las rodillas. En la espalda me raspaba una herida inalcanzable, pero que supuse cicatrizada. Incluso en mis palmas y muñecas vi raspones profundos, apenas sangrantes. Mis pies latían con un dolor remoto, adormilado.
Y entonces, tras examinarme las heridas y paladear la humedad en mi boca, tras respirar intensamente el aire puro y recorrer con la mirada las márgenes del río, recién entonces noté que iba completamente desnudo. Más que notar, recordé que debía ir vestido y no así, émulo del primer Adán.
Creo que me cubrí, avergonzado, luego supe o supuse que no había civilización a la vista. El río bajaba sereno entre los claros, guiado por una pendiente mínima, y el resto era espesura. Una maraña verde y quieta. El silencio absoluto me tranquilizó al principio: "Estoy solo", pensé. Pero pronto adivinaría que no es bueno cuando callan las voces de la jungla.
En cuanto me sentí repuesto, me bañé en el arroyo, temeroso al principio, luego me dejé masajear por la corriente.
Con el cuerpo ya relajado, sentí con nitidez el espacio negro dentro de mi mente. Era consciente de mi propia personalidad, sí, pero cualquier detalle que intentaba evocar me causaba espasmos blancos. Indoloros y blancos, pero profundos. Entre destellos intuí recuerdos de infancia, caras más o menos conocidas, terrores y sueños y nostalgias. Supuse con alivio que nada se había perdido. De seguro, el caos de mi memoria era producto de algún accidente y, de ser así, curarme era cuestión de tiempo.
Cuando por fin me agotó el vaivén de los remolinos, salí del agua. La costra blancuzca que antes me cubría completo se había deshecho sin que yo lo notara.

Volver al lugar donde había despertado fue duro. Había los aguijones en las plantas de mis pies, y además, a cada paso lento y punzante, dudaba qué rumbo tomar. Los senderos me parecían inciertos, ni siquiera senderos. Ya entregado a mi suerte, preferí seguir mis instintos.
Ignoro cuánto demoré en llegar a destino, pero sé que fue mucho porque sentí cambiar el largo de las sombras en la selva a mi alrededor. Vi con alegría mi puerta abierta y quise recordar -reconocer- la pequeña cabina, casi una choza rústica y maltrecha. No pude. Entré, tratando todavía sin éxito, de recordar cualquier otro hecho cercano, cualquier nimiedad. En una esquina -donde posiblemente yo había dormido- vi un estropicio de retazos calcáreos y una especie de nata pegajosa. Ahora aglutinada, en algún momento había chorreado hasta el umbral.
Justo encima de la mesa encontré un bolso y un sobre. Con la misma desesperación con que antes había bebido, busqué ropas y sobre todo algún calzado. Pronto estuve vestido, los paños civilizados cobijándome, los zapatos atenuando el dolor de mis pies. Nada podía recordar, pero las ropas me demostraban que no era un simple salvaje perdido en una isla desierta.
Luego me animé a revisar el sobre. Afuera sólo pude leer -o adiviné de la caligrafía exaltada- la pregunta: "¿Qué es el arte?" Del interior saqué un par de formularios arrugados, y una libretita.
Me reconocí en la foto de la libretita: mi pasaporte. Un manchón bordó había arruinado parte de las primeras hojas. Una de las tapas se me escapó de las manos en cuanto quise volver a guardarlo.
Los formularios arrugados eran dos pasajes de la compañía Aero-Domecq. Uno a nombre de A. Prendick. En el otro me sorprendió reconocer mi propio apellido, creo que por un momento había temido no recordar siquiera ese detalle.
Debo haber pasado un largo rato con la mirada fija en aquellos papeles. De pronto, emergió a la superficie, pesadamente, la cara alegre de "A.", su voz, y hasta su europeo sudor no disimulado.

* Escritor del grupo de la "Abadía de Carfax"
1 Se refiere a la biblioteca de la cabaña en las dependencias principales de la isla. Allí fue donde la expedición de Charles Dufaut halló el manuscrito intacto. Casi la totalidad de las páginas que siguen son una traducción aproximada, pues, por momentos, la caligrafía se vuelve ilegible en el original. (N. del E.)