| |||||||||||||||||||||||||
|
|
|
|
|
El invitado El arte del doctor Moret por Luis Cattenazzi - escritor (Buenos Aires) * (II Parte) Alec. Alec Prendick. Como un verso lleva a otro en un poema que sabemos de memoria, recordé: Procurador Adjunto del Arts Millenium of London. La fuerza de esa revelación me obligó a sentarme. Eso, y mi estómago gruñendo con un vacío de náusea. Me distraje de los papeles y rebusqué en el bolso. Entre pares de medias encontré una bolsa de bizcochos. Lo festejé con los aplausos idiotas de una foca de circo. Mastiqué bizcochos hasta que me lo impidió la bola apelmazada que se había formado en mi boca. Me detuve a tiempo para preservar poco menos de la mitad de la bolsa. Ya podía soportar el hambre por un tiempo, y preferí asegurarme otra comida hasta saber dónde me encontraba. Volví al río -descubrí un recodo más cercano- y noté que atardecía rápido. Decidí que lo mejor era dormir en la choza. Si bien no había visto aún ni humanos ni animales, me guarecí lo mejor que pude tapiando las ventanas con las sillas y trabando la puerta con la mesa. Me acomodé en una cama hecha de ropa mal doblada y me quedé repasando los papeles, en particular el sobre con la pregunta, una especie de acertijo. Contra lo que suponía, no tardé en dormirme, el sopor naranja del primer ocaso y la calma de la jungla me arrullaron sin que llegara a notarlo. La carta Desperté empapado en mi propio sudor. El sol entraba por las ventanas y los resquicios calentándolo todo, como en un invernadero. Tardé unos minutos más en comprender el hedor crudo que se me metía en los pulmones. A plena luz del día, la nata translúcida se había vuelto a disolver y algunas astillas blancas flotaban a la deriva. "Huevo podrido", pensé. Un descomunal huevo podrido. Tomé la bolsa de bizcochos y los papeles y me apuré a salir de ahí. Al pie de la puerta me esperaba otro sobre y una bolsa de papel madera que me trajo destellos de algún desayuno de oficina. La sensación de familiaridad y rutina fue tan vívida, pensé que iba a recordarlo todo. Sin embargo, no sucedió. Recogí los regalos de los Reyes Magos y seguí el camino conocido al arroyo. En la bolsa encontré panes, queso y una pequeña botella de gaseosa. Aún sorprendido por la incoherencia de ese símbolo capitalista en mi soledad de robinsón, abrí el sobre. La caligrafía era la misma que la de la pregunta: escarpada, nerviosa. Espero que estas "vituallas" -bonita palabra, ¿no cree?- sacien su hambre. Aún no puedo hacerle comprender lo feliz que me hizo verlo despertar en la tarde de ayer. Esta isla me resulta demasiado solitaria, y ahora más todavía. Pero pronto llegará el momento de encontrarnos, no lo dude. Antes necesito que cumpla cierto proceso. Tal como suponía, he notado -y usted también, si no me equivoco- que su memoria es un completo desorden. Como sabe, "el tiempo todo lo cura". Habrá notado también que las "pistas" de ayer le recordaron alguna cosa, pues bien, siguiéndolas, al fin estará en condiciones de verme. Le estoy hablando de horas, no desespere. Lo próximo que debe hacer es pertrecharse -¡yo y mi léxico de boy scout!- y caminar por el sendero que empieza por detrás de la choza y se adentra en el bosque. Ayer encontró sin dificultades el arroyo, sólo debe mantenerse alejado de ese cauce y nunca cruzarlo, ya verá que no hay modo de perderse. Quizá le lleve medio día. En donde vea un trapo rojo doble a su derecha y camine siempre en línea recta hasta el declive, después no necesitará más indicaciones. Atte. Dr. Moret Con la piel de gallina miré a mi alrededor, el movimiento fue tan brusco que mi cuello entumecido me advirtió con un calambre. -¡Moret! -grité-. ¡Salga ya de su escondite, perro imbécil! Me respondió el susurro mojado de la selva. Nada. El corazón me latía iracundo en el pecho y la carta había quedado convertida en un ruinoso fuelle de papel. Sobreponiéndome apenas a la furia, arreglé la carta y me aseguré de que aún fueran legibles las indicaciones del final. Al reverso encontré una posdata escrita en lápiz: "No se alarme, pero le recomiendo convertir esta botella en algo punzante, puede que necesite un arma." Desayuné uno de los panes y no me demoré más. Muy a mi pesar, la ansiedad de seguir las huellas de Moret poco a poco comenzaba a obsesionarme. El bosque No me costó encontrar el sendero al otro lado de la choza. Tan pronto como me interné en él, sentí que la sombra verde y omnipresente era llamativamente fresca. Fresca y húmeda, como el último estertor de algo vivo. En ese momento rompí la botella contra una piedra. Empuñando el cuello de vidrio, ahora dentado y cortante, me sentí un poco más tranquilo. Atrás había dejado la seguridad de la choza. También esa secreción nauseabunda que quizá había cobijado a una criatura de bestiario. Una criatura que había roto su cascarón justo a mi lado y que también, quizás, me había lamido -¿saboreado?- con su lengua protuberante y viscosa. Imaginarlo me hizo apurar el paso, nada podía ser peor que aquello, ¿qué otro peligro más grave podría acecharme en adelante? Paré a descansar en un par de ocasiones cada vez que perdía el sonido del arroyo, mi única referencia. Cuando por fin llegué al trapo rojo decidí que me tomaría un último recreo. Me senté en el tronco que juzgué menos podrido y me saqué los zapatos, con cuidado, suspirando de dolor por cada herida. Algo se movió entre las hojas, atrás mío. Despacio, como con miedo a lo que pudiera encontrarme, miré sobre mi hombro. Nada. De nuevo el ruido. Esta vez me paré de un salto y alcancé a verlo. Se escurría rápido, todo lo rápido que puede moverse un ser reptante. Me costó comprender que aquello era un ojo, un gran globo ocular desplazándose sobre sus propios jugos y humores, como una babosa. La criatura pareció asustarse y su intención de huir le resultó fatal. A poco de perderse bajo los arbustos, rodó torpe hacia un costado y reventó sin ruido contra una rama seca. ¿Qué Naturaleza podía ser tan cruel? Me pareció que una criatura así no tenía otro destino que el fracaso. Sentí pena y al mismo tiempo temor. Sin hacer caso a mis dolores, me ajusté los zapatos y emprendí mi camino entre los matorrales. Restos: tubos de aluminio, planchas del mismo material retorcidas como fabricadas en arcilla. "HPL...", las primeras letras de una patente aeronáutica estampadas en una sección informe de fuselaje. Mucho antes de llegar a lo que quedaba de la cabina supe que me acercaba al avión. Al que había sido nuestro vuelo. La gula de la selva había ido ocultando la sección principal del fuselaje. Lianas y tallos parecían aferrarse al metal, como los trífidos ambulantes de una novela de horror. Dos troncos poderosos habían resquebrajado parte del ala alta y elevaban la cabina a centímetros del suelo. La portezuela del piloto colgaba abierta a un costado. El destello fue prolongado y punzante. Caí de rodillas. Un viaje de negocios. El piloto costarricense no entendía inglés y tampoco parecía caerle simpático el castellano del Río de la Plata. El bureau de Buenos Aires, la tele-conferencia para ultimar los detalles. Claro: siempre el nombre de Moret. La promesa de traerle a mi secretaria un recuerdo de Oceanía. ¡Ni siquiera sé dónde queda esa isla, Silvia! Encontrarse con Alec en el aeropuerto de Panamá, ¿hay tiempo para un café? Aero-Domecq, un retraso de hora y media con la avioneta. ¿Una Cesna? "Con tal de que vuele...", había dicho Alec. Un ajuste de último momento. Nada de qué preocuparse, señores: buen viaje. Traté de respirar, boqueando rápido, así como estaba: en cuatro patas, con las manos abiertas contra el suelo de humus. Buen viaje. Sonreí. Recordé que tras el segundo viraje de aproximación algo se había soltado en alguna parte y el piloto se puso blanco. Alec desde atrás preguntó "What the fuck?" y al mismo tiempo sentí la aceleración en espiral hacia abajo y la voz del piloto transmitiendo un último "Mayday, Mayday!". En medio del mareo absoluto, el avión pareció estabilizarse por un segundo. Pero al frente no había pista de aterrizaje, ni siquiera un claro. Mi último recuerdo era la jungla, ya inevitable, aguardándonos con sus árboles altos y filosos. Un verde colchón de fakir. Ahora tenía el resultado de ese aterrizaje ante mis ojos. Agradecí estar vivo y, con la fuerza de una corazonada tuve la certeza de que el piloto y Alec habían muerto. Aunque también cabía otra posibilidad: que el desquiciado de Moret los estuviera usando de ratones de laboratorio tal como se había propuesto hacer conmigo. Dentro de la cabina encontré un nuevo paquete y otra carta. El pan y el queso me dieron asco, aplaqué mi hambre con la carne ahumada, salvaje, dulce. Después tomé valor para leer la segunda pista. Un papel mínimo se me escapó del sobre y cuando lo levanté vi el único mensaje de Moret: "Siga el sendero principal, lo llevará directo a mi cabaña". Sin posdatas reveladoras. Pero había algo más: un recorte del diario El Tribuno. Polémica Muestra del Dr. Moret, titulaban. en la bajada: Y "Causa indignación en varios sectores la muestra de vanguardia que el reconocido biólogo y genetista devenido artista plástico presentará en el Centro Cultural Kodex". En la foto adjunta vi una planta robusta con asimétricas alas de paloma en lugar de flores. El epígrafe decía: "La libertad, en la particular visión de Moret". Bastó el peso de ese objeto tan absurdo para anclar súbitamente mis recuerdos náufragos. La claridad total de un último destello llenó el vacío, como quien despierta a una fe o a un misterio develado. Reconocía la página, cómo no. Ya sin dudas busqué mi nombre en un recuadro de la nota. Consignaban mi profesión: "Crítico y tasador de arte". Mi opinión de media columna era tajante, leí -y recordé- la conclusión perfectamente: "Cuando el ansia de polémica es el único móvil del artista, es obvio que la obra resultará tan perecedera como los injertos vegetales que nos propone Moret en su muestra debut". De eso hacía tres años, o cuatro. En ese tiempo se cumplió mi vaticinio y cuando se acallaron los clamores del conventillo cultural no volví a saber de Moret ni de su cínico "arte" vegetal. Hasta que Eduardo Vanderboer, el gerente de la Oficina Buenos Aires, me citó en la confitería La Catedral para contarme acerca de la invitación que había recibido. Sé que eligió ese sitio para sacarme de mi territorio, para encontrarme con la guardia baja en aquella situación informal. -El Dr. Moret nos está invitando a tasar sus últimas obras -me había dicho, fingiendo exagerado entusiasmo-. Dice que son creaciones nunca vistas, que en comparación, sus primeros injertos fueron bocetos pálidos. * Escritor del Grupo de "La Abadía de Carfax" ![]() |
||||||||||||||||||||