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Martes 19 de Junio de 2007

El invitado

El arte del doctor Moret

por Luis Cattenazzi - escritor (Buenos Aires) * (Ultima Parte)

Eduardo me halagó diciendo que dependía de mi criterio para confirmar si las obras valían o no la pena. Habló de porcentajes elevadísimos y de un socio británico interesado en compartir los riesgos de un eventual catálogo. Alec. Todos los gastos cubiertos y aires de aventura en una isla privada en las entrañas de Oceanía.
Acepté sin más. Tal vez rendido a mis últimas experiencias en galerías modernas: un Cristo tamaño natural de carne picada, una instalación con pares de tubos fluorescentes paralelos -cada cual con su título correspondiente: "Mujer desnuda y en lo oscuro 1", luego 2, 3 y así.
Abstraído en reclasificar mi memoria, casi jugando con cada recuerdo, perdí un tiempo precioso. Pronto se hizo demasiado tarde para continuar -Moret no me había facilitado distancias- y me di cuenta de que tampoco deseaba volver a la choza. Aunque era el lugar más seguro de la isla, tuve pánico de verme acechado por las sombras del anochecer a medio camino, en pleno corazón de las tinieblas.
Me acomodé como pude en la estrecha cabina del avión y me las arreglé para cubrir las ventanillas rotas. Al más leve movimiento, sentía el bambolear pesado del fuselaje suspendido por las ramas. Tardé en dormirme con la imagen aún latente de aquel ojo arrastradizo, inútil, y sospechando lo peor de la jungla muda.

Al tercer día

Algo daba pasos afuera. Sí. Pasos sutiles, arrastrando las patas en un principio, luego apoyándolas un poco más allá, casi imperceptibles. El escalofrío me hizo temblar en el asiento y por un instante sufrí aguardando el bamboleo que no llegó. Abrí los ojos despacio y observé hasta donde podía sin girar la cabeza.
La bestia irrumpió en mi campo visual.
Me sobresalté y el fuselaje se acomodó con un crujir de metal y un murmullo grave de hojas y troncos. Vi a la bestia alejarse, pero no alarmada, sino replegándose para retornar en una mejor posición. Como hacen los predadores.
Volvió, y sus ojos refulgieron en la penumbra todavía gris del amanecer inminente. Andar felino, rasgos más bien gatunos y las inconfundibles orejas caídas de los sabuesos de pedigree. De no haber sido por su mirada roja, habría confiado inmediatamente en aquella criatura: parecía la perfecta combinación entre la autonomía del gato y la servil lealtad canina. Una mascota de diseño moderno y funcional.
No tardé en cambiar de idea: la bestia se acercó lo más que pudo a mi guarida y saltó contra la puerta una vez. Cuando iba a afirmarme para resistir un nuevo asalto fue más rápida y de pronto estuve en el suelo. Me encontré tratando de no perderla de vista, al mismo tiempo que hacía un esfuerzo por recuperar el aire y tanteaba con mi mano en busca de mi única arma.
Saltó sobre mis hombros y sentí el chasquido de acero apenas por encima de mi oreja, una garra fría me cruzó la espalda. Impulsado por el horror, mientras caía di una vuelta en trompo con mi arma en alto. El dentado irregular se trabó en algo carnoso, tenso, la botella se me escapó del puño.
El golpe seco contra el suelo me cortó el aliento. Por un minuto terrible sólo pude oír el jadeo furioso y herido de mi predador. Quizá lo había vencido, pero en su instinto no cabía el recogimiento del que agoniza: moriría intentando escarbar mi cadáver.
Un disparo estalló cerca y el fogonazo y el silbido y el impacto fueron simultáneos. La bestia rodó y se dobló en un despojo sucio de cuero y huesos. Aún sorprendido, aún sin pulmones quise gritar:
-¡Moret!
La voz me salió débil. Lejos escuché un crepitar de ramas rumbo al sendero.
-¡Moret!
No hubo respuesta.

La caminata por el sendero no me deparó más sorpresas, pero a pesar de mi andar lento fui debilitándome más y más. La zarpa me había desgarrado un omóplato, por el rabillo del ojo me veía las ropas manchadas de sangre, y por momentos sentía el latir caliente de la herida.
Llegué a la cabaña tal vez una hora más tarde, con la primera luz diáfana del día. Se trataba de una casa de troncos imponente. Había imaginado algo mucho más rústico, más a tono con mi choza.
Me acerqué con cautela hasta la puerta abierta. Me alarmó no encontrar algún sobre en el umbral. Revisé dos veces. Luego busqué con la mirada cualquier rastro de Moret más allá del límite frondoso del claro. Supuse que estaba por ahí, todavía jugando a los espías, acechándome.
Entré en la cabaña y caminé por un pasillo que al parecer comunicaba las salas. Algunas permanecían en las sombras, con los postigos clausurados; otras, iluminadas por el sol: la cocina, un baño. Resistí el impulso de abalanzarme sobre las alacenas que soñaba plenas de víveres y fui hasta el final del pasillo. Si existía una pista más, no me cabían dudas de que Moret la habría guardado en su laboratorio o su estudio o lo que fuera.
Mi intuición no me defraudó: la última puerta abierta me condujo a la biblioteca. La luz daba de lleno en el escritorio como una señal divina, las paredes de libros me resultaron inciertas en la penumbra.
Tropecé ansioso hasta el escritorio. Olvidé por un momento mi herida y me dejé caer en el sillón. Con manos ávidas desordené papeles en blanco hasta dar con la letra de Moret. Tres páginas desordenadas y una nota breve que supuse urgente:
"Lamento el incidente de esta madrugada. Mis obras han variado su comportamiento en los últimos días y ahora debo arreglar algunos problemas antes de que sea tarde. Le dejo algo de lectura que le interesará. Por favor aguárdeme aquí, en la biblioteca.". Agregado en lápiz, una posdata típica: "Trabe las puertas".
Las hojas no tenían ni encabezado, ni membrete, ni número de página, ni firma. Cartas de Moret dirigidas a nadie. En una descubrí la palabra "accidente" y leí.
"Supe que el avión fallaba, que no podrían aterrizar, iban muy bajo y rodeando la isla por el lugar equivocado. Dejé de oír el eco agudo del motor súbitamente como se deja de oír a una mosca que se ha posado más allá de nuestra vista.
Sabía que se trataba de Ud. y de Prendick, los pensaba recibir con una docena de Yeux -me encontraba terminando los últimos-, quizá haya visto alguno en estos días, son unos ojos adorables que se arrastran por ahí, un poco torpes, lo reconozco, pero son pura fuerza en la mirada.
Lo cierto es que me interné en el bosque y encontré enseguida el lugar del accidente. Cuando llegué, ustedes dos y el piloto habían muerto..." Dejé de leer, sobresaltado. Me toqué la mano que temblaba sosteniendo la carta para asegurarme de que era carne y hueso. En mi muñeca me latía el pulso, firme y preciso. Vivo.
"Cuando llegué, ustedes dos y el piloto habían muerto. Pero a usted lo encontré básicamente intacto. Su cara casi no había sufrido daño, el resto del cuerpo no había sido cortado por perfiles de acero ni esquirlas de vidrio. De un solo vistazo me di cuenta de que sus órganos internos podían volver a funcionar.
No voy a aburrirlo con detalles técnicos, vea Frankenstein -la de Karloff, naturalmente-, imagine el resto. Si lo conozco como creo y piensa que esto es una estúpida broma de un genio mediocre, puede dirigirse al espejo de pie y comprobarlo con sus propios ojos. Entenderá que no fue sencillo encender sus órganos, hacer algunos reemplazos. El toque del artista. La vivisección resultó compleja, pero deberá reconocerme que he cuidado al máximo la estética, faltaba más. No se preocupe por la cicatriz en la espalda, durante su inconciencia flotó durante días en un fantástico huevo que acabo de crear. La sanación será perfecta, nunca vista. Además: ¡Fue glorioso verlo romper el cascarón!" Me levanté de golpe, como por un acto reflejo incompleto ante lo sobrenatural. Moví mi cabeza de un lado a otro, desesperado, hasta encontrar el espejo. Me acerqué sin poder controlar el temblor y con torpeza me arranqué la camisa. Un desgarrarse de sangre seca me quemó en la herida del omóplato.
Me examiné por encima del hombro. A pesar de la penumbra del rincón vi la cicatriz bordó, bajándome obscena y nudosa por la columna vertebral. Y el hilo grueso, negro, expuesto y manchado de coágulo.
Esforzándome, logré tocar esas callosidades y sentí náuseas. Me dejé caer, resistiéndome a llorar de impotencia. Enfrenté el espejo y juré que mataría al doctor apenas pasara por aquella puerta.
Entonces noté algo extraño en mi cara.
Me acerqué más al espejo, mi aliento entrecortado lo empañó de vapor.
En su inexorable y fría superficie vi mi propia mirada, los ojos como brasas.
Los ojos sesgados y oblicuos de un reptil.

* Escritor del Grupo de "La Abadía de Carfax"