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Martes 19 de Junio de 2007

En busca de... René Vargas Vera, músico y periodista

Honrar la música

Nació en Catamarca y se radicó en Buenos Aires. Estudió piano y violín. Cursó en el seminario. Se formó en filosofía e incursionó en derecho. Su nombre fue reconocido por muchos años como referente importante para la crítica de la música popular desde su columna en el diario La Nación del que sigue siendo colaborador. Es más desconocida su faceta de músico como compositor. Tuvo la gentileza de conversar con La Palabra de su vida dedicada al arte.

LP - ¿Qué recuerdos tiene de sus primeros tiempos con la música?
R.V.V. - Desde que tengo uso de razón estoy con la música. Maravillosos en el Seminario a partir de los 10 años en Catamarca capital. La práctica casi diaria de música coral de todos los tiempos; la preparación obras sacras para festividades religiosas, con el único coro polifónico de niños y adultos, sólido y estable en Catamarca. Culto diario del Canto Gregoriano. Práctica regular de música de cámara y orquestal como violinista. En el seminario el estreno de mis obras. La integración con compañeros poetas y pintores. La devoción por el piano y el órgano. "Tenidas" vocales con compañeros en los recreos. El conocimiento de muchísima música clásica en partituras llegadas desde Alemania, y la difundida en discos de pasta. Mi primer contacto con el folklore: sólo Atahualpa Yupanqui y Eduardo Falú, en discos.

LP - ¿Fue la etapa adolescente un momento de profunda formación en el arte?
R.V.V. - Lo que acabo de comentar. Ocurrió entre mis 10 y 18/19 años en el Seminario.

LP - Cuando tuvo que decidir el camino a recorrer en las cuestiones profesionales ¿hacia dónde se orientó?
R.V.V. - Dejé el Seminario al advertir la falta de vocación. Al comunicarlo a la rectoría del colegio junto con la Curia me ofrecieron una beca para proseguir estudios de órgano en Roma. Por consejo de mis padres lo descarté. En cuanto a la crítica de arte, sin proponérmelo como meta, empecé a escribir a los 18 años en el diario La Unión. Crítica musical y escritos sobre cultura. Conté con el decidido respaldo de su director, el cura Arturo Melo, excelente y valiente periodista, preso por el gobierno peronista por sus irónicas "Apostillas". Tras el servicio militar inicio estudios de abogacía y alcancé completo el 3° año. Ya tenía 3 hijos y rendía libre. Dejé. Me consagré a la composición, a instancias del excelente cuarteto vocal para quien armonizaba: Los Sembradores. Aportaba y escribía música para la Comedia Catamarqueña y espacios radiales en LW/. Lo compartía con mis funciones de Jefe de Difusión Cultural en Cultura Provincial y mi trabajo en el Banco de Catamarca. Hasta ofrecí audiciones en dúo de piano y violín...

LP - ¿En qué momento de su vida deja la ciudad natal y cuál es el destino elegido?
R.V.V. - Antes de mediados de los 70 me separo y no me queda otra que instalarme en Buenos Aires. Sigo como bancario en Banco Continental -luego Roberts- y en 1978 me inicio como colaborador en la crítica de música clásica en diario La Nación. Desde 1983 me encargan la cobertura de toda la música popular. En dos o tres años más abarco ambos géneros: clásico y popular. Desde el diario La Nación me convierto -por puro idealismo y vocación de ex coreuta- en el único periodista en el país que en forma sistemática fomenta y apoya la actividad coral. Me jubilé hace tres años y a instancias del entonces secretario general de redacción y subdirector Claudio Escribano sigo escribiendo en La Nación como colaborador.

LP - ¿Cómo son los primeros tiempos en la gran urbe porteña?
R.V.V. - He sido acogido con extrema generosidad tanto como bancario y como crítico de música. Siempre me sorprendió, como provinciano cultivado en música y letras, poder insertarme tan fácilmente en ambas actividades. Mi agradecimiento es enorme.

LP - ¿Alguna vez aparece la opción por la música o por el periodismo en lo profesional? Si así fue ¿cómo lo resuelve?
R.V.V. - Nunca se me presentó tal dilema. Fueron los tiempos -los años- y las circunstancias las que fueron definiendo mis roles. Hubo otro momento de decisión para la música. A Tucumán llevé mi violín. Hacíamos música clásica en casa de amigos. Un día me escucha el director de la Casa de Música -así se llamaba al Conservatorio-, profesor Mazzeo, en casa de la pianista Norah Wilde. Me propone ingresar sin examen a esa Casa, para integrarme, en meses, a la fila de segundos violines de la Orquesta Sinfónica de Tucumán. En mis primeras vacaciones se lo cuento a mis padres en Catamarca. Ellos me pagaban la carrera de abogacía. Desecharon por completo el ofrecimiento. Me faltó coraje para decidirme a trabajar en Tucumán y consagrarme al violín. Seguí abogacía...

LP - ¿Qué objetivo de vida se plantea al asumir esas dos formas de entregar lo propio a los demás: música y periodismo?
R.V.V. - Como músico -mi faceta menos conocida- traté de ser coherente con mi origen norteño, si bien llevo sangre andaluza de mi padre: tras la etapa clásica del Seminario, a partir de los 20 escribí música de mi entorno: vidalas y zambas. Ya en Buenos Aires, otras circunstancias me llevaron a componer música académica para violín y órgano, y para órgano, estrenadas aquí en cuatro versiones orquestales, en París, en Ginebra -Suiza-, Alemania y Holanda, y canciones con poesía de Machado y García Lorca.

LP - ¿Cómo se manifiesta la necesidad de componer? ¿Cuáles son los resultados de esa experiencia?
R.V.V. - Cuando se tienen ideas propias se improvisa y se compone. Yo lo vengo haciendo desde los 10 años. Sobre todo en el teclado. Es un don natural. Pequeño o grande. En el Seminario experimenté una fuerte influencia de la música clásica, sacra y profana. Al salir de esa "isla maravillosa" del Seminaro, intuí las voces de la tierra. Ya almacenaba el recuerdo de Yupanqui y Falú al que admiraban los curas alemanes. Y tenía a mano a un poeta fantástico: Kique Sánchez Vera, genial titiritero y marionetista. Ya había escrito mi primera zamba "Zamba atormentada", con Bernardo Romero, publicada por Editorial Lagos. Y con Kique le cantamos a Catamarca, pero con nuevas imágenes, pletóricas de metáforas: zambas al Río el Tala, que desciende en hilitos a la ciudad; la del Poncho; la Canción de la tejedora, homenaje a nuestras teleras; a personajes como don Nicolás Bazán, un arriero de Piedra Blanca; al Zorzalero; al Potrerizo. Una zamba dolorosa, "Hombre solo" grabada en Catamarca; otra de intenso lirismo: "Zamba Ilusionada", bastante difundida en Catamarca; la "Zamba para mi silbo"...
En cuanto al resultado de esa experiencia, es demasiado halagador. La canción de cuna a mi hijo Daniel con cadencias de vidala, "Palito de tola", fue estrenada y grabada por Mercedes Sosa, y por el Coro Nacional de Jóvenes, y cantada en el Teatro Colón por el Estudio Coral de López Puccio. La "Vidala de la Soledad", la grabó Mercedes y don Eduardo Falú, además de otra excelente de Gisela Baum, una argentina que la lanzó desde Barcelona. El del maestro Damián Sánchez fue el primer coro que cantó mi versión coral de "Palito de Tola"; él escribió la versión de la zamba Nicolás Bazán para sexteto vocal, y un arreglo coral de la "Canción de la tejedora", que ya grabaron algunos solistas. En el 2006 Suma Paz grabó en Melopea nuestra milonga "Pampa Escondida", con bellísimos versos de Suma. Aquí tocó mi versión pianística el músico holandés Marcel Worms, en el Museo Nacional de Bellas Artes. Incluso tuve suerte con unos arreglos: el coro Ars Nova, de Salta, me estrenó aquí la canción de María Elena Walsh "Ciudad de Brujas", y el Coral Femenino de San Justo estrenará mi propia versión de mi "Canción de la tejedora". Esto más la enorme repercusión orquestal de mi "Pastoral y Danza" en orquestas del país y del extranjero. Y la ejecución aquí, en Alemania y París, de mi "Franckeana" para órgano. Y hay otros halagos más...

LP - ¿Considera que su trabajo en La Nación aportó una forma de plantear la crítica musical con una visión diferente desde el rigor y la objetividad?
R.V.V. - La pregunta esconde un agasajo... Estoy convencido de esto. He sido extremadamente riguroso y crítico para conmigo mismo, para poder serlo luego con los artistas. En mis escritos me interesó profundizar en los contenidos y en las formas. Muchas veces me compré un libro sólo para ayudarme a escribir una crítica. Para hacerlo con conocimiento, con minuciosos fundamentos, con honestidad y seriedad profesional. Y así como practico sistemáticamente la autocrítica, soy implacable a la hora de fustigar a los artistas mediocres o malos. Hasta se me fue la mano, a veces, con la ironía...Pero cuando el arte se empina en excelencias, disparo ditirambos a granel. Nunca me creí dueño de la verdad. Siempre he practicado la duda metódica...Sé que se me respeta. No me gustaría que se me tema. Mis maestros en periodismo: Bartolomé de Vedia y Fernando López, mis jefes en Espectáculos de La Nación, practicaban con ejemplar humildad eso de "formar opinión" previa formación de uno mismo. Uno escribe por un imperativo categórico desde la convicción y la ética insobornable.

LP - ¿Qué valores le reconoce a una buena obra musical? ¿Y a un buen intérprete de música popular?
R.V.V. - Es muy difícil resumirlo. Diría que inspiración, riqueza de ideas, contenidos medulares, vuelo creativo ¡originalidad! El objetivo del arte verdadero es sorprender y emocionar. La sorpresa sola suele estar vacía. Y la emoción sola puede tentarse con sensiblería. La armonía y el equilibrio entre ambas sería el desideratum de lo que llamamos "buena música". En cuanto a los intérpretes populares... esto es aún más difícil expresarlo. Creo que la mayoría, sobre todo los cantantes, parecen desconocer el contenido de los versos que cantan. Ocurre muchísimo en el tango. Y bastante en el folklore. Incluso he llegado a la conclusión de que no siempre las buenas gargantas son dueñas también de buenos oídos. Siempre digo que Dios se distrajo en esto del reparto de talentos...Además, en estos cincuenta años de ejercitar la crítica he constatado hasta el hartazgo de que la gran mayoría de los cantantes argentinos ignora olímpicamente los semitonos. En el 95% de los casos los planchan. Cantan tonos enteros. Es como un deporte argentino. ¡De terror! Porque se borran los hallazgos del diseño de un creador inspirado. Se los achata y empobrece. En este asunto estamos muy lejos de los cantantes brasileños. Ellos saben percibir con exquisitez la belleza y riqueza expresiva que encierran los semitonos.

LP - ¿Cuál es la situación actual por la que atraviesa en su trabajo con la música?
R.V.V. - Sigo escribiendo en diario La Nación como colaborador. La única limitación es la cantidad de notas anuales, determinada por el Estatuto del Periodista.

LP - ¿Qué proyectos a corto y mediano plazo tiene por cumplir?
R.V.V. - No suelo trazarme proyectos. Pero necesito tiempo para pasar en limpio viejas composiciones, como la versión coral de "Vidala de la Soledad", lo mismo que las nuevas canciones, que debo editar. Rescatar en Catamarca mi "Canción Invernal" para coro que escribí a los 16 años. Tengo "en carpeta" el pedido de una obra para quena y orquesta sugerida por Raúl Olarte; una elegía para un amigo del alma asesinado por la dictadura, que escribiré para violonchelo y piano; algunas obras sacras que me debo desde hace tiempo; escribir la versión coral de "El silbo del zorzal", esa bellísima zamba de Falú y Dávalos para la que escribí en 1956 una Fantasía pobremente beethoveniana para piano. Y esperar que sigan apareciendo intérpretes de mis obras, y de mis arreglos.

LP - ¿Algo más que desee agregar?
R.V.V: - Que los jóvenes periodistas estudien y se capaciten; que lean mucho a nuestros clásicos de la lengua para honrar el riquísimo idioma español; que no lo paupericen; que profundicen en sus análisis de los hechos artísticos y no se queden en la superficie. Y que los cantantes presten mucha atención al contenido de la poesía de nuestros inspirados poetas, y que se esmeren en percibir celosamente los diseños de las melodías, para no plancharlas y para no comerse los preciosos semitonos.