El último paseo
Por el Dr. Armando Peláez
L. ha cumplido 20 años y apenas puede aguantar. Días, semanas, meses,
años aguardando el momento y por fin la ha conseguido: su moto. Su moto
que no tiene 150 cc, ni siquiera 100 cc, es apenas un ciclomotor de 50
cc pero para sus ojos, para su ferviente anhelo, es como una de esas
que ha visto y admirado en las competencias, conducidas por héroes
anónimos y envidiables con casco y uniforme multicolor, cubierto de
patrocinios y cargados de gloria.
Pero el casco (y la licencia) tendrán que esperar. No hay tiempo, no
alcanza la plata y además esta noche es la noche. Se juntarán todos
sus amigos y sus amigas que ya tuvieron la fortuna de conseguirla antes
que él.
Ya no tendrá que envidiarlos, no los verá alejarse entre risas, cargadas, maniobras y curvas arriesgadas para demostrar maestría, habilidad
dudosa y ante todo audacia, valor, desprecio por el peligro, despreocupación por la seguridad.
Los padres, no muy convencidos, han aportado la mitad del costo del
vehículo. El resto lo ha ahorrado L. lavando autos. No pudieron
convencerlo de circular después de patentarla, tampoco de practicar un
poco más, para adquirir más destreza. L. se considera suficientemente
hábil luego de algunas vueltas como acompañante y luego al mando, en la
moto de su mejor amigo.
No sabe que la experiencia y la pericia requieren mucho más,
especialmente bajo una mínima supervisión y con la protección adecuada.
No sabe que es mejor caerse durante una práctica en el campo que en el
duro pavimento, en el tránsito inclemente e irracional que caracteriza
a la ciudad.
Y esa tarde, L. se despide de su madre y su hermano pequeño, va primero
a la estación de servicio y no sabe tampoco que está recorriendo todas
esas caras, todas esas calles, por última vez.
En las últimas luces del atardecer, como bandada de pájaros, el grupo
de ocho o diez adolescentes que acostumbra juntarse con L. aterriza en
la heladería.
Luego revolotean en el cantero y después, en alguna casa que los acoge
y los soporta. Una fina llovizna comienza a envolverlos como una bruma,
pero no les importa, son jóvenes, están en el rebaño, se están
divirtiendo mucho. Uno de ellos, sube de pronto a la moto y lanza el
desafío de llegar primero al próximo semáforo.
Sin dudarlo, sin pensarlo, L. monta en la suya como los demás y como
ellos, acelerando al máximo intenta alcanzar la meta.
No hubo quien observara el accidente con exactitud, sólo reaccionaron
al oír el ruido seco y después comenzó la aglomeración alrededor del
contenedor. L. se había golpeado brutalmente el lado izquierdo de la
cabeza y parecía mareado. Quiso levantarse por sí mismo pero fue
imposible.
Los compañeros lo rodearon, hablando todos al mismo tiempo, queriendo
hacer muchas cosas juntas, con la torpeza de la inexperiencia, de la
inmadurez.
Al llegar la ambulancia ya estaba en coma, con una respiración
entrecortada, rápida, desorganizada y ominosa. Con toda la celeridad
posible se trasladó a Terapia Intensiva, a donde llegó con signos de
descerebración, por una hemorragia intracraneal grave. L. fue sometido
a neurocirugía de urgencia, pero el sangrado había sido devastador;
falleció pocas horas más tarde.
Me arrebataron la razón del mundo
y me dijeron: gasta tus años componiendo
este rompecabezas sin sentido.
Rosario Castellanos
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08-08-2007

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