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Miércoles 24 de Octubre de 2007


La Salud

Una obstrucción urinaria

Por el Dr. Armando Peláez

En la mañana de ese domingo don Melquíades no tuvo motivo para celebrar. Cuando se levantó -con cierta dificultad por su 82 años, y luego de una noche en la que no pudo encontrar una buena posición para descansar- una imperiosa necesidad de orinar lo llevó al baño.
Con cierto regocijo, advirtió que no se le había escapado ni una gota, como le ocurría desde hacía tiempo, pero el gusto le duró poco; por más esfuerzo que desplegó, con la sensación molesta de la vejiga plena, no pudo eliminar más que unas pocas gotas.
Llamó a su mujer, quien llamó a su hijo, el que a su vez solicitó la atención de un servicio de urgencias. Fue internado media hora después.
-¿Cómo está mi papá, es algo grave? Preguntó al especialista el hijo de don Melquíades.
-Mire, tenemos que hacer algunos estudios todavía, para poder responder a su pregunta, pero lo que sí le puedo asegurar es que va permanecer con la sonda vesical por algunos días.
El equilibrio precario que don Melquíades guardó hasta entonces se hizo añicos. En el segundo día de internación se diagnosticó anemia, se observó una imagen sospechosa en la radiografía de tórax y se produjo una inflamación en el sitio de la venopunción para el suero.
El tercer día comenzó a tener fiebre, acompañada de escalofríos y períodos de desorientación temporo-espacial. Para el cuarto día, la fiebre no cedía y era notoria la pérdida de peso, por el poco apetito que le despertaba la comida de sanatorio, desabrida (le habían indicado sin sal), en bandeja de acero inoxidable y con cuchillos sin filo.
-¡No cortan ni el flan!- exageraba.
En el quinto día, a pesar de que el diagnóstico de su obstrucción urinaria estaba definido, tenía excesiva somnolencia y fiebre persistente. Se estableció que el motivo era una infección urinaria, una condición común en pacientes sondados.
Se inició el tratamiento respectivo; el médico tratante informó a la familia que, luego de 24 horas, podría continuarlo en su domicilio, pero al día siguiente...
-¡Por favor señorita, ayúdeme, mi papá está muy mal- se escuchó en el intercomunicador de las habitaciones.
Era la hija que vivía en otra ciudad y estaba al cuidado de don Melquíades en ese momento. Su padre, excitado y confuso, se había bajado de la cama y al intentar caminar, debilitado, trastabilló y cayó contra la otra cama, arrastrando sábana, cubrecama y suero.
Además, había dado con la cabeza contra un borde metálico y tenía una herida sangrante. Fue trasladado a terapia intensiva.
Diez días después del ingreso, con varios kilos menos y un hematoma orbitario, con aspecto de boxeador en decadencia, fue dado de alta. Se encuentra en tratamiento por su dificultad urinaria.
Hasta un 50% de los pacientes añosos cursa con trastornos mentales consecutivos o asociados a infecciones urinarias, especialmente cuando el factor desencadenante es un sondaje semipermanente.

No, ya hace mucho tiempo que el cielo es un factor
Que no entra en mis cálculos.
Rosario Castellanos.


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