Una obstrucción urinaria
Por el Dr. Armando Peláez
En la mañana de ese domingo don Melquíades no tuvo motivo para
celebrar. Cuando se levantó -con cierta dificultad por su 82 años, y
luego de una noche en la que no pudo encontrar una buena posición para
descansar- una imperiosa necesidad de orinar lo llevó al baño.
Con cierto regocijo, advirtió que no se le había escapado ni una gota,
como le ocurría desde hacía tiempo, pero el gusto le duró poco; por más
esfuerzo que desplegó, con la sensación molesta de la vejiga plena, no
pudo eliminar más que unas pocas gotas.
Llamó a su mujer, quien llamó a su hijo, el que a su vez solicitó la
atención de un servicio de urgencias. Fue internado media hora después.
-¿Cómo está mi papá, es algo grave? Preguntó al especialista el hijo de
don Melquíades.
-Mire, tenemos que hacer algunos estudios todavía, para poder responder
a su pregunta, pero lo que sí le puedo asegurar es que va permanecer
con la sonda vesical por algunos días.
El equilibrio precario que don Melquíades guardó hasta entonces se hizo
añicos. En el segundo día de internación se diagnosticó anemia, se
observó una imagen sospechosa en la radiografía de tórax y se produjo
una inflamación en el sitio de la venopunción para el suero.
El tercer día comenzó a tener fiebre, acompañada de escalofríos y
períodos de desorientación temporo-espacial. Para el cuarto día, la
fiebre no cedía y era notoria la pérdida de peso, por el poco apetito
que le despertaba la comida de sanatorio, desabrida (le habían indicado
sin sal), en bandeja de acero inoxidable y con cuchillos sin filo.
-¡No cortan ni el flan!- exageraba.
En el quinto día, a pesar de que el diagnóstico de su obstrucción
urinaria estaba definido, tenía excesiva somnolencia y fiebre
persistente. Se estableció que el motivo era una infección urinaria,
una condición común en pacientes sondados.
Se inició el tratamiento respectivo; el médico tratante informó a la
familia que, luego de 24 horas, podría continuarlo en su domicilio,
pero al día siguiente...
-¡Por favor señorita, ayúdeme, mi papá está muy mal- se escuchó en el
intercomunicador de las habitaciones.
Era la hija que vivía en otra ciudad y estaba al cuidado de don
Melquíades en ese momento. Su padre, excitado y confuso, se había
bajado de la cama y al intentar caminar, debilitado, trastabilló y cayó
contra la otra cama, arrastrando sábana, cubrecama y suero.
Además, había dado con la cabeza contra un borde metálico y tenía una
herida sangrante. Fue trasladado a terapia intensiva.
Diez días después del ingreso, con varios kilos menos y un hematoma
orbitario, con aspecto de boxeador en decadencia, fue dado de alta. Se
encuentra en tratamiento por su dificultad urinaria.
Hasta un 50% de los pacientes añosos cursa con trastornos mentales
consecutivos o asociados a infecciones urinarias, especialmente cuando
el factor desencadenante es un sondaje semipermanente.
No, ya hace mucho tiempo que el cielo es un factor
Que no entra en mis cálculos.
Rosario Castellanos.
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