Era una transfusión
Por el Dr. Armando Peláez
El hombre no podía estar quieto. Tenía todo el cuerpo echado hacia
adelante, con las manos apoyadas en la cama, mientras la boca ansiosa
aspiraba el aire con avidez, con desesperación de náufrago. Desde el
principio de su internación le había sido indicado oxígeno pero lo
toleraba mal; su dolorosa necesidad de aire convertía la mascarilla en
un suplicio. Le parecía que de esa manera se limitaba más su
respiración, sentía que querían asfixiarlo, sentía que por más esfuerzo
que hacía no podía introducir más aire, sentía que la vida así, no era
vida.
B.M. no recordaba haber estado tan embromado a lo largo de sus 64 años.
Cuando fumó su primer cigarrillo no existía la conciencia de los daños
que acarreaba y hasta conoció un médico que se lo recomendaba. A pesar
de infecciones respiratorias frecuentes y de que advertía cómo su
fuerza menguaba porque cada vez le costaba más respirar bien, seguía
armando casi un atado de cigarrillos al día.
Tres meses antes, había consultado en su pueblo por una tos muy
rebelde, acompañada de un catarro espeso que despegaba con gran
dificultad. BM notó que algo andaba mal cuando la secreción apareció
manchada de sangre fresca. Luego de varios días de internación,
radiografías y otros estudios, le dieron el alta.
Ahora consultaba de nuevo, por dolencias similares. La tos ahora le
dificultaba respirar todos los días, el catarro seguía tiñéndose de
rojo y en dos ocasiones había expectorado grandes coágulos. Una intensa
palidez le daba un tinte amarillento a su piel morena. Además, al
ingreso le habían diagnosticado una arritmia cardíaca. Esa mañana, en
el informe de laboratorio se cuantificó su anemia: sus glóbulos rojos
no llegaban a dos millones por milímetro cúbico (la cifra normal es
alrededor de los 5 millones). Era indispensable una transfusión, la
cual mejoraría el transporte de oxígeno y aliviaría la sensación de
falta de aire.
-¿Qué pasa doctor, no voy a respirar bien nunca más?
-Mire, don M. además de la enfermedad pulmonar que tiene ahora, sus
glóbulos rojos están muy bajos, así que le vamos a poner sangre, con
eso se va a sentir mejor. ¿Alguna vez le pasaron sangre?
-No, nunca.
En la media hora siguiente, BM preguntó cuatro veces cuándo le
aplicarían la transfusión, depositando tal vez una expectativa
desmesurada en ese procedimiento para su mejoría y su anhelado
bienestar.
Un poco después, el técnico de Hemoterapia se presentó en la
habitación, con el propósito rutinario de extraer una muestra para
determinar el grupo sanguíneo y así proveer la sangre compatible. Al
ver los preparativos, y luego la aguja lista para pincharlo, BM
preguntó:
-¿Qué hacés muchacho?
-Le voy a sacar sangre.
-No querido, te equivocaste de paciente, a mí me tienen que poner
sangre.
Todos pensamos que el azar nos ha deparado un ámbito mezquino y que los
otros son mejores. Jorge Luis Borges.
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