El invitado
Como una flor marchita
por Carlos A Morán - escritor (Santa Fe) (I Parte)
Juan, que llegó irritado a su casa luego de haber peleado
con Cecilia, se encontró en la sala con un desconocido,
gordo y vestido con un traje pesado, de invierno, cuya
cara reflejaba un evidente desconcierto. "¿Puede ayudarme?",
le preguntó el desconocido, sin saludarlo ni, menos, explicar
su presencia allí.
Aturdido aún por la pelea, Juan tuvo respecto del desconocido
una reacción tardía, como si se demorara en llegar a las cosas,
a sí mismo. "¿Quién es usted?", preguntó finalmente. "Plaza", dijo el hombre que se parapetaba detrás del sillón.
"¿Plaza?, ¿qué plaza?". Juan no terminaba de comprender ni de entenderse. En cualquier otra circunstancia hubiera reaccionado de distinta manera, quizás atacando al intruso o, más previsiblemente y ante la posibilidad de que el visitante tuviera un arma, alejándose a toda prisa del lugar para dar aviso a la policía, pero no en ese momento aquejado como se encontraba.
"José Plaza", dijo el desconocido e hizo amague de extender la mano pero de inmediato pareció arrepentirse. "¿Puede ayudarme?", volvió en cambio a preguntar. El pensamiento de que le estaba ocurriendo algo insólito culebreó en la mente de Juan pero se disolvió casi en el mismo instante y en cambio se sorprendió, otra vez, a sí mismo oyéndose decir "¿cómo?". Sí, cómo podía ayudar al desconocido, ese hombre que parecía atrasar, con su ropa, con su forma de hablar.
Engominado, sería la palabra, gomina, vaya palabra vieja, el pelo embadurnado con una cosa pegajosa, embadurnado y aplastado a base de un peine que Juan, estúpidamente, imaginó negro y mugriento, lleno de las sobras de esa pasta que mantenía aplastado el pelo contra el cráneo de Plaza. Si Plaza fuese su nombre.
Aunque no, momento, ¿qué estaba haciendo ese extraño en su casa? "Usted", dijo Juan, nueva sorpresa, porque -joven- tenía la costumbre de tutear a todo el mundo, pero era evidente que Plaza no resultaba ser uno del montón, así que le dijo usted y se trabó porque en el momento mismo en que se proponía gritarle, exigirle que aclarara las razones de su presencia en la casa, cuando se disponía a pedirle que se marchara, se preguntó si Plaza no tendría un cómplice, mientras una campanita le hacía saber que, por decir lo menos, el extraño no era peligroso.
Un cómplice que estuviera aguardando escondido para asestarle el golpe, para hacerlo sufrir, para quitarle todas sus... Plaza levantó la mano, como si fuera niño de escuela pidiendo permiso para ir al baño, y luego de una pausa, que interrumpió el fluir de los pensamientos asustadizos de Juan, preguntó si era por ahí que pasaba el 70. Y agregó: "Voy a Lanús".
Juan comprendió y se asustó con la comprobación. Es un loco y está en mi casa. Suelto, en su casa, los dos solos. Podía estar armado y aunque no lo estuviera podría atacarlo, de súbito y sin motivo. Intentó contemporizar, encontrar las palabras adecuadas. Cómo había logrado entrar a la casa pasaba a ser otra historia, ahora lo importante era calmarlo y obtener información suficiente como para que lo vinieran a buscar. Sacárselo de encima.
Paso por paso. "Usted", repitió pero no supo cómo seguir. La idea que tuvo fue la del hombre ante una fiera, impedir el ataque poniendo distancia. Lo mejor hubiese sido salir y ponerle llave a la puerta de casa mientras buscaba auxilio. Pero no soportó la visión de la casa, sola, con un loco apoderándose de ella. Pensó que debía tranquilizarlo aunque él no era experto, desconocía cómo actuar en casos como estos. Paso por paso, volvió a decirse.
Con un gesto mudo lo alentó a que se sentara en el sofá que el hombre, Plaza, tenía frente a sí, pero éste no se dio por aludido y volvió a preguntar si podía ayudarlo. "A Lanús", repitió con un gesto que a Juan le pareció propio de un bobo, de una persona con sus facultades disminuidas.
Sin embargo la campanita volvió a sonar para advertirle que estaba equivocándose. Que Plaza estaba desconcertado y que más allá de la gomina y de su ropa antigua era un tipo normal. "El 70", repitió el desconocido.
Juan le observó la leve depresión en el peinado, como una marca, la opresión que hubiera dejado una herradura. El sombrero, se dijo, este Plaza usa todo el tiempo sombrero, pero en ese momento no lo llevaba puesto.
Sacarlo de la casa, con cualquier pretexto. No se animaba a dejarlo solo. ¿Se lo podría haber mandado Cecilia, como venganza? No podía denigrarla tanto, pensar negativamente en ella por el hecho, por el sorprendente y desagradable hecho, de que terminaba de dejarlo. De tirarlo a la basura, tal cual. Ella misma, una desconocida, indignada aún no sabía bien por qué -Juan no lo sabía, ella seguramente sí porque estaba enojadísima, se contenía, era evidente, aunque igual lo insultó y le dijo que se fuera: no te quiero ver más-, porque se negó tanto a hablarle como a permitir que continuara a su lado. Una locura.
Y el Plaza, acá, otra también. "¿Me puede decir?", se interrumpieron mutuamente porque ambos arrancaron con exactamente la misma pregunta. Juan tenía la intención de preguntarle, con extremo cuidado, qué estaba buscando allí (cómo había entrado, cómo lo había logrado hacer si colocó dispositivos que, se lo aseguraron, son inviolables, "su casa ahora es una caja fuerte", le aseguró el técnico) y en cuanto a Plaza, al hombre extraño supuestamente llamado Plaza (el loco), vaya a saberse qué quería decirle. Lo que dice es "Ana María". Y agrega "que vive en Lanús".
Pero Lanús, Juan es consciente de ello, está en Buenos Aires, en el límite entre la Capital y el conurbano, es una ciudad que conoce de refilón. Por lo que sabe o recuerda no hay otro Lanús en el mapa nacional. Quizás lo haya, algún pueblito perdido, pero el Lanús Lanús que suele ser citado es uno solo. Están a 450 kilómetros al norte de esa ciudad. ¿Vendrá de allí el loco?
O Martínez, en todo caso, tan amigo de las bromas pesadas. Pero nunca estuvo Martínez en su casa, jamás le dijo dónde vivía -hasta donde se acuerda- y... salvo que me haya olvidado las llaves... Lo que era una idea estúpida, porque sin las llaves nunca hubiera podido entrar.
"El 12 de octubre, mañana", dice Plaza que, Juan lo comprende -es 21 de julio- sólo en ese momento, se ha extraviado, por decirlo así, en sus pensamientos, ha seguido hablando. De manera que a Juan le llegan palabras sueltas y así el discurso del desconocido le resulta paranoico, propio de un psicópata. Con todo ha retenido algunas de esas palabras, tales como "tranvía", "Obelisco", "la 9 de Julio", "Sandrini", "Crítica" y "Perón".
Y ahora Plaza dice, de corrido: "Antes del 17, porque si no es todo un balurdo, por el acto, ¿se da cuenta?".
Y de inmediato: "¿Puede ayudarme?".
Juan, al observar aún más al desconocido, hizo rápidamente su composición de lugar. Este hombre, pensó, ha de haber estado mucho tiempo encerrado, su mente, confundida, pobre, tiene que haberse detenido cincuenta años atrás, por eso viste y habla de ese modo. Sí, porque el desconocido empleaba palabras del común que habían quedado en desuso y que Juan, un joven, apenas si había oído, quizás en boca de sus abuelos, o de sus tíos grandes, o -era posible- de alguna vieja película nacional pasada en la televisión.
No debía bajar la guardia, nadie podía asegurarle que Plaza fuera un ángel caído del Cielo. Si bien por su edad -el otro era considerablemente mayor- y su físico (Plaza estaba engordado, como quien come demasiadas pizzas y excesiva cantidad de guisos y él en cambio era persona dedicada a las comidas magras y a los ejercicios físicos) Juan sabía que llegado el caso le ganaría, en ningún momento debía olvidarse del arma. Del arma que, presuntamente, Plaza llevaba consigo para atacarlo.
* Cuento inédito - Blog "Noticias desde el Sur"
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