Como un golpe en la frente
Esa mañana fue definitiva para C. La infección respiratoria que lo
castigaba desde hacía casi un mes no exhibía mejoría y ahora se sumaba
un dolor de cabeza como jamás había tenido, sentía que le iba a
reventar. C. comprendió que debía hacer algo más. La consulta a un
servicio médico a domicilio en dos ocasiones no había resuelto nada; un
leve alivio era lo que había obtenido, pero ahora todo parecía peor.
Tenía fiebre, escalofrío, le dolía todo el cuerpo y la secreción nasal,
abundante y verdosa, era constante. Y además, la cefalea. Por momentos
la cabeza le latía y era un tambor que golpeaba dentro de sus oídos y
detrás de los ojos. No encontraba entonces forma de calmar la
desesperación por pararlo. Otras veces era una pesadez creciente que
parecía expandirse desde algún punto en el interior del cráneo, hasta
querer explotar, escapar como un torrente de agua incontenible. Por la
tarde acudió con su mujer al consultorio de un especialista. A partir
de entonces no recordó nada más. Nunca nadie sabrá lo que vivió desde
ese momento. Su memoria dejó de funcionar, sus percepciones se
distorsionaron. Con enorme dificultad por su falta de cooperación, fue
obligado a subir a una ambulancia, que lo condujo al hospital. En la
guardia, su mujer reclamaba con ansiedad y preocupación: ¡Atiéndanmelo,
está muy alterado, no
sé lo que le pasa!. C., con sus más de 120 kilogramos, entró
trastabillando. Con la mirada en el infinito, se desplazaba sin
sentido. Cuando vio la camilla, se echó encima, con la cabeza sobre sus
brazos, como si estuviera agotado. Casi inmediatamente, se incorporó y
se dirigió a una puerta lateral, llevándose un banco por delante.
Alicia, la enfermera, llamó inmediatamente a Seguridad y a Terapia
Intensiva. C. empezó a combatir contra fuerzas desconocidas. Fuerzas
que lo atacaban por todos los frentes, e intentaban reducirlo sujetando
sus brazos y piernas. Fuerzas que le ordenaban algo en un código
desconocido y deseaban hacerle daño. Y C. se defendió con toda su
energía, que no era poca. Tenía dos personas fijándole las piernas,
otras dos en los brazos y dos más para colocarle el suero. Tomarle una
vena requirió el triple de tiempo y de esfuerzo; apenas sintió el
pinchazo, retiró el brazo con la ligereza de un pez. El catéter
colocado, como un surtidor, regó sangre en todas direcciones, pero pudo
administrarse un sedante. Tres dosis se requirieron para apaciguarlo.
Se extrajeron muestras de sangre para laboratorio y fue trasladado a
Terapia Intensiva. El cuadro correspondía a un compromiso agudo del
sistema nervioso, que podía tener un origen circulatorio (como una
hemorragia), infeccioso (encefalitis) o tumoral. En internación se
realizó una punción lumbar, procedimiento mediante el que se introduce
una aguja fina y larga entre las vértebras, para obtener líquido
cefalorraquídeo. El examen químico y microscópico puede ser suficiente
para definir qué clase de trastorno afecta al sistema nervioso. El
líquido de C. era turbio y verdoso, se trataba de una infección, por lo
que se inició inmediatamente el tratamiento antibiótico. Media hora
después, el laboratorio confirmó la presencia de gérmenes y otros
cambios que aparecen en la meningoencefalitis. Por 24 horas, C. tuvo
que ser sedado, para evitar que se arrancara el suero o se cayera de la
cama, pero pasado ese lapso su respiración se tranquilizó y cesó de
combatir. A las 36 horas de internación, luego que se le explicó su
situación y los incidentes de su llegada al hospital -de la cual no
recordaba nada- decía: -Yo no soy así, discúlpeme si me mandé alguna
macana-. C. estaba nuevamente con nosotros.
Has vivido como un golpe en la frente el instante, el jadeo, la caída,
la fuga. Julio Cortázar.
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