Invernada de perdices
Hace ya unos cuantos años, un amigo, junto a otros cofrades de la diosa
Diana, luego de las idas y vueltas habituales en esos casos, habían
conseguido el anhelado permiso del dueño de un campo en La Pampa para
ir a cazar jabalíes y algunas montaraces. En el campo, ubicado en
Colonia Santa María, los recibió el puestero quien sería el anfitrión
durante las jornadas de caza. Sin que mi amigo me haya hecho una
descripción muy exhaustiva de su persona, me lo imagino tal cual es.
Flaco, de piel curtida por el sol y el trabajo de forma que es imposible definir con más o menos certeza su edad. Humilde en un todo, su
vivienda, su forma de vestir, su forma de moverse y su forma de hablar,
pero con un conocimiento de su entorno fruto de años de andar por el
campo observando y aprendiéndolo todo. En uno de esos tiempos muertos
que tiene la jornada de caza, el puestero (mi amigo no recuerda el
nombre) los condujo hacia la parte trasera de la casa para mostrarle
uno de sus tesoros: la invernada de perdices. Ante el asombro de los
pueblerinos, en una jaula tipo gallinero, poco más de una docena de
perdices se encontraban en etapa de "engorde". "Las cazo con la trampa,
si ustedes quieren se las muestro", afirmó el puestero. Así, los
condujo por un caminito de vacas a través del campo hasta llegar a un
lugar donde un montículo de tierra delataba la presencia de algo ajeno
al lugar. Allí estaba la trampa para cazar perdices. Interrumpiendo el
paso en el caminito y enterrada hacía ya mucho tiempo había una lata de
20 litros. Los yuyos habían crecido a su alrededor y disimulaban su
presencia. La lata apenas asomaba del nivel del piso. La manija de
alambre estaba vertical y colgando de un alambre por su centro, la tapa
que, por supuesto, bailaba sobre la boca del balde ocultándolo. El
puestero hacía un caminito con algunas semillitas y ponía unas cuantas
sobre la tapa. Cuando las perdices se paraban sobre la misma ésta salía
de su precario equilibrio y las dejaba caer al fondo del tacho yendo
luego a parar a la jaula de engorde y acrecentando la hacienda del
puestero. No estuve allí, pero me imagino la sorpresa de los cazadores
con toda la tecnología ante la simpleza, la paciencia y la experiencia
del trampero de perdices.
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