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Sábado 17 de Mayo de 2008


Locales

Caos

Por Beatriz Aronovich (*)

Una paradoja se hace cada día más evidente: mientras la civilización avanza, brindando posibilidades crecientes para las necesidades humanas que a la vez crea y multiplica, arroja un resto mortífero por doquier.
La misma acción del hombre orienta su capacidad de modificar lo natural, hacia un lado u otro. Desde la perspectiva psicológica surge una referencia inmediata a textos de Freud como Malestar en la cultura (1929) y El Porvenir de una ilusión (1927) donde plantea esta encrucijada.
Pero desde siempre la literatura, el teatro, las artes en general, religiones, ciencias y hasta la misma reproducción de la especie, surgen de ella: ¿Vida o muerte? eje crucial del quehacer humano.
La humanidad ¿progresa o destruye su camino?
De manera paulatina se va imponiendo en el mundo una impronta sensorial y racional de que la balanza puede estar inclinándose hacia el sentido más temido.
Todos elegimos la vida, nos aterra lo contrario. Aún los casos más graves de melancolía e incluso con tendencias al suicidio, son expresión del fracaso -ya sea propio o de familiares cercanos-, de proyectos malogrados.
Siendo destino final de todo ser vivo, la muerte resulta siempre inoportuna, inapropiada; un accidente. Así lo expresan los comentarios más usuales que en esas ocasiones buscan algún alivio o asidero.
La escalada creciente de hechos aberrantes a escala internacional, va alterando lentamente nuestra forma de reacción ante lo peor. Lo que sorprenda tendrá que ser cada vez más intenso y espectacular, o al menos transmitirlo en esa dimensión.
Al mismo tiempo, hay tantas vías de acceso a información actualizada en forma permanente y masiva, que se impone un ritmo inasible de mensajes, con un efecto en nuestro interior, difícil de atajar.
Es muy fuerte la sobrecarga anímica que implica, porque estamos mejor armados para defendernos de lo racional que de lo emotivo. El pensamiento es una elaboración secundaria, la emoción en cambio es irracional, inmediata, espontánea; un zarpazo en el cuerpo, incluyendo también los mecanismos que se activan con igual rapidez para "protegernos" de ella.
Cuestiones cruciales como las que estamos viviendo a raíz de conflictos de fondo para nuestro país, catástrofes naturales y otras producidas por la mano del hombre, se homologan muchas veces con hechos menores, buscando incentivar la cualidad del caos.
La mayoría de las vías de información son cada vez más manipuladoras que comunicativas, con el necesario conocimiento técnico para golpes certeros que afectan nuestra vida diaria. Transitamos una época en la que no hay fronteras para el impacto que causa una tragedia en cualquier rincón del mundo. Nada es ajeno para nadie, en ningún lugar.
Así, mientras las distancias se reducen, se aleja la convicción de que sea posible una vida más calma y pacífica. Va instalándose en cambio la sospecha de que todo está por acabar y nosotros al borde del abismo, como si nuestro destino más inmediato -hoy, mañana, este año-, pudiera colapsar y dejarnos desvalidos de repente. Las crisis ya vividas activan su alerta, pero la falta de datos claros y precisos alimentan lo que se ignora, fomentando una manifiesta posición de irracionalidad en el planeta.
Y como es imposible resolver los problemas más espinosos de un día para otro -este mes, este año o el que viene-, surge la pregunta inevitable:
¿Yo, qué hago?
Ante la impotencia, muchos se proyectan a lugares inasibles: el sillón presidencial o el de algún ministerio, por ejemplo. Pero la pregunta más difícil es la que duele donde aprieta el zapato propio.
Cuando el caos irrumpe, muestra lo que se descompone. Son contados los intentos por estimular la curiosidad e inteligencia necesarias para atar cabos y dejar sueltos los que aún no se comprenden, de modo de ayudar a soportar la frustración que generan las pequeñas soluciones a largo plazo. Lo que mejor prospera es lo destinado a embotar la atención y desconectar los hechos de sus posibles causas, a través de promesas irrealizables, en tiempos mágicos.
Todo caos posee una lógica a descifrar, supone enfrentamientos y desorden, ruptura de estructuras preestablecidas y una alteración muy profunda del sistema preexistente. Su energía puede aportar nuevos puntos de partida para construir soluciones inhallables de no haber mediado ese estallido, o todo lo contrario.
Otra vez la misma paradoja.
No se trata de elogiar y potenciar situaciones de riesgo extremo, sino de intentar encontrar un cauce diferente para lo que estalla.

(*) Psicoanalista.

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