Caos
Por Beatriz Aronovich (*)
Una paradoja se hace cada día más evidente: mientras la civilización
avanza, brindando posibilidades crecientes para las necesidades humanas
que a la vez crea y multiplica, arroja un resto mortífero por doquier.
La misma acción del hombre orienta su capacidad de modificar lo
natural, hacia un lado u otro. Desde la perspectiva psicológica surge
una referencia inmediata a textos de Freud como Malestar en la cultura
(1929) y El Porvenir de una ilusión (1927) donde plantea esta encrucijada.
Pero desde siempre la literatura, el teatro, las artes en general,
religiones, ciencias y hasta la misma reproducción de la especie,
surgen de ella: ¿Vida o muerte? eje crucial del quehacer humano.
La humanidad ¿progresa o destruye su camino?
De manera paulatina se va imponiendo en el mundo una impronta sensorial
y racional de que la balanza puede estar inclinándose hacia el sentido
más temido.
Todos elegimos la vida, nos aterra lo contrario. Aún los casos más
graves de melancolía e incluso con tendencias al suicidio, son expresión del fracaso -ya sea propio o de familiares cercanos-, de proyectos
malogrados.
Siendo destino final de todo ser vivo, la muerte resulta siempre
inoportuna, inapropiada; un accidente. Así lo expresan los comentarios
más usuales que en esas ocasiones buscan algún alivio o asidero.
La escalada creciente de hechos aberrantes a escala internacional, va
alterando lentamente nuestra forma de reacción ante lo peor. Lo que
sorprenda tendrá que ser cada vez más intenso y espectacular, o al
menos transmitirlo en esa dimensión.
Al mismo tiempo, hay tantas vías de acceso a información actualizada en
forma permanente y masiva, que se impone un ritmo inasible de mensajes,
con un efecto en nuestro interior, difícil de atajar.
Es muy fuerte la sobrecarga anímica que implica, porque estamos mejor
armados para defendernos de lo racional que de lo emotivo. El
pensamiento es una elaboración secundaria, la emoción en cambio es
irracional, inmediata, espontánea; un zarpazo en el cuerpo, incluyendo
también los mecanismos que se activan con igual rapidez para
"protegernos" de ella.
Cuestiones cruciales como las que estamos viviendo a raíz de conflictos
de fondo para nuestro país, catástrofes naturales y otras producidas
por la mano del hombre, se homologan muchas veces con hechos menores,
buscando incentivar la cualidad del caos.
La mayoría de las vías de información son cada vez más manipuladoras
que comunicativas, con el necesario conocimiento técnico para golpes
certeros que afectan nuestra vida diaria. Transitamos una época en la
que no hay fronteras para el impacto que causa una tragedia en
cualquier rincón del mundo. Nada es ajeno para nadie, en ningún lugar.
Así, mientras las distancias se reducen, se aleja la convicción de que
sea posible una vida más calma y pacífica. Va instalándose en cambio la
sospecha de que todo está por acabar y nosotros al borde del abismo,
como si nuestro destino más inmediato -hoy, mañana, este año-, pudiera
colapsar y dejarnos desvalidos de repente. Las crisis ya vividas
activan su alerta, pero la falta de datos claros y precisos alimentan
lo que se ignora, fomentando una manifiesta posición de irracionalidad
en el planeta.
Y como es imposible resolver los problemas más espinosos de un día para
otro -este mes, este año o el que viene-, surge la pregunta inevitable:
¿Yo, qué hago?
Ante la impotencia, muchos se proyectan a lugares inasibles: el sillón
presidencial o el de algún ministerio, por ejemplo. Pero la pregunta
más difícil es la que duele donde aprieta el zapato propio.
Cuando el caos irrumpe, muestra lo que se descompone. Son contados los
intentos por estimular la curiosidad e inteligencia necesarias para
atar cabos y dejar sueltos los que aún no se comprenden, de modo de
ayudar a soportar la frustración que generan las pequeñas soluciones a
largo plazo. Lo que mejor prospera es lo destinado a embotar la
atención y desconectar los hechos de sus posibles causas, a través de
promesas irrealizables, en tiempos mágicos.
Todo caos posee una lógica a descifrar, supone enfrentamientos y
desorden, ruptura de estructuras preestablecidas y una alteración muy
profunda del sistema preexistente. Su energía puede aportar nuevos
puntos de partida para construir soluciones inhallables de no haber
mediado ese estallido, o todo lo contrario.
Otra vez la misma paradoja.
No se trata de elogiar y potenciar situaciones de riesgo extremo, sino
de intentar encontrar un cauce diferente para lo que estalla.
(*) Psicoanalista.
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17-05-2008

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