Caza menor: un día 10 puntos
Cerca de las 9:30 hs. Miguel me pasó a buscar. Venía acompañado por
Nahuel, su hijo de 12 años que hace sus primeras armas en el mundo de
la caza menor. Su perro Bepo, un cursar de 4 años, ladraba desde la
caja de la camioneta casi tan ansioso como nosotros. A mí me acompañó
mi hijo Ignacio, que con sus 8 años camina a la par mía disfrutando la
salida de caza. Cargué el cajón con todos los implementos de caza y a
"Mechi" mi perra bretona. Mechi tiene casi dos años pero la temporada
pasada tuve una gran decepción. El entrenamiento previo con el manojo
de plumas, sus primeras salidas al campo, todo anduvo bien hasta el
primer día de caza. Entramos al campo y salió corriendo desenfrenada.
Yo atropellé una perdiz y disparé, la perra frenó su carrera y se vino
a mis pies. Mi compañero disparó a otra perdiz y ya no pude sacar a la
perra de entre mis piernas asustada por los tiros. La segunda salida
igual, todo bien hasta que escuchaba el primer disparo, a partir del
cual ya no caminaba más. No me podía pasar nada peor: la perrita le
tenía miedo a los disparos. El resto de la temporada cacé con el perro
de mi compañero pero la decepción me dominaba. Durante la veda la fui
sacando al campo pero siempre sin escopeta como para que le perdiera el
miedo y al inicio la llevé en una salida muy corta y cuando estaba a
unos 100 metros disparé con mi escopeta cal. 28 en dos o tres oportunidades, la perra no se asustó y mis esperanzas renacieron. Así que esta
salida era muy importante. Llegamos al campo y paramos en una vieja
casa campestre donde el dueño nos había autorizado. Rápidamente nos
colocamos cartuchera y chaleco y salimos. Miguel con Nahuel -que usaría
una escopeta Sole del 14- salieron hacia unas alfalfas mientras que
Ignacio y yo caminaríamos por un potrero con alfalfa vieja y algo de
pasto puna. Mechi salió corriendo como si no supiera cuál era su
trabajo. Caminé unos 50 metros y levanté una perdiz, disparé y cayó
dando vueltas en el aire. Mechi al escuchar el disparo se acercó, le di
la perdiz, la olió y mordisqueó, ¡Dame! y me la entregó en la mano.
Luego comenzó a trabajar a unos 15 metros. Corrió delante de mí en
zigzag y cuando encontró un rastro empezó a caminar con la nariz pegada
al piso. Por su forma de moverse me di cuenta que la perdiz estaba
cerca... en cualquier momento levantaba el vuelo... caminé dos pasos y
salí silbando la iuambú, disparé y corrió -Mechi- para regresar con la
perdiz en la boca. ¡Bieen!! Un revolcón con caricias y masajes es el
premio. Luego dos o tres perdices más. Todavía no se clavó apuntando
pero no me importa... ya aprenderá. Regresamos a la casa al mediodía
para saborear un rico asado a la sombra de unos viejos paraísos. Miguel
ya tenía unas cuantas y su hijo Nahuel (heredó la puntería del padre)
tenía siete perdices. Por la tarde dimos otra vuelta y temprano
regresamos. No puedo pedir más: un domingo de caza, con mi hijo y
amigos y mi perra bretona que se está portando como esperaba. Un día 10
puntos.
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