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Viernes 11 de Julio de 2008


La Palabra

El invitado

¿Cómo era tu nombre?

por Hugo Corte - escritor

¿Cómo era tu nombre?
La pregunta sonó un tanto desubicada si es que, como parecía, los últimos quince minutos había estado tratando de seducirla, desde allí, colgado del pasamanos. Miralba..., dijo sin levantar la vista. El se agachó un poco frunciendo el entrecejo y moviendo los labios sin pronunciar palabra. Luego se enderezó y se puso a mirar el camino a través del parabrisas del colectivo. Entonces ella lo miró furtivamente. Desde el asiento tenia una perspectiva limitada. El mechón de cabellos negros que resaltaba sobre su frente, el corte anguloso de su mandíbula, su oreja izquierda con el arito de hueso.
El coche dio un respingo y todos saltaron al unísono; él, se dejó balancear hacia atrás describiendo un semicírculo mientras sonriente la miró: me siento como una papa frita a la que están sacudiendo para que suelte el aceite. Miralba no logró disimular una media sonrisa y a él no se le escapó el gesto. Angel..., sonó claro entre el bullicio de amortiguadores exigidos y bulones flojos. ¿Perdón? Por primera vez se permitía mirarlo directamente a los ojos. Mi nombre; mientras hacia un gesto con su mano libre, es Angel. Ella sintió que el rubor la invadía, especialmente en los lóbulos de las orejas y en la barbilla, como le sucedía siempre. Y agachó la cabeza para luego dirigir la mirada hacia la ventanilla. ¿Vas lejos?
Otra pregunta tan obvia, si al principio era tan verborrágico y ameno. ¿Qué le pasaba? Un poco antes del centro; y agregó, sin saber porque ya que era tan apocada, voy a la biblioteca municipal.
Angel solo asintió sin dejar de mirarla al momento que se subía otro tramo el cierre de la campera.
Yo voy un poco más allá. Sonó tan lacónico que ella no supo que pensar, ¿finalmente lo venció su timidez? ¿Habré dicho algo que lo perturbó? Estaba ensimismada en esos pensamientos cuando la sobresaltó reanimado y jovial. ¿No tendrás un horario que cumplir verdad?, porque pienso que podríamos bajar en la esquina de la plaza, llenarnos de aire fresco y luego cruzar a tomarnos un buen café sentados contra un vidrio al que le dé el sol. Quedó mirándolo, en sus ojos había una frescura delatora de un brillo amable. Lo único que se le ocurrió pensar es que sentados frente a frente y sin el bullicio del colectivo tal vez fuera mejor, o al menos diferente. Después de todo, que oportunidad había tenido él zarandeándose de un lado a otro y en medio de los bocinazos. Quizás si tenía algo que decir y ella siempre fue de escuchar a la gente. En medio de un arrobamiento se puso de pie y se encaminó hacia el conductor. En la esquina por favor. De soslayo vio que él la seguía y hasta adivinó su sonrisa. El vehículo fue deteniéndose. Ella descendió el primer escalón aferrando el cuaderno con su mano derecha. Cuando se detuvo y con su bufido la puerta le cedió el paso, dio dos saltos cortos y una vez en la vereda se volvió para recibir a Angel. Este aun estaba en lo alto de la escalerilla y desde el interior la miraba complaciente. ¿Sabés que?, vos andá hasta el café, guardame un lugar, en una mesa junto al vidrio, que yo en un ratito estoy. Miralba, anonadada, sus ojos eran un nido desprotegido que se sentía ser soltado en la tempestad.
Pibe, la puerta, gruño el conductor. Él le dirigió una mirada fría y una mueca que pareció de otro rostro. Se echó hacia atrás, hacia adentro del vehículo y mientras las puertas se cerraban como un telón descorazonador, con el dedo índice señalándola le repetía, en el café, no te muevas de ahí...
Se sintió desnuda en medio de la multitud. A un lado y a otro le pasaban transeúntes ensimismados haciéndola parecer que ella era la única que pensaba en algo. Se cruzó hasta la plaza, sentada en un banco miraba al café como si fuera el templo de su perdición. Allí estuvo largos minutos. La sacó de su abstracción la sacudida y el trueno. Instintivamente apoyó una mano en el asiento y se espabiló. Tormenta, fue lo primero que le vino a la mente. Como es natural cuando algún sonido u otra manifestación de la que desconocemos su origen nos sacuden atinamos a levantar la vista buscando la explicación por encima del horizonte. Alguna gente corría, algo turbio parecía enseñorearse en el aire, luego vinieron las sirenas. Ululantes chillidos electrónicos de las más variadas gamas convergían en la avenida. Pestañeó fuerte y voluntariamente antes de ponerse de pie buscando saber el motivo por el que el desorganizado urbanismo cotidiano ahora se organizaba en un caótico devenir de caras angustiadas mirando todas en una misma dirección. Al fondo la avenida era una nube de humo y en medio de toda esa confusión luces rojas y azules parpadeaban brillantes a intervalos regulares. Realmente no le interesó. Apretó contra su pecho el cuaderno y se encaminó en dirección contraria, ya no tenía ganas ni de ir a la biblioteca.
Angel quiso decirle que se cuide pero creyó que ya no lo escuchaba. Allí estaba ella, parada en medio de la vereda. Las ventanillas se pasaban unas a otras su imagen mientras el colectivo arrancaba y al final solo era una mancha blanca, inmóvil que le llegaba a través del vidrio trasero polvoriento que a él se le antojó sacrílego. Entonces apoyándose en el asiento del conductor se agachó distraídamente mirando a ninguna parte. Sabe una cosa, usted debería ser más amable, nunca se sabe si el día de hoy no puede ser el último. Se enderezó y fue hacia el fondo. El hombre hizo un gesto de fastidio al tiempo que debió mediante una maniobra insana esquivar un taxi.
Angel aprovechó el asiento que dejara Miralba y se sentó. Le pareció que la textura era diferente. Acarició un poco el apoyabrazos, pasó furtivamente la yema de un dedo por el cristal como queriendo recoger de él los fogonazos de una mirada que lo habían atravesado. Un instante después, recobrando la compostura, como si fuera lo más natural del mundo abrió el cierre de su campera. Su tórax era una exhibición de bloques prolijamente aprisionados por una cinta adhesiva. De entre estos, de algún lugar brotaba un cable verde que terminaba en una especie de perilla dentro de uno de los bolsillos. Angel la tomó, asomándola un poco, sin aires de exhibicionista y presionó con el pulgar el único botón que tenía.

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