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Sábado 12 de Julio de 2008


Locales

El Día del Hombre

Por Silvia Peralta (*).

¿Por qué cuestan tanto, son tan largos los procesos de cambio sociales?
¿No hay otro modo de cambiar para mejor? Y lo que ocurre es que aun a nivel personal hay una parte nuestra que se acomoda, que se acostumbra a lo preestablecido. Mientras tanto hay otra parte que quiere avanzar.
Parece que por un lado quisiésemos mejorarnos pero por el otro, tememos hacerlo. Es que mejorar implica enfrentarse con lo que es habitual, pero que sentimos no funciona. Mejorar sería como desestructurar, desaprender ese hábito no tan bueno para buscar nuevas estructuras de pensamiento. Lo molesto de esta búsqueda es que no hay fórmulas. Sí habrá idas y venidas y enfrentamientos constantes.
Por ejemplo, para incluir a los afro-americanos, la sociedad norteamericana tuvo muchísimos enfrentamientos. Uno no tan obvio ocurrió entre J. Edgar Hoover (Director del Federal Bureau of Investigation o FBI) y Martin Luther King. Hoover fue un gran obstructor del cambio. Para él King era un advenedizo buscapleitos comunista al que había que desenmascarar espiándole constantemente y grabando todas sus conversaciones. Pero cuando le pidió permiso al Fiscal Federal -Robert Kennedy- para hacerlo, este sólo aceptó un seguimiento parcial pues el pastor no tenía mucha trascendencia. Era poco más que un idealista militante que buscaba una impracticable igualdad. Como contrapartida, King tampoco tenía una elevada opinión del joven Fiscal, al cual consideraba con el típico accionar de un blandengue (a softly, softly approach).
¡Qué equivocados estaban los dos! Ni King resultaría ser un soñador idealista ni el joven Fiscal era un blandengue. Por suerte para la sociedad americana, ninguno temía cuestionar sus prejuicios. Apenas Kennedy se contactó con la realidad del sur notó el autoritarismo y la corrupción de sus autoridades locales, se volvió un impulsor de cambios a favor de la gente de color. A la par se transformó en uno de los más apasionados seguidores del pastor, con quien alcanzó un intenso diálogo.
En franca oposición al fiscal, el Director del FBI (auto-erigido en paladín de los valores norteamericanos) estaba más empecinado que nunca en demostrar el marxismo antipatriótico de King. No pasó mucho antes que brindase un copioso informe a los medios con el que pretendía evidenciar no sólo el comunismo del pastor bautista sino también su robo de dinero, la evasión de impuestos, la promiscuidad y el uso de vocabulario indecente para un líder religioso (esto último porque lo había grabado en hoteles y entre amigos de ambos sexos, contando chistes de tono subido). Por supuesto que nada podía ser justificado seriamente. En realidad el objetivo de la bambolla era acallar los secretos a voces en el FBI (la homosexualidad de Hoover y su adicción a las carreras de caballos). Lo terrible era que mientras tanto, el Director pasaba por alto la ineficacia de sus investigadores para esclarecer los delitos contra los negros en el sur. Unicamente cuando desde la presidencia se lo presionó al respecto comenzó a actuar contra la causa del problema: el KKK. Pero el real ultimátum lo tuvo cuando el presidente Lyndon Johnson, en un discurso televisivo, instó a Hoover y al FBI a acabar con el Klan.
Ese llamado presidencial fue lo que King necesitaba para considerar que el proceso de cambio en el sur (que le había tomado diez años) ya estaba encaminado. Entonces decidió cambiar de frente de lucha e ir al norte del país. Porque en el norte industrial, también los negros la estaban pasando bastante mal ya que -no nos engañemos- aún allí los blancos norteños se incomodaban con los afro-americanos y los veían como un problema. Y si bien estos tenían derecho a votar y nunca se los habían linchado, se les aplicaba una política indirecta de apartheid.
Al respecto, en las industrias les pagaban menos y tendían a no contratarlos. Así que -privados de "levantar cabeza" económicamente- habían quedado casi en su totalidad apartados en barriadas marginales que se hallaban extremadamente bien delimitadas por carreteras, vías de trenes sobreelevados o avenidas. Estas actuaban como verdaderas fronteras invisibles que debían franquearse para entrar o salir. Por lo tanto al mantenerlos así apartados por tantas generaciones, los blancos norteños los habían hecho ingresar a su realidad sólo tangencialmente.
Los afro-americanos tenían "su" lugar, "sus" vecinos, compraban en "sus" negocios y, en definitiva, vivían en "su" mundo. O mejor, "su" pedazo de país aparte. Y esa creencia -obviamente ficticia- se había hecho parte esencial del credo blanco. Querer violar tal referencia era como una blasfemia.
Para desestructurar ese modo de pensar, King "que se había trasladado a la industrial Chicago- marcharía pacíficamente desde el margen de los barrios negros y luego avanzaría sobre la zona blanca. Cuando comenzaron con las manifestaciones, la respuesta no se hizo esperar.
Era peor que en el sur. Desde la primera, la reacción fue tan virulenta que las multitudes parecían exclusivas de miembros del KKK. Promedio iban de cinco mil a veinte mil blancos y estaban tan exacerbados como mastines sin cadena. Tanto, que las palabras del pastor eran ahogadas por el enorme griterío y también por balazos. Hubo pedradas, forcejeos y también una lluvia de escupidas. ¡Era tanto el miedo que les producía a los blancos tener que romper con sus creencias, que se enloquecían!
¿Qué les iba a pasar si los negros pudiesen moverse irrestrictamente por sus vecindarios? ¿Destruirían sus casas? ¿Les robarían? ¿Los matarían? ¡Seguramente había sido por algo que los habían apartado!
Mientras tanto resonaban en el aire las palabras de King "Deseo ser verdadero hermano del hombre blanco, no su hermano político" "No en un año ni en cincuenta años; Ahora es el momento para hacer reales, las promesas de la democracia". E increpando al Gobierno decía: "Si tenemos capacidad de gastar billones de dólares para poner un hombre en la luna, podemos gastarlo para poner al hombre de pie". Además y siempre tratando de apaciguar a las multitudes exclamaba a viva voz: "Con la no-violencia nos encaminaremos hacia mejores días. No será el día de la supremacía negra. Ni el de más supremacía blanca. La supremacía negra es tan mala como la supremacía blanca. No será el día del hombre blanco ni será el día del hombre negro. Será el día del hombre como ser humano. Será el día para los negros y blancos de buena voluntad. El día en que se unan las fuerzas del trabajo para salir de la pobreza que agobia a tantos en esta nación".
Tal vez haya llegado el momento de darnos cuenta que también aquí, como grupo social, en cambio de enfrentarnos entre nosotros por nuestras diferencias necesitamos enfrentar a nuestras propias creencias. Y quizás también debamos aprender a prontamente cuestionar nuestros prejuicios cuando sea necesario (tal como Kennedy y King recíprocamente lo hicieron), pues muchas veces, de modo inconciente, impiden nuestro avance como individuo y como sociedad. Aunque hay ocasiones en que la obstrucción al cambio es muy conciente porque -como en el caso de Hoover- se pretende mantener una imagen falsa para tapar las propias sombras.
Tal vez haya llegado el momento en que desde nuestro fuero interno necesitemos analizar, desarmar, nuestras creencias. Para que así despojados, podamos encontrarnos con nosotros mismos y con quienes somos en realidad. Nosotros, sin tener en cuenta si somos hombres o mujeres, blancos o negros, jóvenes o viejos, ricos o pobres. Nosotros, sin pre-conceptos. Nosotros sin prejuicios. Tan solo nosotros con nuestra propia esencia humana. Para comenzar desde allí el proceso de reconstruirnos sin miedos, constantemente y para mejor. Nosotros, con voluntad de encuentro, buscando al otro para unir fuerzas. Nosotros comenzando desde ese día a reconstruir una sociedad que nos permita sentir que nuestra vida vale la pena, que nuestra existencia tiene sentido.

(*) Profesora Universitaria de Inglés - Catedrática de Estudios Sociales Anglosajones del Instituto Superior del Profesorado de Rafaela.

12-07-2008

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