El Día del Hombre
Por Silvia Peralta (*).
¿Por qué cuestan tanto, son tan largos los procesos de cambio sociales?
¿No hay otro modo de cambiar para mejor? Y lo que ocurre es que aun a
nivel personal hay una parte nuestra que se acomoda, que se acostumbra
a lo preestablecido. Mientras tanto hay otra parte que quiere avanzar.
Parece que por un lado quisiésemos mejorarnos pero por el otro, tememos
hacerlo. Es que mejorar implica enfrentarse con lo que es habitual,
pero que sentimos no funciona. Mejorar sería como desestructurar,
desaprender ese hábito no tan bueno para buscar nuevas estructuras de
pensamiento. Lo molesto de esta búsqueda es que no hay fórmulas. Sí
habrá idas y venidas y enfrentamientos constantes.
Por ejemplo, para incluir a los afro-americanos, la sociedad
norteamericana tuvo muchísimos enfrentamientos. Uno no tan obvio
ocurrió entre J. Edgar Hoover (Director del Federal Bureau of
Investigation o FBI) y Martin Luther King. Hoover fue un gran
obstructor del cambio. Para él King era un advenedizo buscapleitos
comunista al que había que desenmascarar espiándole constantemente y
grabando todas sus conversaciones. Pero cuando le pidió permiso al
Fiscal Federal -Robert Kennedy- para hacerlo, este sólo aceptó un
seguimiento parcial pues el pastor no tenía mucha trascendencia. Era
poco más que un idealista militante que buscaba una impracticable
igualdad. Como contrapartida, King tampoco tenía una elevada opinión
del joven Fiscal, al cual consideraba con el típico accionar de un
blandengue (a softly, softly approach).
¡Qué equivocados estaban los dos! Ni King resultaría ser un soñador
idealista ni el joven Fiscal era un blandengue. Por suerte para la
sociedad americana, ninguno temía cuestionar sus prejuicios. Apenas
Kennedy se contactó con la realidad del sur notó el autoritarismo y la
corrupción de sus autoridades locales, se volvió un impulsor de cambios
a favor de la gente de color. A la par se transformó en uno de los más
apasionados seguidores del pastor, con quien alcanzó un intenso
diálogo.
En franca oposición al fiscal, el Director del FBI (auto-erigido en
paladín de los valores norteamericanos) estaba más empecinado que nunca
en demostrar el marxismo antipatriótico de King. No pasó mucho antes
que brindase un copioso informe a los medios con el que pretendía
evidenciar no sólo el comunismo del pastor bautista sino también su
robo de dinero, la evasión de impuestos, la promiscuidad y el uso de
vocabulario indecente para un líder religioso (esto último porque lo
había grabado en hoteles y entre amigos de ambos sexos, contando
chistes de tono subido). Por supuesto que nada podía ser justificado
seriamente. En realidad el objetivo de la bambolla era acallar los
secretos a voces en el FBI (la homosexualidad de Hoover y su adicción a
las carreras de caballos). Lo terrible era que mientras tanto, el
Director pasaba por alto la ineficacia de sus investigadores para
esclarecer los delitos contra los negros en el sur. Unicamente cuando
desde la presidencia se lo presionó al respecto comenzó a actuar contra
la causa del problema: el KKK. Pero el real ultimátum lo tuvo cuando el
presidente Lyndon Johnson, en un discurso televisivo, instó a Hoover y
al FBI a acabar con el Klan.
Ese llamado presidencial fue lo que King necesitaba para considerar que
el proceso de cambio en el sur (que le había tomado diez años) ya
estaba encaminado. Entonces decidió cambiar de frente de lucha e ir al
norte del país. Porque en el norte industrial, también los negros la
estaban pasando bastante mal ya que -no nos engañemos- aún allí los
blancos norteños se incomodaban con los afro-americanos y los veían
como un problema. Y si bien estos tenían derecho a votar y nunca se los
habían linchado, se les aplicaba una política indirecta de apartheid.
Al respecto, en las industrias les pagaban menos y tendían a no
contratarlos. Así que -privados de "levantar cabeza" económicamente-
habían quedado casi en su totalidad apartados en barriadas marginales
que se hallaban extremadamente bien delimitadas por carreteras, vías de
trenes sobreelevados o avenidas. Estas actuaban como verdaderas
fronteras invisibles que debían franquearse para entrar o salir. Por lo
tanto al mantenerlos así apartados por tantas generaciones, los blancos
norteños los habían hecho ingresar a su realidad sólo tangencialmente.
Los afro-americanos tenían "su" lugar, "sus" vecinos, compraban en
"sus" negocios y, en definitiva, vivían en "su" mundo. O mejor, "su"
pedazo de país aparte. Y esa creencia -obviamente ficticia- se había
hecho parte esencial del credo blanco. Querer violar tal referencia era
como una blasfemia.
Para desestructurar ese modo de pensar, King "que se había trasladado a
la industrial Chicago- marcharía pacíficamente desde el margen de los
barrios negros y luego avanzaría sobre la zona blanca. Cuando
comenzaron con las manifestaciones, la respuesta no se hizo esperar.
Era peor que en el sur. Desde la primera, la reacción fue tan virulenta
que las multitudes parecían exclusivas de miembros del KKK. Promedio
iban de cinco mil a veinte mil blancos y estaban tan exacerbados como
mastines sin cadena. Tanto, que las palabras del pastor eran ahogadas
por el enorme griterío y también por balazos. Hubo pedradas, forcejeos
y también una lluvia de escupidas. ¡Era tanto el miedo que les producía
a los blancos tener que romper con sus creencias, que se enloquecían!
¿Qué les iba a pasar si los negros pudiesen moverse irrestrictamente
por sus vecindarios? ¿Destruirían sus casas? ¿Les robarían? ¿Los
matarían? ¡Seguramente había sido por algo que los habían apartado!
Mientras tanto resonaban en el aire las palabras de King "Deseo ser
verdadero hermano del hombre blanco, no su hermano político" "No en un
año ni en cincuenta años; Ahora es el momento para hacer reales, las
promesas de la democracia". E increpando al Gobierno decía: "Si tenemos
capacidad de gastar billones de dólares para poner un hombre en la
luna, podemos gastarlo para poner al hombre de pie". Además y siempre
tratando de apaciguar a las multitudes exclamaba a viva voz: "Con la
no-violencia nos encaminaremos hacia mejores días. No será el día de la
supremacía negra. Ni el de más supremacía blanca. La supremacía negra
es tan mala como la supremacía blanca. No será el día del hombre blanco
ni será el día del hombre negro. Será el día del hombre como ser
humano. Será el día para los negros y blancos de buena voluntad. El día
en que se unan las fuerzas del trabajo para salir de la pobreza que
agobia a tantos en esta nación".
Tal vez haya llegado el momento de darnos cuenta que también aquí, como
grupo social, en cambio de enfrentarnos entre nosotros por nuestras
diferencias necesitamos enfrentar a nuestras propias creencias. Y
quizás también debamos aprender a prontamente cuestionar nuestros
prejuicios cuando sea necesario (tal como Kennedy y King recíprocamente
lo hicieron), pues muchas veces, de modo inconciente, impiden nuestro
avance como individuo y como sociedad. Aunque hay ocasiones en que la
obstrucción al cambio es muy conciente porque -como en el caso de
Hoover- se pretende mantener una imagen falsa para tapar las propias
sombras.
Tal vez haya llegado el momento en que desde nuestro fuero interno
necesitemos analizar, desarmar, nuestras creencias. Para que así
despojados, podamos encontrarnos con nosotros mismos y con quienes
somos en realidad. Nosotros, sin tener en cuenta si somos hombres o
mujeres, blancos o negros, jóvenes o viejos, ricos o pobres. Nosotros,
sin pre-conceptos. Nosotros sin prejuicios. Tan solo nosotros con
nuestra propia esencia humana. Para comenzar desde allí el proceso de
reconstruirnos sin miedos, constantemente y para mejor. Nosotros, con
voluntad de encuentro, buscando al otro para unir fuerzas. Nosotros
comenzando desde ese día a reconstruir una sociedad que nos permita
sentir que nuestra vida vale la pena, que nuestra existencia tiene
sentido.
(*) Profesora Universitaria de Inglés - Catedrática de Estudios
Sociales Anglosajones del Instituto Superior del Profesorado de
Rafaela.
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12-07-2008

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