Una lenta daga va a caer
Anoche se presentó "La de Vicente López", un trabajo excepcional que
ofreció una mirada punzante sobre los conflictos familiares, un tema
tan en boga en el teatro argentino actual. Con actuaciones descollantes,
la obra dirigida por Julio Chávez se perfila como lo mejor del
Festival.
Todo lo que se pudre forma una familia, sentenció Fabián Casas, uno de
los padres indiscutibles de la poesía de los '90. Y lo que se dictamina
en ese verso puede perfectamente aplicarse a la trama que despliega "La
de Vicente López" a lo largo de poco más de una hora, mediante una
narración orgánica, fluida, sin ningún tipo de pretensiones impostadas
ni tropiezos dramatúrgicos. Es que, en efecto, la obra dirigida por
Julio Chávez indaga, con perturbadora minuciosidad, la dudosa sustancia
que sostiene los lazos familiares, esa telilla que al primer soplo, al
primer roce, se convierte en humo, se esfuma y acaba develando una
oquedad vacía, vana, completamente arbitraria.
Es noche de año nuevo en el patio despintado de una casa vieja,
descascarada de Buenos Aires. Beatriz, una cincuentona frívola,
ignorante y manipuladora vive junto a sus hijos: Isabel, la obediente
hacendosa, la católica ferviente, día y noche encerrada en el círculo
ficticio de los dogmas y creencias no sólo religiosos, sino también
familiares; y Alejandro, el chico con problemas, el tonto monstruoso,
el retardado mental que a sus veinte años se ha vuelto irrecuperable.
Para celebrar el nacimiento del 2008, llega Alicia, hermana de Beatriz.
Es la tía, la de Vicente López, la que vive a sus anchas gracias a la
herencia que su marido le dejó al morir. En realidad, no es más que un
perfecto espécimen de esa clase media argentina enriquecida de repente,
xenófoba y racista, ultraconservadora, que tristemente entiende la
felicidad como portación de logos de algunas marcas comerciales, o como
gestos de sábado en el shopping. La acompaña Nelson, su falso amante
que sólo quiere darse unos meses de bonanza, un joven uruguayo bruto y
limitado al que maltrata con una dedicación que espanta. Para colmo,
por la casa deambula Aníbal, el pintor, quien ha perdido la dirección
de sus amigos y no tiene dónde festejar lo que haya que festejar.
Al principio todo se juega en nimias conversaciones, en gestos y
acciones típicas de la pesadez propia de una noche veraniega y forzadamente festiva, lo que imprime en el ambiente una apariencia de estancamiento. El rito de pedir los tres deseos, el invariable comentario
sobre la manzana arenosa o la pera dura del clericó, ciertos tics
misteriosos de reconocidos conductores televisivos, constituyen los
tópicos por los que los personajes van dejando un lastre de asfixia que
progresivamente abandona su aspecto tenue para pasar a tornarse espeso,
agresivo, insoportable. Desde abajo comienza a surgir la podredumbre,
la cara rancia de una familia que no puede ni sabe cómo salir del
hartazgo. Así, poco a poco van rodeando el creciente hueco de lo
siniestro: ese amor filial, esos lazos de sangre en verdad ahorcan al
mostrar su costado más verdadero, su vértice real, el espanto ante el
odio del que es capaz cada uno de esos seres. En el final, Isabel
resume el tono con el que todo se termina. Luego de que Alicia dijera
que su sobrino es un tonto monstruoso incapaz de superar el paupérrimo
nivel intelectual en que se encuentra, luego de que Beatriz le contestara que ella a su vez es incapaz de acostarse con alguien sin pagar,
Isabel se desenfoca: los ojos colgados frente al rostro visible del
abismo, su presencia masticando el aire lloroso que se derrama sobre
ese patio repentinamente siniestro, conteniendo un ahogo indecible que
puede advertirse desde la socavada raíz de su cuerpo, simplemente se
sienta a esperar el desenlace, que llega lúgubre con el oleaje de un
adaggio anochecido. Así, ella misma y todos, el entero paisaje de una
familia asentada en la hipocresía, se dejan chupar por el remolino
latente del hueco. El edificio que creyó asentado en la solidez de lo
habitual parece derrumbarse para siempre: esas personas no le pertenecen, sus rasgos cobran de golpe un color pavoroso, espeluznante, se
vuelven desconocidos. Todo es un flotar en lo incierto de la realidad.
Con un nivel actoral insuperable, y al igual que en "Mi propio niño
dios", Julio Chávez apuesta nuevamente a construir linealmente un
relato, a tejer una trama dramática que narra una historia. Y logra,
con creces, generar un territorio poético bien definido, sólido, con
una lógica propia. Así, lo que triunfa es la certeza de que la narración aún puede erigirse en un dispositivo fundante de sentido.
Santiago Alassia
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20-07-2008

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