Enfermedad terminal
Por Roberto F. Bertossi
Nuestro país presenta uno de los índices más altos y penosos de
minusvalías y mortalidad por accidentes de tránsito.
Unas treinta personas -aproximadamente- mueren diariamente y, la
fatalidad de las 6.672 que morían en tales circunstancias en el 2003 se
ha incrementado dolorosa y lamentablemente hasta alcanzar una cifra
luctuosa estimada en 8.500 defunciones por accidentes de tránsito para
fines del 2008.
En efecto, conforme fuentes como "Luchemos por la Vida Asociación
Civil", hasta el 30 de abril de 2005 tuvimos 7.055 decesos accidentales
en el 2003, 7.137 en el 2004 y para esa época -30/04/05- la cifra ya
alcanzaba el número de 2.376 víctimas fatales.
Esta fatalidad no es sólo autóctona. La Unión Europea se ha propuesto
para el año 2010 reducir a la mitad los 41.000 muertos anuales que se
provocan en sus rutas pero, nosotros, ¿qué hacemos, concretamente con
tanto crecimiento y superávit?
Quién y como administran ingentes fondos legales a los combustibles,
específicamente afectados a infraestructura vial, a mayores, mejores y
eficientes recursos; ¿cuál es la eficacia regulatoria de los peajes
viales y la responsabilidad de los concesionarios?
En Argentina, los accidentes de tránsito constituyen la primera causa
de muerte en menores de 35 años y la tercera causa en general,
habiéndose verificado que el 85% de los mismos ocurren por ausencia de
prevención, educación y concientización de la problemática vial,
seguridad y correctivos eficaces, fallas humanas, la falta de uso del
cinturón de seguridad, exceso de velocidad, consumo de alcohol,
cansancio del conductor, corrupción en los controles, cualquiera tiene
carné sin importar aptitudes, edad, etc., como asimismo, el pésimo
estado de nuestras vías de tránsito, temeraria ausencia de
señalizaciones y advertencias, de cruces de vías-ferrocarriles, de
patrullas camineras sumándose a todo eso la voracidad de ciertas
comunas y municipios que sólo lucran con la inseguridad pero, en
general, nada hacen para corregirla o reducirla todo lo posible.
No hay seguro de vida, seguridad ni desarrollo sin una infraestructura
vial adecuada, con logística e íntermodalidad, dinámica, planificada,
sólidamente financiada y óptimamente conservada con todos los equipos,
recursos tecnológicos y satelitales que razonablemente nos permitan
asegurar la seguridad de los conductores y acompañantes que transitan
las carreteras argentinas.
También nos duele pensar que pueda ser más eficaz el interés comercial
en el desarrollo vial que el propio cuidado de la vida de las personas.
Uno de nuestros problemas -no sólo en este tema- es que se suelen
proyectar e inaugurar nuevas carreteras que luego no se mantienen y,
cuando a una ruta no se le da una conservación permanente y adecuada,
se destruye `construyendo` simultáneamente la causa de tantas
fatalidades y sus consecuencias.
Los caminos, las vías, autovías, rutas, autopistas y proyectos viales
prospectivos son sin duda elementos esenciales e insustituibles de la
infraestructura para el adelanto, progreso y bienestar de nuestros
pueblos configurando con las comunicaciones, los `iconos` visibles más
relevantes y trascendentes de los procesos de regionalización en
particular y globalización en general.
Ciertamente, es inimaginable el desplazamiento seguro y oportuno de
personas y bienes sin estos recursos viales.
Por todo eso resulta angular en nuestra problemática vial, la mejor
estructuración, el mejor flujo de recursos y las asignaciones
presupuestarias suficientes teniendo en claro que está en juego el
derecho a la vida humana, razón y supremacía de todos los otros
derechos, deberes y garantías.
Así es como deberemos impulsar entonces, la construcción, mejoras,
conservación, expansión y la explotación vial mediante concesiones por
sistemas de peajes haciendo cumplir la legislación vigente y el
ejercicio eficiente del poder de policía.
A esta altura y ante este estado de cosas, no se debe soslayar que
nuestro socio mayor del Mercosur, el Brasil, durante la última década
evidenció en su sistema vial, una notable mejora de su red de
carreteras y esto, no se dude, repercute no sólo en seguridad para la
vida de los brasileros sino también en términos de productividad y
competitividad, aun cuando dicho país está mostrando en la actualidad
marcadas tendencias de mayor crecimiento.
Resumiendo, en todos los casos, se deberían adoptar las medidas
necesarias -sin descartar una declaración total o parcial de emergencia
vial- para que, cualquiera fuera el camino, su diseño y configuración o
dimensión, siempre queden a buen resguardo la vida, la calidad vial y
la seguridad personal de los usuarios y sus acompañantes.
Esta `enfermedad terminal` de accidentados y muertos en accidentes de
tránsito con sus recidivas, tiende a una pandemia imparable en tanto y
en cuanto no se revierta la ecuación del aumento caótico en nuestro
parque automotor y la exigua disponibilidad de una infraestructura
vial/ferroviaria que hace tiempo ya, no nos sirve en condiciones de
calidad, eficiencia y seguridad.
Finalmente la gran incógnita pasa por saber si se va a insistir en las
experiencias privatizadoras y reguladoras actuales, si actuará aquí
también el actual Estado empresario, si se atraerán fuertes participaciones privadas, si habrá opciones mixtas todo lo cual se centrífuga en
una definición ideológica.
De ninguna manera, sin perjuicio de una profunda educación y reculturización vial y, sea cual fuera el paradigma, se podrá tolerar el actual
estado de cosas -valiosa y periódicamente reflejado por la prensa- y
mucho menos ignorar, despreciar ni exponer una sola vida humana en
adelante por tantas rutas trágicas las que, si bien no son las únicas
causas de la creciente y más cruenta accidentología vial,
evidentemente no aseguran ni básicamente una confiabilidad elemental,
esencial e impostergable.
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17-09-2008

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