Los Maras
Por Silvia Peralta (*)
Los estados de California, New York, Maryland y el distrito de Columbia
han sido los destinos que más han atraído a los salvadoreños, tan
afectos a emigrar. De esto da cuenta el hecho que uno de cada cuatro
está radicado fuera de las fronteras de su país y que de ellos un 94%
se halla en los Estados Unidos. Con la gente de El Salvador se instaló
el término "mara". Hoy al mismo se lo utiliza para identificar a la
célula delictiva dedicada a actividades criminales como el robo, la
venta de droga y armas, el asesinato por encargo, el secuestro
extorsivo, etc.
La historia del vocablo "mara" es llamativa, hasta interesante. Se
originó en el año 1970 cuando la televisión nacional salvadoreña
proyectó una película norteamericana estelarizada por Chartlon Heston y
que fuera conocida en español como "Cuando ruge la marabunta" o
simplemente "Marabunta". Su argumento giraba alrededor de un rico
terrateniente que expande sus tierras en Sudamérica y debe enfrentarse
a una terrible plaga de hormigas carnívoras de Brasil conocidas como
"hormigas ejército".
Quién sabe por qué este film se transformó en un "boom" en El Salvador.
Tanto que "marabunta" sustituyó a la jerga anterior "majada" queriendo
significar lo que nosotros llamamos "barra o barrita de chicos". Luego
el vocablo se acortó a "mara". Hasta ese entonces carecía de máximas
connotaciones negativas. Pero algo iba a acontecer.
Desde 1980 -debido a una salvaje guerra civil- miles de salvadoreños
decidieron emigrar a Norteamérica (especialmente a Los Angeles). Aunque
había algunos militantes del FMNL (Frente Farabundo Martí para la
Liberación Nacional) la gran mayoría eran jóvenes cuyas familias habían
sido víctimas de las encarnizadas confrontaciones internas (guerras de
guerrillas) las cuales se prolongarían hasta 1992. Aquella sociedad
centroamericana -sin movilidad ascendente- se había vuelto contra si
misma, convirtiéndose en una trampa malsana. Por eso -con expectativas
de progreso- los chicos se fugaban a Estados Unidos. Y lo hacían no
obstante la política exterior americana aparentemente simpatizaba con
el bando contrario al de sus padres y había apoyado a los contras
nicaragüenses. ¿Pero qué sabían ellos de política? Sólo sentían que no
tenían dónde más escapar.
Pero volvamos a la historia de la palabra "mara". La cuestión fue que
en Estados Unidos se la tomó para identificar genéricamente a los
grupos de inmigrantes de El Salvador. Y fue precisamente en Los Angeles
en que, a mediados de los 80, se fundaba la famosa y temida pandilla
conocida como "Mara Salvatrucha". Su etimología provenía de "salva" por
salvadoreños y "trucha" que en su jerga significa "avivado" (aunque
también los "salvatruchos" eran los pequeños escuadrones guerrilleros
que -por tener componentes avispados o "truchos"- lograban asestar
golpes mortales al enemigo y salirse con la suya). En su mayoría los
primeros líderes de las distintas células de la "Mara Salvatrucha"
habían sido guerrilleros del FMNL.
Aceleradamente los grupos de amigos o "maras" se volvieron violentos y
asociados con la delincuencia. Tanto actuaban en delitos barriales
independientes -asaltos, violaciones, etc- como para el crimen
organizado ya sea en la distribución de droga, secuestros, contrabando
fronterizo o asesinatos. Además, con implicancias políticas -y para
disputar a fuerzas opositoras territorios o mercado- solían
encargárseles movilizaciones tipo operaciones comando. Un ejemplo al
respecto fue en 1991, cuando (muy posiblemente financiado por la
ultraderecha) ocurrió el levantamiento de South Central de Los Angeles
en reacción al abuso policial contra el afro-americano Rodney King. Así
las maras generaron una excusa para embestir contra manifestantes de
color.
Una de las células que por su transnacionalidad se hicieron más
peligrosamente conocidas fueron las identificadas con los números 13 y
18 ("MS-13" y "MS-18"). Sólo en Washington metropolitano tienen más de
cinco mil miembros. Y cuentan con otros cuantos miles en Centroamérica.
Por supuesto que actualmente el "M.S" no está constituido sólo por
salvadoreños. Al respecto los primeros en ser incluidos fueron otros
hispano/latinos (hondureños, guatemaltecos, mexicanos). Es lógico.
Acerca mucho -para la formación y mantenimiento de subculturas- el
compartir lengua materna y experiencias. Hoy además de hispanos (que
conforman casi la mitad de las maras) hay un 34% de afro-americanos,
10% de blancos no latinos y 6% de asiáticos.
En el presente el pandillaje en Norteamérica ha alcanzado cifras
espeluznantes que oscilan entre ochocientos mil y un millón de jóvenes
distribuidos en treinta mil pandillas. De ahí que el Departamento de
Justicia ha asumido que esta es la más seria amenaza a su seguridad
interna después del terrorismo. ¿Y cómo actúan cuando logran
arrestarlos? Si tienen documentos y son mayores de edad enfrentan
procesos judiciales. Pero como hay muchos menores e indocumentados,
simplemente los deportan a sus países de origen. Allí vuelven a
reincorporarse a su "mercado" original. O lo que es peor. Organizan
otras células en alguno de los tantos países latinoamericanos que
ostentan el caldo de cultivo por excelencia: la desocupación y la
pobreza producto del creciente estatismo. ¿Y nosotros? ¿podemos
imaginar qué podría pasar si llegasen algunos líderes de la Mara
Salvatrucha a seducir a las abundantes barras bravas locales?
Pero no imaginemos. Simplemente veamos lo que se hace en El Salvador
con sus maras. Cada año y desde el 2003 se prueba un nuevo "Plan Mano
Dura". Como las penas ascienden, desde el 2004 se los llama planes
"Súper Mano Dura". ¿El resultado? Todos sin éxito. Pues por el lado de
las golpizas hasta la muerte, las cárceles o las penalizaciones
extremas no va la solución. No es casualidad que hasta ahora la
organización más exitosa haya sido la arquidiócesis salvadoreña al
ofrecer cursos de formación en oficios para alejar a los muchachos de
las maras y sacarlos de la marginalidad. Por supuesto que a los
primeros que tratan de captar es a los líderes de las células, para que
sirvan de ejemplaridad. Hasta ahora no lo han logrado. Pero en realidad
el problema de esa sociedad no son los líderes de las maras. Es la
falta de ejemplaridad en la gran mayoría de sus seudo-líderes
institucionales.
De todos modos no es para nada fácil encontrar verdaderos líderes, que
son los capaces de inspirar haciendo emerger lo mejor, lo más honorable
y digno en los componentes de su grupo social. América tuvo que
soportar ocho años de autocracia hasta encontrarse con un líder
democrático como apuntaba ser Obama. Al respecto -y ya desde las
internas- su lema lo perfilaba inspirador. Su "we can" (podemos) era
puro fuego presente. Y resultó ser muchísimo más poderoso que el "we
will" (haremos) de Clinton el cuál postergaba el accionar para más
adelante.
Así y todo en ningún lado se revierten procesos ni se asciende de un
plumazo. Le costará a USA. Y si pensásemos en nuestro país (donde hay
patológicas estructuras de poder que -alimentándose de comandos barras
bravas- disputan los territorios de la gente de bien paralizando así
cualquier indicio de movilidad ascendente) más lento y costoso será.
Quizás necesitemos armarnos de la paciencia máxima y pensar que todo es
un proceso. Y tomar a la honestidad como la virtud básica que conduzca
hacia etapas que sean crecientemente funcionales, depuradamente
democráticas y con liderazgos cada vez más inspiradores. Quizás (y para
no caer por apresuramientos o inconciencia en las redes que sabemos
corruptas) cada uno -tal como lo hicieron los electores de Obama-
necesite repetirse con convicción y vehemencia simplemente ¡podemos!
(*) Profesora Universitaria de Inglés. Catedrática de Estudios Sociales
Anglosajones del Instituto Superior del Profesorado de Rafaela.
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15-11-2008

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