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Miércoles 31 de Diciembre de 2008


La Palabra

En busca de... Carlos Pierre, escritor

Su lugar en Rafaela

Nació en esta ciudad y partió a los dos años con su familia, para reencontrarse con su barrio y su paisaje muchas décadas después. En tanto, sin olvidar su origen dedicó tiempo al estudio, al trabajo y a la entrega intensa con la poesía que lo atrapó para siempre, rodeado por sus afectos. De sus vivencias y del orgulloso recuerdo por su origen nos habla en esta charla con LA PALABRA.

LP - Rafaela, el lugar más pensado.
C.P. - Primero, la pensé siempre porque nací ahí. Recuerdo mis vacaciones teniendo 7 años en casa de la familia Carelli. Pensé siempre en volver y pude hacerlo pasado, en octubre del 2007, con mi hija Laura Andrea, mi yerno Mariano y mis dos nietos Natalia y Leonardo. Mi esposa no pudo viajar por razones laborales. Mis padres me hablaron de mi ciudad natal, de mi casa que se conserva todavía, España 457, y eso mantuvo vivo el recuerdo de una ciudad que recién pude conocer bien hace poco. Además, durante toda mi vida mantuve correspondencia con Nereida Carelli y con un recordado amigo músico, Juan María Carignano, que partió muy joven.

LP - La actividad familiar cuando usted nació.
C.P. - Mi papá, Miguel Armando Pierre, era inspector de la Dirección General Impositiva y fue trasladado de Rosario a Rafaela. Creo que mi familia vivió unos cuatro años allí, incluyendo los dos primeros de mi vida. Mi mamá, María Italia Montanaro, fue un ama de casa dedicada a su marido y a los dos hijos varones. Mi hermano se llama Hugo Pierre y es un muy reconocido saxofonista de jazz.

LP - Los años en Rafaela, ese recuerdo y el primer traslado con el entorno.
C.P. - Recuerdo algunas cosas: la calle España que era de tierra y pasaba, todas las tardes, un camión hidrante para evitar que se levantara el polvo. También recuerdo, cuando viajé a los 7 años, la hospitalidad de la familia Carelli que nos brindó la casa, y me quedaron grabadas las compotas de peras gigantes que hacían. Y nunca olvidaré la cantidad de mariposas blancas y las noches con cielos limpios y muchas estrellas. Entre otros recuerdos, está el de la vieja estación de trenes.

LP - Rosario y la posibilidad del desarrollo personal a través de la formación.
C.P. - En Rosario hice la escuela primaria en el Colegio Florentino Ameghino y cursé el secundario, hasta tercer año, en el famoso Colegio Nacional NÝ 1, ubicado a orillas de las barrancas del Paraná, y fundado por Domingo Faustino Sarmiento. Estudié mucho, fui un muy buen alumno de la escuela primaria. Y en la escuela secundaria también, figurando siempre en el cuadro de honor. La formación familiar la recuerdo no sólo a través de lo que estudié en la escuela sino de la música clásica que escuchaba mi padre como la Introducción y Rondó Caprichoso de Saint-Säens, la Primera Sinfonía de Beethoven, música de jazz de los años 40 y 50, y comencé a escuchar Las Cuatro Estaciones de Antonio Vivaldi que, entonces, no eran famosas. Es decir, el entorno familiar me ayudó a iniciarme en el conocimiento de la música clásica, de algunos escritores que hoy no recuerdo, y moverme en un ambiente propicio para un futuro desarrollo literario. En Rosario también descubrí el tango: vivíamos en la calle 25 de Diciembre, ahora Juan Manuel de Rosas, número 2122, y a la vuelta estaba el club Sportman donde tocaban las reconocidas orquestas porteñas de tango.

LP - La elección y la llegada a Buenos Aires. Lo bueno y lo otro.
C.P. - Papá falleció a los 39 años, frente a mí, teniendo sólo 11 años. Mi hermano Hugo, de 17 años, tuvo que salir a trabajar como músico. Venía estudiando saxofón en el Colegio de la Infancia junto al "Gato" Barbieri. Venir a Buenos Aires no fue mi elección sino una decisión tomada por mi hermano y mi madre porque la muerte de papá nos dejó en una inesperada y precaria condición económica. En Buenos Aires, mi hermano pudo ayudarnos y me permitió terminar mis estudios secundarios en el Colegio José Manuel Estrada. En aquellos años, 1957, no tenía muy buena reputación pero allí encontré amigos brillantes con quienes mantengo una excelente relación intelectual hasta el día de hoy.

LP - Una profesión que duró toda la vida. Cuéntenos sobre ese tema.
C.P. - Cuando terminé el secundario, me quedé como sostén económico de mi madre y mi hermano me consiguió trabajo en el Canal 13. Esto fue en 1960. Sé que lo ayudó en esta tarea el maestro Oscar Sabino, que fue el pianista de toda la vida de Francisco Canaro. Estar en Canal 13 hasta este año, en que me jubilé, me permitió conocer a importantísimos músicos, cantantes, actrices, escritores nacionales e internacionales. En un principio, estuve a cargo de la administración de la orquesta estable, una gran responsabilidad para un chico de 19 años, y así tuve contacto directo con estrellas como Gina Lollobrigida, Germaine Damar, Catherine Spack, Geraldine Chaplin, Gigliola Cinquetti, Charles Aznavour, Tony Bennett, Raphael, Joan Manuel Serrat, Alberto Cortez, Pepe Marrone, Pepe Biondi, Jorge Porcel, Alberto Olmedo, y tantos otros. Luego fui productor de "Mónica presenta" y ya ingresé a la tarea de productor periodístico durante varios años. De esa manera, pude conocer a Julián Marías, Ernesto Sábato, Esteban Peicovich, Nelson Riddle, Billy May, Don Costa, Johnny Mandel, los Hermanos Castro, y tantos pero tantos otros. Terminé mi carrera como productor teniendo a mi cargo varias horas de la programación de aire del canal.

LP - Su aporte concreto en el canal durante tantos años.
C.P. - Mi aporte fue el tiempo dedicado con devoción. Se grababa, en la década del 60, de día, de tarde, de noche y de medianoche. Y yo debía organizar las orquestas junto con los directores. Organicé el Archivo Musical del canal, no sé si está todavía, creo que no, y fui productor ejecutivo de dos eventos que jamás olvidaré, en forma especial: la transmisión en directo por primera vez desde el advenimiento de la Democracia del regreso de Joan Manuel Serrat en 1983, desde el Estadio de Vélez Sársfield, y dos años después, la transmisión en directo desde el Teatro Colón del homenaje al maestro Osvaldo Pugliese. Gracias a la confianza con el director del programa de Serrat impusimos, casi como un juego, la toma de la luna en el cielo, que ahora tanto se ve cuando se graban recitales en vivo. En los últimos años, creo haber sido una persona de suma confianza para el gerente artístico de Canal 13 dado que se me confió varias horas de "aire" con telenovelas de origen extranjero, costosas y de mucho rating, en especial, "El Clon".

LP - Su dedicación a la actividad literaria. ¿Cómo, cuándo, por qué?
C.P. - Cuando falleció mi papá, me refugié en la escritura y en el cine, dos grandes pasiones mías hasta hoy. Empecé a leer poesía española tradicional y fueron decisivos los dos últimos años del secundario que cursé en la ciudad de Buenos Aires. Junto a mis amigos comencé a leer a Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Miguel Hernández, Goethe, Blas Pascal, Shakespeare, Julián Marías, Miguel de Unamuno, y escribir fue algo natural. Nunca dejé de hacerlo. Un gran sostén espiritual e intelectual fue y sigue siendo la música del barroco. Me inspiró siempre, ofreciéndome material increíble para la poesía.

LP - ¿Con quiénes compartió clases, cursos, charlas para afirmar el conocimiento y mejorar la formación?
C.P. - Cursé casi tres años de la carrera de Literatura en la UBA pero tuve que dejar por la demanda de horas del canal, luego la reinicié en el CONSUDEC, y finalmente decidí hacer cursos como La filosofía de Pascal, El Soneto, La poesía española, cursos sobre Max Scheller, entre otros tantos cursos, con profesores de la talla de Emilio Komar, Angel Battistessa, Eugenio Pucciarelli, entre otros. Hice talleres de escritura en la SADE con el crítico de cine César Magrini, por ejemplo. En los últimos cuatro años terminé el curso de crítico cinematográfico que se dicta en la Asociación de Cronistas de Cine de la Argentina.
Frecuenté personalmente a poetas como Gustavo García Saraví, Javier Adúriz, Gregorio Santos Hernando, Horacio Ferrer, entre otros; obtuve una beca por mi ensayo sobre Blas Pascal otorgada por el Instituto de Cultura Hispánica, que no pude cumplir por mi trabajo y también varias menciones especiales, incluso este año la de Raíz Alternativa, como escritor. En Canal 13 fui elegido por la directora de televisión María Inés Andrés para formar parte del ciclo "Los creadores", con un poema titulado "Las cosas cotidianas", que fue grabado en el canal por mis colegas de entonces.

LP - ¿Qué lo inspira a la hora de escribir?
C.P. - Me inspiran un gesto, una palabra, la vida misma, cada uno de sus "actores", el decurso de las estaciones, la música, los estados de ánimo, la generosidad, el amor y un humanismo a ultranza que me hace supersensible ante los seres humanos, los chicos y los animales y plantas.

LP - ¿Cómo y cuándo escribe?
C.P. - Escribo siempre, con rigor. Es una tarea solitaria, de muchas horas diarias, y esto es desde siempre. Es un trabajo cotidiano que realizo en algún lugar cómodo de la casa acompañado por la música clásica. Esto es indefectible. Cuando trabajaba en el canal, acumulaba ideas, anotaba palabras en cualquier papel, y durante los fines de semana me hacía tiempo para desarrollar el poema o los poemas. Así escribí a mano durante 25 años exactamente 25 libros. Recién este año pude publicarlos, agrupándolos en 5 libros, haciendo ediciones pequeñas. Son ediciones mías dado que las editoriales no son afectas a publicar libros de poesía.

LP - Un mensaje para los lectores, especialmente para los rafaelinos.
C.P. - Primero, tengo la necesidad de pedir que, aunque haya vivido más de 50 años fuera de Rafaela, me consideren un rafaelino de pura cepa, que jamás olvidó su tierra natal. Me he sentido orgulloso siempre de ser rafaelino, diciéndolo a los cuatro vientos. Y en segundo término le diría a todos que nunca dejen de leer a los poetas de habla castellana, que frecuenten las bibliotecas de la ciudad, que se acerquen a las agrupaciones literarias de Rafaela, que hagan de la lectura y de la buena música un hábito de vida. Cultivar el espíritu, aunque no se escriba o se sea compositor, nos ayuda a mejorar la calidad de vida, nos abre horizontes espirituales insospechados, nos eleva en todo sentido como personas. Fundamentalmente, nos hace más buenos y, tal vez, más justos.

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