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Martes 27 de Enero de 2009


La Palabra

El invitado

Una linda fiesta

por Claudio Araya Villalonga - escritor (Illapel - Chile)

Camino hacia la cordillera, se sigue la ruta marcada por un río que baja desde las alturas y lleva el mismo nombre de la ciudad: Illapel. A unos treinta kilómetros desde allí y siguiendo el rumbo hacia el interior, está "El Bato". Es el lugar más hermoso de toda la zona y donde, gracias a la acción y el paso de los años, se formó -casi naturalmente- el más importante conjunto de árboles y arbustos nativos de toda la región. En este verdadero parque se conjugaron espinos, quillayes, arrayanes, peumos, molles, alcornoques, encinas, canelos, álamos, acacias, eucaliptos, sauces, maitenes, maquis, pimientos, nogales, chañares, chacayes, litres, algarrobos, colliguayes y tamarindos; todo esto rodeado por cercanos faldeos cubiertos de fabulosos quiscos normatas y copaos, en un área salpicada de quebrachos, maravillas, romeros, chilcas, palquis, tupas, mollacas y barracos. Y es allí -justo allí- donde se ha delimitado el sitio preciso en el que, luego de sesudos estudios y tras más de setenta años de postergación para los trabajadores de la tierra, quedará instalado -mediante la divina intervención de Dios, la maligna del Diablo, o la omnipotente mano del gobierno de turno- un tranque, obra largamente anhelada por las autoridades locales y que viene a llenar de felicidad a algunos astutos empresarios de esta comuna... y foráneos.
En los primeros años del tercer milenio, confirmada la noticia de la construcción (incluida la colocación de la bendita "Primera Piedra"), se llevó a cabo en su preciosa y tradicional medialuna -la que se había construido tiempo antes aprovechando precisamente la extraordinaria belleza del sector- el último rodeo, previendo que toda la zona sería afectada por las aguas que acumularía el tranque y que cubrirían, naturalmente, toda la vegetación existente.
Aquí y entonces es donde transcurre la pequeña historia de uno de los habitantes del sector.


* ¡Arriba, mi manco arriba!
que ya ha empezado el rodeo...
Entre brumas recuerda que la noche anterior y ya cerca del alba, luego de haber bailado la enésima cueca y bordeando las ocho botellas de vino por cráneo, junto a su compadre Lucho abandonó la ramada en estado prácticamente inconsciente. Apenas después de haber avanzado unos cuantos metros camino de la choza a la que pretendía llegar y donde -juraba a quien le quisiese escuchar- le esperaban su buena mujer y tres hermosos hijos, se sintió incapaz de seguir luchando para sostenerse de pie. Cayó de súbito, como herido por un rayo y se abandonó al urgente y reparador sueño que le envolvió dulcemente hasta avanzada hora pues, serían como las once de la mañana cuando escuchó los primeros gloriosos acordes de aquella tonada, dando inicio al segundo día de la popular fiesta campesina.
Su fiel cabalgadura, un anciano jamelgo cojo y tuerto que está a un paso de convertirse en charqui, ha permanecido estoicamente a su lado mordisqueando algunos brotes de tierno pasto y -para su suerte- con agua del cristalino arroyo que corre abundante, apenas a dos metros del durmiente. Sobresaltado Nemesio por el volumen de la música, comienza a desperezarse saludando cariñosamente en primer lugar al leal animal. Sin embargo, el caballo reacciona con asustadizo temblor al oír la voz del amo, preparándose desde ya para recibir el ingrato peso: ¡más de ciento veinte kilos de grasa pura!... religiosamente cultivada a costa de chunchules, mollejas, potitos, riñón, corazón, ubres, pana, guatitas, hocico y orejas de animales. "Interiores" que, regados con el más ordinario de los tintos producidos en el país, se consumen para éstas y otras ocasiones similares.

... y la fiesta en la ramada
ya está en su alegre apogeo...

A medida que va recobrando la conciencia, Nemesio, uno más de los comuneros de la hacienda, siente que la sed le atenaza la garganta en tanto el cuerpo, duele como si hubiese recibido una paliza y para peor, con la cabeza a punto de estallar. Le parece de pronto que hasta será incapaz de alcanzar la ramada donde, apenas logre entrar, se brindará un potrillo de chicha baya y curadora. Pensando en ello y considerando el estado en que se encuentra ahora, se lo imagina fresco y reconfortante como un manantial. Tan sólo de pensarlo se le llena la boca de saliva. De un manotazo limpia sus labios mientras lucha por subir al caballo que, caracoleando se niega a recibirle en el lomo. Cuando logra por fin montar, se encamina con paso resuelto a la ramada.

¡Apura, mi manco apura!
que ya empezó la corrida...

Apresura el tranco del animal hundiendo sus espuelas en los ijares hasta que éste, dolorido por el brutal castigo corcovea y está a punto de enviarlo al suelo. Nemesio, enardecido por la reacción del animal y amargado, porque recuerda repentinamente que la noche anterior se ha quedado sin un solo peso, dirige no obstante la cabalgadura en dirección a la ramada. Encogiéndose de hombros y confiando en su suerte, espera encontrar a alguno de aquellos amigos que agasajara la noche anterior y que ahora tal vez podrían ponerse con un trago que le quite de una buena vez, la incómoda molestia que arrecia cada vez con mayor intensidad.

... y en todos los corazones
palpita fuerte la vida.

Con las sienes latiendo a cien por minuto, Nemesio se acerca a la precaria construcción donde funciona el servicio de bebestibles: la ramada. Aunque cada movimiento, por simple y suave que quisiese hacerlo repercute amplificado por mil dentro de su cabeza, desmonta rápido y, junto con amarrar al pingo en la vara de la entrada, se dirige con vacilantes pasos al mesón. Para su fortuna encuentra de inmediato a un par de amigos que, entre cariñosos saludos y manifestaciones de aprecio, le brindan la primera cerveza con la cual comienza lentamente el proceso de recuperación que tanto necesita. Luego de una media docena (por cráneo), cantidad que apenas sirve para calentar el ánimo, deciden acercarse a la medialuna.
Las corridas del día están en su más "alegre apogeo".

¡Alla vá lla váh, allá va lla váh, allá vá lla váaa...
no le aflojís, capataz!

Corre el que antes fuera dueño del fundo. Y hay que verlo con esos lindos aperos adquiridos en la mejor tienda especializada del ramo: la manta tricolor confeccionada con carísimos materiales, el sombrero a la medida trabajado por el artesano más cotizado del país, los pantalones, camisa y chaqueta haciendo juego, el calzado huaso aperado con óptimas espuelas de plata, las mejores del mercado. Y claro, vale la pena ver al patrón, considerando que ahora sólo aparece por esos lados muy de vez en cuando, con suerte para algún rodeo. Le acompaña haciendo la collera su antiguo capataz, heredero natural e inmediato de las tenidas huasas que el hombre va dejando de lado al cambiar por otras nuevas y que luce pomposamente, como un gallo que muestra sus brillantes plumas delante de las gallinas.
Nemesio no puede menos que sentir un legítimo orgullo pues, al igual que el resto de los peones del fundo, ha sido expresamente invitado -a través del capataz- por el propio patrón y esta es la oportunidad precisa de mostrar su gratitud por este gesto.

Toro diablo, malo
¡Güena, patrón!...

La estricta verdad es que en este rodeo -como en muchos otros- no hay toros... ni diablos ni malos. Sólo algunas vaquillas famélicas, las más pequeñas y flacas que se encuentran por el sector y que, al primer y salvaje apretón contra las quinchas ("atajada", según el experto relator que va detallando una a una las incidencias) se echan en tierra y deben ser forzadas mediante diversos artilugios para que continúen huyendo de los gallardos huasos, los que maniobrando sus briosas cabalgaduras compiten por conseguir las mejores puntuaciones. Desde luego, bajo ningún punto de vista vale la pena arriesgar la valiosísima bestia estrenada para la ocasión. No es para menos pues, ¡costó más cara que un caballo de jeque!... y, por motivo alguno recomendable exponerla a una fractura, una inoportuna coz o la desagradable topeadura de un vacuno que pudiese malograr tamaña inversión.
Y así es que van transcurriendo las acciones en el campesino evento. Ante la menor demostración de pericia de parte de los jinetes, el grito en las aposentadurías brota espontáneo: ¡Güena, patrón!...
Mientras las corridas se suceden una tras otra, la cerveza y el mosto se van consumiendo con una velocidad tal que, en el corto lapso de unas pocas horas viene una segunda y hasta una tercera borrachera antes que Nemesio decida por fin, volver a casa donde -lo jura ante quien quiera escucharlo- le esperan su buena mujer y tres hermosos hijos. Mas, el tiempo no ha pasado en vano y ya nada es como antes; ahí está ahora la Secretaría de la Mujer, está Prodemu, está la Oficina de Protección al Menor y muchísimas más. De modo que a nadie extraña -salvo a Nemesio- que al llegar a la choza sólo encuentre al perro, al gato y una escueta nota: "Nemesio, te dejo por borracho y desgraciado. Tienes una demanda en el Juzgado de Garantía por pensión alimenticia y maltrato de palabra y obra. Desde ahora, entiéndete con mi abogado. Zulema".

* Tonada "Fiesta Linda", del destacado compositor de música folklórica chilena, Luis Bahamondes.

Cuento ganador del Primer premio compartido en la categoría autor, en el concurso "Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente", organizado por la revista Archivos del Sur.



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