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Sábado 13 de Junio de 2009


Locales

EL NEOLIBERALISMO EN EL TIEMPO
El modelo Thatcher

Por Silvia Peralta (*).

Al advenimiento del neoliberalismo se lo puede tomar como el resultado de una batalla de ideas. Hasta el fin del siglo pasado, las opciones eran dos. Opuestas y excluyentes. En la primera (asociada al keynesianismo) las fuerzas productivas de un país debían ser controladas por los gobiernos con miras al bien común. Para la segunda (denominada neoliberal pues está asociada a la doctrina liberal que dio origen al capitalismo) los gobiernos no debían intervenir porque la economía es un sistema esencialmente libre, que se autorregula. Pues para el capitalismo, son los hombres los que actuando libres -de acuerdo a sus necesidades, ya sea como compradores o vendedores que pugnan en un lugar genérico llamado "mercado"- los que determinan el rumbo de la economía. Entonces, el rumbo resultante de la acción de fuerzas contrapuestas no sólo los beneficiará a cada uno en particular, sino a la sociedad en su conjunto. Pero si el Estado interviene coartando la libertad, el sistema no produce y se descompone de tal modo que la economía no sólo deja de funcionar correctamente, se detiene, lo cual no resulta beneficioso para ningún grupo social.
No obstante lo antedicho, la primera opción funcionó bastante bien por casi treinta años (desde la posguerra hasta principios de los ï70).
Luego se dieron síntomas de la decadencia del sistema. Y fue entonces que en el escenario británico apareció Margareth Thatcher. Ella -quien literalmente corporizó la batalla entre los paradigmas de intervención y no intervención del Estado en la economía de un país- presionó para que el mercado neoliberal ganase. De ahí en más pasó a ser el modelo de dirigente a seguir.
El pasaje de un sistema al otro lo marcó una palabra que podría decirse que Thatcher inventó. Dicha palabra fue "privatización". Ella -de un plumazo- le quitó al Estado británico su control sobre dos tercios de sus empresas clave. Lo hizo poniendo a la venta fuerzas productivas fundamentales como la electricidad, los teléfonos, el combustible, el gas, el acero, el agua. Posteriormente su accionar sería imitado en Latino América, Asia, incluso parte del Africa y del Medio Oriente.
Tratando de no demonizar el proceso, sí hay que admitir que el paradigma anterior estaba "haciendo agua" en la década del setenta. La inflación desmedida, el desempleo creciente y el estancamiento económico hacían evidente la disfuncionalidad del keynesianismo. Esos 1970 constituyeron una época especialmente borrascosa en Gran Bretaña. El decrecimiento del poder adquisitivo de los salarios era tan imparable, que dejaba en el aire la sensación de que ningún gobierno sería capaz de resolver los graves problemas económicos. Muchos temían que esa suerte de decadencia desembocase en una revolución social o en el advenimiento del comunismo.
Se hizo tan preocupante la situación para 1977, que se reunieron los periodistas más influyentes junto a varios medios académicos ingleses y norteamericanos para redactar una serie de artículos bajo el título "Future does not work" (El futuro no funciona). Margareth Thatcher -quien en ese momento lideraba la oposición- figuraba entre los que expresaban mayor preocupación por el destino británico. En su opinión el Laborismo gobernaba direccionando al país hacia el comunismo.
Por eso el Gobierno Laborista, para redimensionar su imagen frenando la inflación y revitalizando la declinante economía, intentó crear fuentes de trabajo y, aumentado el gasto público, trató de robustecer a las empresas más debilitadas. Pero para un creciente número de ciudadanos (un 89% de acuerdo a encuestas) el problema más serio era el creciente poder sindical. Por eso -es decir, para evitar huelgas- el Gobierno Laborista hizo acuerdos con los sindicatos. Ambas partes acordaron mantener una política de ajuste salarial. Dicho pacto transmitía la imagen que la gobernabilidad británica era exclusividad de un solo partido, el cual emergía como la única fuerza política capaz de controlar a los grandes gremios.
Craso error. En la democracia no hay "dueños del poder". Una inesperada ola de paros en el sector público pareció detener a Gran Bretaña. Había cortes de electricidad que parecían eternos. Aparte no funcionaban ni escuelas ni hospitales ni cementerios y la basura se apilaba en las calles. Reinaba frustración e indignación por los graves problemas que el gremialismo estaba causando a la sociedad en general. Margareth Thatcher calificó a las huelgas como "un retorno a la barbarie".
Como líder de la oposición predijo la caída del Gobierno Laborista.
Sólo esperaba, observando imperturbable. Y solía decir "In politics, thereïs no room for feelings". (En la política no hay lugar para los sentimientos). Tan pragmática y poco dócil como un tratado de economía, consideraba que la clave del cambio estaba resumida en la obra "Camino a la Servidumbre" del Premio Nobel Friederick Hayek. Estaba decidida a aplicarlo a raja tabla, sin consensos, por eso repetía "Iïm a politician of convictions not of consensus". (No soy una política de consensos sino de convicciones). Es más. Estaba convencida que el consenso de posguerra -que optó por el keynesianismo y funcionó bien por tres décadas- había resultado perjudicial para Gran Bretaña.
Para hacer la historia corta, tanto temía la gente al poder sindical, tan convencidos estaban que se estaban encaminando hacia el comunismo, que en la siguiente elección apostó a la prepotencia de Thatcher. De allí en más y por diez años, ella ocupó el centro de la escena política como ningún otro ministro desde la época de Winston Churchill. De todos modos, le costó mucho a Bretaña seguir sus fórmulas a raja tabla.
Hubo miles de quiebras y mayor desempleo. Sin dudas dividió a su país entre la vanguardia capitalista y los convencionales keynesianos. Hubo huelgas con gravísimos enfrentamientos. Su respuesta era siempre la misma: más facultades para la policía.
En fin, muchas veces, la historia se escribe inconcientemente. Prueba de ello fue la oportuna ayuda que Argentina le brindó en su peor momento. Pues si no hubiese sido porque el Gobierno de facto invadió las Malvinas el 2 de abril de 1982, Thatcher no habría logrado nunca la popularidad ni el respaldo político para gobernar una década o para dar el primer paso hacia el neoliberalismo, posteriormente imitado en el mundo.
Quizás alguna vez aprendamos que nuestros actos y decisiones pueden tener consecuencias históricas inconmensurables y que trascienden fronteras, porque la historia es mucho más que un capítulo en un libro.
La historia está viva. Es hoy. Y nos alberga de la forma más sencilla, como si fuera nuestro hogar. Vivámosla. Con conciencia. Con serenidad.
Con plenitud. No permitamos que se escape. O nos quiten ningún momento.
Porque estemos donde estemos, somos y seremos sus protagonistas.

(*) Profesora universitaria de Inglés. Catedrática de Estudios Sociales Anglosajones del Instituto Superior del Profesorado de Rafaela.

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