EL NEOLIBERALISMO EN EL TIEMPO
El modelo Thatcher
Por Silvia Peralta (*).
Al advenimiento del neoliberalismo se lo puede tomar como el resultado
de una batalla de ideas. Hasta el fin del siglo pasado, las opciones
eran dos. Opuestas y excluyentes. En la primera (asociada al keynesianismo) las fuerzas productivas de un país debían ser controladas por
los gobiernos con miras al bien común. Para la segunda (denominada
neoliberal pues está asociada a la doctrina liberal que dio origen al
capitalismo) los gobiernos no debían intervenir porque la economía es
un sistema esencialmente libre, que se autorregula. Pues para el
capitalismo, son los hombres los que actuando libres -de acuerdo a sus
necesidades, ya sea como compradores o vendedores que pugnan en un
lugar genérico llamado "mercado"- los que determinan el rumbo de la
economía. Entonces, el rumbo resultante de la acción de fuerzas
contrapuestas no sólo los beneficiará a cada uno en particular, sino a
la sociedad en su conjunto. Pero si el Estado interviene coartando la
libertad, el sistema no produce y se descompone de tal modo que la
economía no sólo deja de funcionar correctamente, se detiene, lo cual
no resulta beneficioso para ningún grupo social.
No obstante lo antedicho, la primera opción funcionó bastante bien por
casi treinta años (desde la posguerra hasta principios de los ï70).
Luego se dieron síntomas de la decadencia del sistema. Y fue entonces
que en el escenario británico apareció Margareth Thatcher. Ella -quien
literalmente corporizó la batalla entre los paradigmas de intervención
y no intervención del Estado en la economía de un país- presionó para
que el mercado neoliberal ganase. De ahí en más pasó a ser el modelo de
dirigente a seguir.
El pasaje de un sistema al otro lo marcó una palabra que podría decirse
que Thatcher inventó. Dicha palabra fue "privatización". Ella -de un
plumazo- le quitó al Estado británico su control sobre dos tercios de
sus empresas clave. Lo hizo poniendo a la venta fuerzas productivas
fundamentales como la electricidad, los teléfonos, el combustible, el
gas, el acero, el agua. Posteriormente su accionar sería imitado en
Latino América, Asia, incluso parte del Africa y del Medio Oriente.
Tratando de no demonizar el proceso, sí hay que admitir que el
paradigma anterior estaba "haciendo agua" en la década del setenta. La
inflación desmedida, el desempleo creciente y el estancamiento económico hacían evidente la disfuncionalidad del keynesianismo. Esos 1970
constituyeron una época especialmente borrascosa en Gran Bretaña. El
decrecimiento del poder adquisitivo de los salarios era tan imparable,
que dejaba en el aire la sensación de que ningún gobierno sería capaz
de resolver los graves problemas económicos. Muchos temían que esa
suerte de decadencia desembocase en una revolución social o en el
advenimiento del comunismo.
Se hizo tan preocupante la situación para 1977, que se reunieron los
periodistas más influyentes junto a varios medios académicos ingleses y
norteamericanos para redactar una serie de artículos bajo el título
"Future does not work" (El futuro no funciona). Margareth Thatcher
-quien en ese momento lideraba la oposición- figuraba entre los que
expresaban mayor preocupación por el destino británico. En su opinión
el Laborismo gobernaba direccionando al país hacia el comunismo.
Por eso el Gobierno Laborista, para redimensionar su imagen frenando la
inflación y revitalizando la declinante economía, intentó crear fuentes
de trabajo y, aumentado el gasto público, trató de robustecer a las
empresas más debilitadas. Pero para un creciente número de ciudadanos
(un 89% de acuerdo a encuestas) el problema más serio era el creciente
poder sindical. Por eso -es decir, para evitar huelgas- el Gobierno
Laborista hizo acuerdos con los sindicatos. Ambas partes acordaron
mantener una política de ajuste salarial. Dicho pacto transmitía la
imagen que la gobernabilidad británica era exclusividad de un solo
partido, el cual emergía como la única fuerza política capaz de
controlar a los grandes gremios.
Craso error. En la democracia no hay "dueños del poder". Una inesperada
ola de paros en el sector público pareció detener a Gran Bretaña. Había
cortes de electricidad que parecían eternos. Aparte no funcionaban ni
escuelas ni hospitales ni cementerios y la basura se apilaba en las
calles. Reinaba frustración e indignación por los graves problemas que
el gremialismo estaba causando a la sociedad en general. Margareth
Thatcher calificó a las huelgas como "un retorno a la barbarie".
Como líder de la oposición predijo la caída del Gobierno Laborista.
Sólo esperaba, observando imperturbable. Y solía decir "In politics,
thereïs no room for feelings". (En la política no hay lugar para los
sentimientos). Tan pragmática y poco dócil como un tratado de economía,
consideraba que la clave del cambio estaba resumida en la obra "Camino
a la Servidumbre" del Premio Nobel Friederick Hayek. Estaba decidida a
aplicarlo a raja tabla, sin consensos, por eso repetía "Iïm a
politician of convictions not of consensus". (No soy una política de
consensos sino de convicciones). Es más. Estaba convencida que el
consenso de posguerra -que optó por el keynesianismo y funcionó bien
por tres décadas- había resultado perjudicial para Gran Bretaña.
Para hacer la historia corta, tanto temía la gente al poder sindical,
tan convencidos estaban que se estaban encaminando hacia el comunismo,
que en la siguiente elección apostó a la prepotencia de Thatcher. De
allí en más y por diez años, ella ocupó el centro de la escena política
como ningún otro ministro desde la época de Winston Churchill. De todos
modos, le costó mucho a Bretaña seguir sus fórmulas a raja tabla.
Hubo miles de quiebras y mayor desempleo. Sin dudas dividió a su país
entre la vanguardia capitalista y los convencionales keynesianos. Hubo
huelgas con gravísimos enfrentamientos. Su respuesta era siempre la
misma: más facultades para la policía.
En fin, muchas veces, la historia se escribe inconcientemente. Prueba
de ello fue la oportuna ayuda que Argentina le brindó en su peor
momento. Pues si no hubiese sido porque el Gobierno de facto invadió
las Malvinas el 2 de abril de 1982, Thatcher no habría logrado nunca la
popularidad ni el respaldo político para gobernar una década o para dar
el primer paso hacia el neoliberalismo, posteriormente imitado en el
mundo.
Quizás alguna vez aprendamos que nuestros actos y decisiones pueden
tener consecuencias históricas inconmensurables y que trascienden
fronteras, porque la historia es mucho más que un capítulo en un libro.
La historia está viva. Es hoy. Y nos alberga de la forma más sencilla,
como si fuera nuestro hogar. Vivámosla. Con conciencia. Con serenidad.
Con plenitud. No permitamos que se escape. O nos quiten ningún momento.
Porque estemos donde estemos, somos y seremos sus protagonistas.
(*) Profesora universitaria de Inglés. Catedrática de Estudios Sociales
Anglosajones del Instituto Superior del Profesorado de Rafaela.
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13-06-2009

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