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Jueves 19 de Noviembre de 2009


Cartas de lectores

"No hay aplazos, ni escalafón"

Sr. Director:

Soy docente de alma y por vocación, y me siento agraviada por la carta de lectores que Carina Barbero firma el 16/11 en su medio. Tal vez algunos de sus razonamientos sean ciertos, pero las causas que ella señala frente a la falta de calidad en la educación son insuficientes.
A raíz de la anterior nota de Lisandro Ruiz Díaz, también en su medio, circula por Internet la respuesta por parte de una docente que enumera la serie de gastos que los de su gremio realizamos a diario: desde fotocopias, material de estudio, equipos de informática, repuestos e implementos para poder trabajar, hasta asistencia emocional y psicológica de nuestros alumnos (a veces, de sus padres) en todas las ocasiones posibles (dentro o fuera de nuestros horarios laborales). Y creo que muchos de nosotros nos sentimos profundamente identificados.
Es cierto que el reclamo por el salario de los maestros tiene una imagen social identificada con los paros. Es cierto que la dirigencia gremial suele mostrarse orgullosa cuando la ausencia en las aulas es mayoritaria, como si con ello se garantizara una victoria. Pero es igualmente cierto que nadie se preocupa programáticamente de la cuestión docente si no es bajo la amenaza de los paros. Así como también es cierto que la carrera docente ya no resulta atractiva para los jóvenes que quieren labrarse un porvenir al menos digno, donde el esfuerzo personal sea reconocido y donde la capacidad de progreso sea algo más que un orgullo moral individual.
Quienes me conocen como docente y como persona imaginan el tiempo que dedico a mis clases y a mis alumnos fuera del horario escolar. Nadie puede decir que mi lema sea la "Ley del Menor Esfuerzo". Pero, ¿acaso alguien sospecha cómo hacemos quienes podemos dedicarnos con tanta libertad? Pues señores, podemos hacerlo porque obviamente no vivimos de la docencia. Porque para subsistir no necesitamos acumular horas de clase frente a los chicos o un doble turno que consuma nuestras energías hasta el extremo. Y porque tenemos la oportunidad de que alguien en casa haga las innumerables tareas hogareñas por las cuales no tendríamos tiempo de leer, corregir, programar, innovar, implementar proyectos ni trabajar en equipo. Un "lujo" para muy pocos en la actual realidad económica del país.
La situación del maestro de escuela Primaria no es igual a la del profesor de Secundaria, ni a la del docente de Nivel Inicial o Superior. Tampoco los directivos, secretarios, tutores, preceptores o bibliotecarios cumplen el mismo tipo de tareas. Pero todos vemos cómo, en función de la imagen social (¿electoral?), desde el Ministerio de Educación vienen tomándose resoluciones que atentan contra la calidad educativa. Y estoy hablando de la cantidad de alumnos por aula, lo cual no es poca cosa. Hablo de estado de los edificios escolares, incluidos sus baños y espacios al aire libre. Hablo de la matrícula de las escuelas, con su consecuente dimensión de desborde institucional. Hablo de la falta de disciplina, del facilismo estimulado por las propias autoridades ministeriales, del escaso rigor científico exigible, del régimen de asistencia laxo y permisivo del sistema actual, en escandaloso aumento.
No quiero polemizar acerca de los paros. Los he realizado y los he rechazado. Pude equivocarme en aquel entonces y ahora. Sólo quiero responder a una carta de lectores que me movió a salir del silencio.
No me siento defraudada, no reniego de mi profesión, ni de mis alumnos, ni de los ámbitos en los cuales trabajo con entrega y pasión. Creo que mi tarea es una de las más nobles y mejor retribuidas, porque me llena el alma. Pero también reconozco que muchos de mis compañeros son sostén de familia, a muchos de ellos les es indispensable (y a todos, más justo) un sueldo mejor, unas condiciones de empleo más seguras, unos espacios donde ejercer nuestra labor menos estresantes.
Las medidas de este gobierno respecto de la educación fueron numerosas, pero habían prometido mucho más. Si la ciudadanía los votó creyendo en sus compromisos, debe exigir ahora, sin necesidad de que los docentes se defiendan con paros, que cumplan con lo programado. Que construyan las escuelas necesarias y no sólo las que el presupuesto permita. Que se aceleren los mecanismos para que la contención social sea efectiva, acorde con las necesidades reales de todos los sectores sociales, y que no se termine de destruir lo poco (o mucho) que queda de aquel "tiempo pasado mejor" en la formación de las nuevas generaciones.
Frente a una institución educativa sostenida por la calidad humana y la calidez sobrehumana de la mayoría de sus miembros, podríamos dejar de soñar y comenzar a solucionar problemas de fondo, estructurales y filosóficos, ligados al "qué y para qué" aprender. Así nuestras escuelas dejarían de ser empresas de servicios (rentables o no) y cumplirían el rol fundante de enseñar a convivir en la diversidad, con responsabilidad y exigencia, sin clientelismos de ningún tipo.
No existen caminos sin retorno. Cuando tomamos un sendero que se interrumpe porque hay una montaña, un precipicio, o simplemente se han borrado las huellas, lo que solemos llamar "un callejón sin salida", aún existe la posibilidad de dar marcha atrás. Una opción que muchas veces se descarta por orgullo, tozudez o falta de visión a largo plazo.
Y volviendo a la carta de Carina Barbero, creo que ni la educación argentina está claramente en su peor momento histórico, ni los docentes estamos preocupados sólo por nuestros salarios. Y si el gobierno aumenta el presupuesto para educación, no está gastando más por estos o aquellos docentes. Sólo está devolviéndole a la sociedad el esfuerzo que ella realiza, a través del pago de los impuestos, para que su futuro sea de grandeza, y para que su presente construya ese porvenir.
Lamentablemente, en este cambalache se ha mezclao la vida. Vivimos revolcaos en un merengue, y en el mismo lodo, todos manoseaos. Y es el propio Ministerio de Educación de nuestra Provincia el que contribuye a ello.

María Alejandra Colsani
DNI 18.609.478


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