El camino de la libertad
Por Jesús Sancho Bielsa (*).
¿Qué es el hombre para que le hagas tanto caso?
Así hablaba el patriarca Job, el clásico de la paciencia, en medio del
también clásico dolor con que Dios lo probó para ejemplo de la
historia; anunciaba al que será varón de dolores, soportados con
heroico amor de Hijo de Dios, en favor de todos los hombres como
Redentor del mundo. En efecto, el hombre es un ser inerme y
contingente; necesita ayuda permanente para existir, pues de suyo
tiende a la nada; y lo mismo que se desvanece al morir, por entidad
propia podía sucederle eso mismo en cualquier momento de su vida.
Cuenta el historiador griego Jenofonte que, cuando Sócrates fue
condenado a beber la cicuta, lo visitaban sus discípulos tramando
prepararle la fuga, y con serenidad estóica respondía a los que estaban
consternados y lloraban: «¿Aún no sabéis que desde que nací estoy
condenado a muerte por la naturaleza?» Y como Apolodoro manifestase
indignación ante muerte tan injusta -lo condenaban por ateo y corruptor
de jóvenes, ¡mentira total!, pues con su pedagogía maiéutica perseguía
levantar el nivel moral de la sociedad, y era panegirista de la
conciencia que nos dicta lo que está bien y lo que está mal- le
respondió poniéndole la mano sobre la cabeza: «Querido Apolodoro,
entonces ¿qué prefieres: que muera injusta o justamente? Y se echó a
reír». Sócrates es un personaje de la Grecia clásica, que muere el 399
antes de Cristo. No era cristiano, pero sabía de la contingencia del
hombre, que es evidente. Y harto de los políticos y la corrupción de
los filósofos contemporáneos, intentaba sanear el ambiente de su
querida Atenas.
No suelen ser muy diferentes los tiempos, y la evolución cíclica de la
historia muestra la necesidad de un ordenamiento inmutable que ordena,
encauza y dirige la libertad del individuo en su responsabilidad
personal y en el encaje moral de convivencia con sus semejantes; sólo
así se cubre el riesgo de contingencias que perturban o destruyen la
paz y la armonía de la sociedad. Los desvíos de la abundante miseria
moral en que incurre el hombre que abusa de su libertad no son
contables, y la experiencia de cada día hace patente la perturbación
del bien común y del orden social que quebranta la perversión de la
soberbia y las pasiones humanas.
Una de las cosas más sorprendentes del ambiente moderno es el
diagnóstico que hacen políticos, sociólogos y juristas, adivinando y
conjeturando remedios para los males sociales. Sueñan con leyes y
reglamentos de tráfico, de educación en libertad, de respeto a la
propiedad, de tutela de la familia que construye el hogar envidiable
entre padres e hijos, para combatir la violencia doméstica; es, sin
discusión, el fracaso inevitable de pastiches inútiles y absurdos,
palos de ciego que denuncian el vacío de mentes despegadas de la
realidad, por carecer de una pedagogía correcta, centrada y contrastada
en un orden inmutable, claro y eficaz. No se han enterado o no se
quieren enterar o no se atreven a confesar, si lo saben, que desde el
principio de la humanidad existe un código de conducta inscrito en la
conciencia del individuo, que le advierte de lo que está bien y de lo
que está mal. La observancia de los mandamientos divinos, de la Ley de
Dios que se asienta en la conciencia individual, es la garantía
inequívoca, infalible, del orden social con plena ejecución de la
convivencia en paz y armonía entre los hombres. Sócrates hoy viviría
feliz al considerarlo.
Ya sé que el hombre está herido por la mancha original, pero se
conseguiría al menos un cierto orden aceptable, evitando los desmanes
más irrefrenables. Y sé que la mentalidad moderna neopagana y aberrante
no moverá un pie para remediar esta situación de desconcierto y
enfrentamiento entre unos y otros. Seguirá la guerra y el terrorismo y
la corrupción y la trampa y la mentira y el odio y la arrogancia y el
desprecio del pobre y del débil y del honrado, y las insidias de los
canallas; la historia nos juzgará, y Dios, que es Juez de vivos y
muertos, nos juzgará a todos. Antes de cincuenta años habremos
experimentado el juicio inexorable sobre la ley natural que Dios
reivindica como test de la sentencia de la vida del hombre libre y
responsable.
La historia, sí, que es maestra de la vida. Y Dios, que es Señor de la
vida y de la muerte. Los verdugos de la ley natural que pretenden
ahogarla -todos- han fracasado a lo largo de los siglos, en la historia
antigua y en la moderna. Se regeneró el paganismo, pero fracasó el
gnosticismo, fracasó la herejía, fracasó el cisma, fracasó el
protestantismo, fracasó la revolución francesa, fracasó el comunismo,
fracasa y fracasará la masonería; y fracasa y fracasará todo intento de
antes y de ahora y de después, empeñado en combatir la ley inscripta en
el corazón por la naturaleza misma, al imperio del Creador del
universo. Los hombres nos consumimos por la tardanza de las soluciones
que vemos urgentes y estimamos necesarias para el buen orden de la
sociedad, contra los atropellos inicuos de hombres perversos; pero la
providencia de Dios tiene su orden y paciencia soberana a la espera de
que el hombre rectifique.
Mientras tanto, en la esfera de su compromiso y capacidad, a cada
hombre le corresponde ejercer la libertad para el bien, tratando de
arrastrar en cada momento a la generación que le rodea al orden
inviolable que al final de la historia veremos magnífico, y
agradeceremos eternamente en la verdad intocable de las cosas. Y así,
el camino de la libertad es la ley inmutable, la norma, que sostiene y
tutela la libertad. Sólo la infamia brutal de algún esquizofrénico
perdido e irrecuperable puede perturbar el orden esencial del mundo
creado. La naturaleza no lo quebranta, lo respeta y lo defiende; y
además, porque su derecho es inalienable, aunque nos parezca que el
infractor elude la responsabilidad y evita el castigo, lo reivindica
con justicia inexorable y tremenda. ¡Ay de aquel que se enfrenta y
vulnera el orden intocable de la naturaleza! Sin remedio, lo pagará
eternamente.
(*) Foro Independiente de Opinión.
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05-12-2009

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