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Sábado 5 de Diciembre de 2009


Locales

El camino de la libertad

Por Jesús Sancho Bielsa (*).

¿Qué es el hombre para que le hagas tanto caso?
Así hablaba el patriarca Job, el clásico de la paciencia, en medio del también clásico dolor con que Dios lo probó para ejemplo de la historia; anunciaba al que será varón de dolores, soportados con heroico amor de Hijo de Dios, en favor de todos los hombres como Redentor del mundo. En efecto, el hombre es un ser inerme y contingente; necesita ayuda permanente para existir, pues de suyo tiende a la nada; y lo mismo que se desvanece al morir, por entidad propia podía sucederle eso mismo en cualquier momento de su vida.
Cuenta el historiador griego Jenofonte que, cuando Sócrates fue condenado a beber la cicuta, lo visitaban sus discípulos tramando prepararle la fuga, y con serenidad estóica respondía a los que estaban consternados y lloraban: «¿Aún no sabéis que desde que nací estoy condenado a muerte por la naturaleza?» Y como Apolodoro manifestase indignación ante muerte tan injusta -lo condenaban por ateo y corruptor de jóvenes, ¡mentira total!, pues con su pedagogía maiéutica perseguía levantar el nivel moral de la sociedad, y era panegirista de la conciencia que nos dicta lo que está bien y lo que está mal- le respondió poniéndole la mano sobre la cabeza: «Querido Apolodoro, entonces ¿qué prefieres: que muera injusta o justamente? Y se echó a reír». Sócrates es un personaje de la Grecia clásica, que muere el 399 antes de Cristo. No era cristiano, pero sabía de la contingencia del hombre, que es evidente. Y harto de los políticos y la corrupción de los filósofos contemporáneos, intentaba sanear el ambiente de su querida Atenas.
No suelen ser muy diferentes los tiempos, y la evolución cíclica de la historia muestra la necesidad de un ordenamiento inmutable que ordena, encauza y dirige la libertad del individuo en su responsabilidad personal y en el encaje moral de convivencia con sus semejantes; sólo así se cubre el riesgo de contingencias que perturban o destruyen la paz y la armonía de la sociedad. Los desvíos de la abundante miseria moral en que incurre el hombre que abusa de su libertad no son contables, y la experiencia de cada día hace patente la perturbación del bien común y del orden social que quebranta la perversión de la soberbia y las pasiones humanas.
Una de las cosas más sorprendentes del ambiente moderno es el diagnóstico que hacen políticos, sociólogos y juristas, adivinando y conjeturando remedios para los males sociales. Sueñan con leyes y reglamentos de tráfico, de educación en libertad, de respeto a la propiedad, de tutela de la familia que construye el hogar envidiable entre padres e hijos, para combatir la violencia doméstica; es, sin discusión, el fracaso inevitable de pastiches inútiles y absurdos, palos de ciego que denuncian el vacío de mentes despegadas de la realidad, por carecer de una pedagogía correcta, centrada y contrastada en un orden inmutable, claro y eficaz. No se han enterado o no se quieren enterar o no se atreven a confesar, si lo saben, que desde el principio de la humanidad existe un código de conducta inscrito en la conciencia del individuo, que le advierte de lo que está bien y de lo que está mal. La observancia de los mandamientos divinos, de la Ley de Dios que se asienta en la conciencia individual, es la garantía inequívoca, infalible, del orden social con plena ejecución de la convivencia en paz y armonía entre los hombres. Sócrates hoy viviría feliz al considerarlo.
Ya sé que el hombre está herido por la mancha original, pero se conseguiría al menos un cierto orden aceptable, evitando los desmanes más irrefrenables. Y sé que la mentalidad moderna neopagana y aberrante no moverá un pie para remediar esta situación de desconcierto y enfrentamiento entre unos y otros. Seguirá la guerra y el terrorismo y la corrupción y la trampa y la mentira y el odio y la arrogancia y el desprecio del pobre y del débil y del honrado, y las insidias de los canallas; la historia nos juzgará, y Dios, que es Juez de vivos y muertos, nos juzgará a todos. Antes de cincuenta años habremos experimentado el juicio inexorable sobre la ley natural que Dios reivindica como test de la sentencia de la vida del hombre libre y responsable.
La historia, sí, que es maestra de la vida. Y Dios, que es Señor de la vida y de la muerte. Los verdugos de la ley natural que pretenden ahogarla -todos- han fracasado a lo largo de los siglos, en la historia antigua y en la moderna. Se regeneró el paganismo, pero fracasó el gnosticismo, fracasó la herejía, fracasó el cisma, fracasó el protestantismo, fracasó la revolución francesa, fracasó el comunismo, fracasa y fracasará la masonería; y fracasa y fracasará todo intento de antes y de ahora y de después, empeñado en combatir la ley inscripta en el corazón por la naturaleza misma, al imperio del Creador del universo. Los hombres nos consumimos por la tardanza de las soluciones que vemos urgentes y estimamos necesarias para el buen orden de la sociedad, contra los atropellos inicuos de hombres perversos; pero la providencia de Dios tiene su orden y paciencia soberana a la espera de que el hombre rectifique.
Mientras tanto, en la esfera de su compromiso y capacidad, a cada hombre le corresponde ejercer la libertad para el bien, tratando de arrastrar en cada momento a la generación que le rodea al orden inviolable que al final de la historia veremos magnífico, y agradeceremos eternamente en la verdad intocable de las cosas. Y así, el camino de la libertad es la ley inmutable, la norma, que sostiene y tutela la libertad. Sólo la infamia brutal de algún esquizofrénico perdido e irrecuperable puede perturbar el orden esencial del mundo creado. La naturaleza no lo quebranta, lo respeta y lo defiende; y además, porque su derecho es inalienable, aunque nos parezca que el infractor elude la responsabilidad y evita el castigo, lo reivindica con justicia inexorable y tremenda. ¡Ay de aquel que se enfrenta y vulnera el orden intocable de la naturaleza! Sin remedio, lo pagará eternamente.

(*) Foro Independiente de Opinión.

05-12-2009

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