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Pasiones al aire libre
Un animal muy peligroso
"Una vez el Departamento de Caza me encargó eliminar un par de
elefantes machos que asolaban las aldeas indígenas y que ya habían
matado a varios nativos. Uno de estos elefantes era un animal muy viejo
mientras que el otro era muy joven. Antes de arrasar una aldea describían
un círculo en torno a ella colocándose a sotavento y olfateando el
aire hasta asegurarse que no existía peligro, luego atacaban. Dejaban
siempre las aldeas antes del alba para ir a refugiarse en lo más
profundo de la selva. Sin duda estos dos elefantes eran muy astutos y
peligrosos. Los seguí varios días hasta que les di alcance. Pude matar
al más viejo pero el más joven de los elefantes escapó herido.
Ningún cazador que se precie de serlo dejará escapar a un animal herido
si existe la menor posibilidad de seguirlo, pero una cosa es saber que
existe semejante código de honor y otra diferente el ponerlo en
práctica. Al arrastrarse a través de la enmarañada selva el cazador se
siente dominado por un sentimiento del más profundo desvalimiento e
indefensión. En tales momentos un cazador se siente tan indefenso como
una mosca atrapada en una telaraña. Los espinos sujetan sus ropas, las
enredaderas se enrollan en sus piernas y si se quiere caminar
apresuradamente se caerá de bruces. Un verdadero halo de moscas rodea
su cabeza picándolo en la cara y a través de la camisa y las ortigas
inflaman de veneno todo el cuerpo. Pero, por encima y más allá de estas
incomodidades se cierne sobre él la sensación constante de la muerte
inminente.
El elefante herido se halla al acecho en algún punto de la espesura y
como no produce ruido alguno puede oír fácilmente a su perseguidor.
Sabe con exactitud donde este se halla, mientras el cazador no tiene la
más vaga idea de dónde puede estar el elefante. En tales momentos en la
selva reina un silencio de muerte. Por lo general está llena de pájaros
y de monos que saltan entre los árboles, mientras que por debajo de la
maleza corretean pequeños mamíferos. Pero a medida que uno se aproxima
al animal acosado, se van desvaneciendo todos los sonidos y la selva
entera se sume en el silencio. No se oye otra cosa que la propia
respiración y el ruido de los propios pies. El cazador sólo percibe el
olor de su propio sudor y estas son las únicas sensaciones.
Con Mulumbe, mi ayudante indígena, llegamos hasta una franja de maleza
tan espesa que debimos arrastrarnos sobre el vientre. Sólo veía las
plantas de Mulumbe delante de mí. A medida que perseguíamos al elefante
el pánico se fue apoderando de mí. Me imaginaba al elefante
acechándonos presto para pisotearnos y matarnos. Nos estaría escuchando
y cuando estuviésemos más indefensos correría por la maleza fácilmente
para liquidarnos. Llegué incluso a desear que nos atacase para terminar
de una vez con esa pesadilla. Mulumbe llegó a un claro donde pudo
incorporarse, yo lo seguí. El negro se incorporó y quedó inmóvil
clavando los ojos delante suyo. El elefante se hallaba allí
observándonos. El gigante nos miraba fijo esperando el momento oportuno
para atacarnos. Yo, detrás del negro, no distinguía un lugar adecuado
para dispararle. Permanecimos un instante observándonos unos a otros.
Cada una de las partes esperando que fuese la otra quien hiciese el
primer movimiento. Una mosca desencadenó el drama. El tábano me picó en
la mejilla y el ardor fue tan fuerte que fui incapaz de resistí el
dolor y moví la cabeza para ahuyentar al insecto. El paquidermo
embistió.
Un elefante que embiste aplasta sus orejas contra su cuerpo para
avanzar más rápidamente entre la maleza, mientras que su trompa está
doblada contra su pecho. En esta posición puede golpear a izquierda y
derecha y partir a un hombre como si fuese una caña. Al embestirnos el
elefante profería espantosos trompeteos capaces de helarle a uno la
sangre en las venas. Si me hubiese atacado inesperadamente el feroz
trompeteo me hubiera dejado paralizado durante algunos segundos, que le
hubieran bastado al elefante para dar cuenta de mí. No tenía tiempo de
apuntar. Levanté el rifle y disparé como pude. El elefante retrocedió
bajo los efectos del impacto. Antes de que tuviera tiempo de recobrarse
yo me había situado a un lado y disparé el segundo cañón contra su
oído, el elefante ladeó la cabeza y se desplomó pesadamente. He cazado
muchos elefantes pero esta vez realmente tuve miedo y aún tiemblo al
pensar en ello". (Del Libro "El cazador Blanco" de J.A. Hunter).
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