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Lunes 1 de Marzo de 2010


Pasiones al aire libre

Un animal muy peligroso

"Una vez el Departamento de Caza me encargó eliminar un par de elefantes machos que asolaban las aldeas indígenas y que ya habían matado a varios nativos. Uno de estos elefantes era un animal muy viejo mientras que el otro era muy joven. Antes de arrasar una aldea describían un círculo en torno a ella colocándose a sotavento y olfateando el aire hasta asegurarse que no existía peligro, luego atacaban. Dejaban siempre las aldeas antes del alba para ir a refugiarse en lo más profundo de la selva. Sin duda estos dos elefantes eran muy astutos y peligrosos. Los seguí varios días hasta que les di alcance. Pude matar al más viejo pero el más joven de los elefantes escapó herido.
Ningún cazador que se precie de serlo dejará escapar a un animal herido si existe la menor posibilidad de seguirlo, pero una cosa es saber que existe semejante código de honor y otra diferente el ponerlo en práctica. Al arrastrarse a través de la enmarañada selva el cazador se siente dominado por un sentimiento del más profundo desvalimiento e indefensión. En tales momentos un cazador se siente tan indefenso como una mosca atrapada en una telaraña. Los espinos sujetan sus ropas, las enredaderas se enrollan en sus piernas y si se quiere caminar apresuradamente se caerá de bruces. Un verdadero halo de moscas rodea su cabeza picándolo en la cara y a través de la camisa y las ortigas inflaman de veneno todo el cuerpo. Pero, por encima y más allá de estas incomodidades se cierne sobre él la sensación constante de la muerte inminente.
El elefante herido se halla al acecho en algún punto de la espesura y como no produce ruido alguno puede oír fácilmente a su perseguidor.
Sabe con exactitud donde este se halla, mientras el cazador no tiene la más vaga idea de dónde puede estar el elefante. En tales momentos en la selva reina un silencio de muerte. Por lo general está llena de pájaros y de monos que saltan entre los árboles, mientras que por debajo de la maleza corretean pequeños mamíferos. Pero a medida que uno se aproxima al animal acosado, se van desvaneciendo todos los sonidos y la selva entera se sume en el silencio. No se oye otra cosa que la propia respiración y el ruido de los propios pies. El cazador sólo percibe el olor de su propio sudor y estas son las únicas sensaciones.
Con Mulumbe, mi ayudante indígena, llegamos hasta una franja de maleza tan espesa que debimos arrastrarnos sobre el vientre. Sólo veía las plantas de Mulumbe delante de mí. A medida que perseguíamos al elefante el pánico se fue apoderando de mí. Me imaginaba al elefante acechándonos presto para pisotearnos y matarnos. Nos estaría escuchando y cuando estuviésemos más indefensos correría por la maleza fácilmente para liquidarnos. Llegué incluso a desear que nos atacase para terminar de una vez con esa pesadilla. Mulumbe llegó a un claro donde pudo incorporarse, yo lo seguí. El negro se incorporó y quedó inmóvil clavando los ojos delante suyo. El elefante se hallaba allí observándonos. El gigante nos miraba fijo esperando el momento oportuno para atacarnos. Yo, detrás del negro, no distinguía un lugar adecuado para dispararle. Permanecimos un instante observándonos unos a otros.
Cada una de las partes esperando que fuese la otra quien hiciese el primer movimiento. Una mosca desencadenó el drama. El tábano me picó en la mejilla y el ardor fue tan fuerte que fui incapaz de resistí el dolor y moví la cabeza para ahuyentar al insecto. El paquidermo embistió.
Un elefante que embiste aplasta sus orejas contra su cuerpo para avanzar más rápidamente entre la maleza, mientras que su trompa está doblada contra su pecho. En esta posición puede golpear a izquierda y derecha y partir a un hombre como si fuese una caña. Al embestirnos el elefante profería espantosos trompeteos capaces de helarle a uno la sangre en las venas. Si me hubiese atacado inesperadamente el feroz trompeteo me hubiera dejado paralizado durante algunos segundos, que le hubieran bastado al elefante para dar cuenta de mí. No tenía tiempo de apuntar. Levanté el rifle y disparé como pude. El elefante retrocedió bajo los efectos del impacto. Antes de que tuviera tiempo de recobrarse yo me había situado a un lado y disparé el segundo cañón contra su oído, el elefante ladeó la cabeza y se desplomó pesadamente. He cazado muchos elefantes pero esta vez realmente tuve miedo y aún tiemblo al pensar en ello". (Del Libro "El cazador Blanco" de J.A. Hunter).




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