El invitado
Dama en la siesta
por Olga Zamboni - escritora (Posadas, Misiones)
Amarillo.
Centro de margaritas, girasol, luz, cañafístolas, flores aceitosas del campo,
polen, mostaza, curry, azafrán, curcuma.
Aparece en el aire tórrido de la siesta. Sonríe, pero en la sonrisa hay algo
-quizá es la raíz de su seducción- de maléfico. Su piel blanquísima fulgura
casi tanto como el nimbo glorioso de sus cabellos, rubios hasta lo imposible.
Es la hora apropiada para resolver asuntos pendientes. Pronto deja atrás las
calles terradas del pueblo y se interna entre los árboles. Su dorado
centelleo se va aquietando a medida que avanza por la angosta picada en
penumbra. Las cañafístolas en lo alto también reverberan con sus arracimadas
flores casi áureas.
El lugar de la cita es el de siempre, intrincado, sombrío, lujurioso. Desde que ella desvistió sus armas femeninas para mejor seducirlo, el deslumbramiento pasmado del hombre no ha cesado. Los humores que con cada encuentro se agitan en su cuerpo no lo convencen de esa realidad extraña que ni en el más voluptuoso delirio de caña hubiera podido imaginar. Su cuerpo joven y curtido por la tarefa en medio del monte halla desahogo y remanso -y fuerzas para seguir en la dura tarea- en la dorada mujer, diosa que se le adhiere lúbrica y ardiente como la siesta dándole no sólo vida sino también riqueza. Menguada riqueza de mensú elegido, envidiado, porque su ponchada siempre pesa más. Esto se repite desde que conoció a la Rubia, como la llama. La hija del patrón.
Pero ella hoy viene con un designio que le fija su propio destino. No podrá apartarse de esa senda. El rictus en su cara la transforma en casi una máscara.
¿Cuándo había empezado ese sueño?
- Mi reina rubia, decime qué puedo hacer para tenerte siempre.
- Mi reina, envidian mi suerte, me odian porque me ven feliz.
- No se me acercan, dicen que estoy maldito, mi única.
- No me dejes, rubia mía, mi suerte depende de vos.
Todos pensaban, decían -se daban cuenta del cambio operado en su vida- que él había sellado el juramento con su sangre, como tenía que ser. Y que conocía los riesgos de ese pacto, las tentaciones que inevitablemente pondría Añá en su camino, aunque se supiera joven y fuerte ante los embates del más acá y del más allá y sintiera que la pasión desbocada que vivía en cada siesta en que ella se dignaba llamarlo no le dejaría resquicio alguno para desvíos.
Soy toda tuya cuando soy cuerpo y tuya cuando soy pura alma para ayudarte, mi hombre.
Sos mi elegido, cunumí, pero tenés que serme fiel. porque ¡cuidado! la traición yo me la cobro muy cara.
Puedo amar solo en este tiempo, mi hombre, y este tiempo está llegando a su fin. Pronto me iré.
La noche de ese sábado se desenvolvía lenta al ritmo acompasado -o zapateado- del chamamé en el patio de tierra. Era el ritual después del cobrar mensualero disminuido por cargas reales y ficticias del dueño del obraje. Se descargaban las tensiones y cansancios con la música sensual y caliente como sus sangres, que latían con sed de hembra. Entrelazados en el baile hombres y mujeres, serios, apretados y vivos.
Ella, desde algún lugar, abarca con su mirada la pista, a la que no puede concurrir, lo tiene prohibido, hasta detener sus ojos en el criollito lindo que en un rincón es asediado por guaynas de lo mejor.
Pruebas al canto. Está allí.
Aureo leonado pajizo dorado limonado ocre cera amarillento bilis cobrizo el aura de sus cabellos.
Ella acentúa el rictus de su boca, su sonrisa se va haciendo dura hasta convertirse en mueca que desfigura la hermosura de su rostro blanquísimo. Pronto su hombre se arrepentirá de haber caído en las redes del baile lujurioso y caliente. Pronto conocerá los rituales de la venganza.
Sabían, hablaban, inventaban, de sus amores con la hija del patrón. Contaron, lo vieron, en los bailes del pueblo divirtiéndose con otras mujeres. Su desaparición no habría preocupado a nadie en esa región de tragedias. Pero su cuerpo muerto sin causa visible hallado en medio de la selva suscita la leyenda. Para todos -y lo comentarán largamente- será siempre el mensú que hizo tratos con la Caá Yarí, la diva rubia de los yerbales silvestres, y traicionó sus amores. Y la Caá Yarí no perdona.
Caá Yarí: Diosa protectora de los yerbales. Ayudaba al mensú (trabajador de los yerbales) que a ella se entregaba y le era fiel, pero si la traicionaba su venganza era la muerte.
Río mío
El domingo de tarde habían paseado en canoa, toda una aventura cuando se trataba de ir a contracorriente de ese Alto Paraná, crecido y sucio de erosionadas costas que desteñían su tradicional bermejo en un color indefinido.
Fabulosos carnavales les aguardaban; dentro de poco sería el baile en el Tenis, el primero de la serie que se prolongaría hasta el "entierro del carnaval" avanzada Semana Santa, a despecho de las admoniciones de las monjas en el colegio.
No había lugar a dudas. Eloy, el que remaba mejor que nadie, cada vez que se dirigía a ella tenía una inflexión especial. Era cosa del primer baile, declaración segura, eso le había dicho Mely, con menos años pero siempre adelantada en cuestiones de amor y de hombres. Sí, m'ijita, ese está loquito por vos.
Habían remado hasta la isla. Sentados en un tronco tomaron mate mirando el río, transparente, casi incoloro. La buena de Lulú había traído escones. Riquísimos. Comieron. Se rieron con los chistes de Lalo, siempre tan ocurrente.
_Mirá Lalo, podemos venir esta noche hasta esas piedras para pescar...
Era Eloy, su voz bien timbrada., y al segundo su cuerpo atlético dando viracambotas en el aire antes de hundirse y emerger risueño ¡matador! de ese Paraná decolorado que temblaba a pura correntada.
Salió con el cuerpo chorreante.
_Vamos, métanse, manga de miedosos...
Ella lo miraba y pensaba. Es mi primer amor. Estoy segura de que me quiere.
_Te voy a enseñar a nadar, nena. Sólo dejalo por mi cuenta. Te aseguro que en una o dos veces aprendés y listo. Hasta te voy a enseñar a tirarte de cabeza.
Eran jóvenes. Tenían por delante las vacaciones. Lástima que ella debía ir a la Capital a arreglarse los dientes. En el pueblo no había dentista. ¡Qué rabia! Justo ahora que Eloy se le acercaba, como en ese momento en que le decía:
_¿Y te vas mañana nomás, Telita?
A ella le gustaba que la llamara así y no Estela a secas, no le gustaba su nombre, por qué se lo habrían puesto...
El le apretó el brazo y como en secreto:
_Espero que vuelvas pronto.
Ella no sabía cuánto podría tardar el arreglo de sus dientes. Qué fastidio.
_Cuidado con las "gavilanes" que andan por Posadas... Me voy a poner celoso.
Ella sentía la presión en su brazo al tiempo que palidecía y un fluido dulce le recorría las venas. No era buena con las palabras. Lo miró profundamente a los ojos, se adentró en ellos, tan sonrientes y claros, de un castaño diluido. Ella también sonrió.
_Cuando vuelva, quiero que me enseñes a nadar...
A la madrugada, su padre la despertó. Debían salir temprano, aprovechar el fresco y llegar a tiempo para hacer las gestiones que siempre le tocaban hacer en Posadas.
_Vamos, Estela, que todavía tenemos que pasar a buscarlo a tu tío Renzo, se pone nervioso si tardamos.
Cosa rara en esa época del año, una especie de niebla envolvía el camino.
El tío Renzo ya los esperaba en la puerta de su casa. Subió al camión y lo primero que dijo a modo de saludo, apenas se acomodó:
_Dicen que anoche se ahogó el Eloy Fretes. Fue a pescar al Paraná con un amigo y no saben qué le pasó. Era tan buen nadador. Lo están buscando, pobre muchacho...
Olga Zamboni
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12-03-2010

Editorial

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