RAFAELA DEL AYER
Pase, abuelo...
Estaba esperando el ascensor. Llega, se abre la puerta y una mujer
desde adentro me dice: "Pase abuelo. ¿a qué piso va? "Antes de responderle
le calculé la edad y pensé: "Para ser tu abuelo precisaría el
doble de la edad que tengo". Pero ese pensamiento, por supuesto, no se
exteriorizó y le respondí cordialmente, incluso con una sonrisa.
Hoy es bastante común oír que se dirijan a las personas endilgándoles
parentescos (pase "abuelo", ¿me compra uno "tío"?) ocupaciones (¿qué
hora tiene "maestro"?) o funciones (¿le lavo el auto "jefe"?). Que ese
tratamiento sea frecuente, no implica en absoluto su corrección, tanto
desde el punto de vista de la urbanidad como de la lógica.
Una observación más o menos atenta, muestra que el tratamiento de
"abuelo" suelen dispensarlo personas de todas las clases sociales y
niveles de educación. Es probable que quien le habla a una persona
mayor diciéndole "abuelo", lo haga simplemente por costumbre (mala
costumbre, diría yo), sin ninguna intención peyorativa; y hasta es
posible que ese "abuelo" pronunciado tenga una pizca de algo parecido a
la ternura.
De cualquier forma, a alguien puede "sonarle" despreciativo. O puede
imaginar que llamarlo "abuelo" implica insinuar su ancianidad, con
todas las consecuencias y limitaciones que esa etapa vital supone.
Podrá alegase que quien así piense, es un malpensado, un quisquilloso.
Cuando se llama "abuelo" a una persona, nadie sabe en verdad lo que
ella piensa de ese trato. En su intimidad, puede aceptarlo o no; o
puede resultarle indiferente. Pero aún cuando ese "abuelo" no le caiga
bien, callará ese sentimiento por educación. y también por dignidad.
Recuerdo que antaño -concretamente en los años cuarenta, en los que
temporalmente se ubican estas notas-, a las personas mayores se las
llamaba "señor Fulano", o "don Fulano", o simplemente, "Fulano". Era un
trato más natural, lógico y respetuoso.
Pero esa época también tenía sus "cositas". Por ejemplo, aquello del
"viejo de la bolsa" con que se asustaba a los pibes para que se
"portaran bien". Esa "amenaza" como método "pedagógico", de alguna
manera vinculaba a la vejez -o al menos a algunos exponentes de ella-
con la capacidad o la intención de hacer el mal.
Y el mal a los chicos lo estaban haciendo, precisamente, quienes
apelaban al "viejo de la bolsa" para que tomaran la sopa, durmieran la
siesta o se callaran la boca.
Chau, hasta la semana próxima.
Tito Valenti
titovalenti@hotmail.com
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10-04-2010

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