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Editorial
Los controles nocturnos
Cuando la noche del 30 de diciembre de 2004 se desató la tragedia del
boliche República de Cromagnón, en plena zona de Once en la ciudad de
Buenos Aires, dejando la escalofriante cantidad de 193 muertos y 1.432
heridos como consecuencia del incendio desatado por las bengalas que se
arrojaron en el lugar cuando estaba actuando la banda "Callejeros", se
supuso que marcaba un antes y un después en materia de rigidez de los
controles en este tipo de locales nocturnos, como para que un episodio
de estas características nunca jamás volviese a repetirse en la
Argentina.
Por fortuna, y tal vez más por la casualidad que otra cosa, tragedias
de esa magnitud no volvieron a registrarse en el país, pero no como
fruto del imperio de la ley y de las normas por cumplirse, ya que la
elasticidad volvió a hacerse presente después de un tiempo. Es decir,
como en tantas otras cosas, el transcurrir del tiempo hizo que el
olvido fuese avanzando de tal modo que la distensión, otra vez pudo más
que el sentido común.
Las leyes, en este caso las normas y reglamentaciones, están para
cumplirse. No existe otra posibilidad, y quien las vulnera, poniendo en
riesgo la integridad física de sus clientes, debe ser objeto de severas
y ejemplarizadoras sanciones. Da la sensación que el camino a seguir es
lo suficientemente claro como para evitar desviaciones, que sin
embargo, en un país transgresor y habituado a aquello tan clásico de
ejercer "la piolada" o bien ajustado a "hecha la ley hecha la trampa",
todo lo que está mal parece volver a repetirse, manteniéndose la
vigencia de un círculo vicioso que nos resulta tan perjudicial, no
solamente en este tema, sino en la mayoría de los que nos ocupan
diariamente.
Aquí en Rafaela, luego de aquella terrible tragedia de República de
Cromagnón, se dispusieron normas y se efectuaron controles poco menos
que a rajatabla, en previsión de eliminar la mayor cantidad de factores
que pudiesen desencadenar una tragedia en alguno de esos locales
nocturnos. La cantidad de personas ingresantes fue uno de los
seguimientos más estrictos, ya que en la mayoría de ellos se excedía lo
permitido en la habilitación, aunque además, también se fueron
cumpliendo otras regulaciones, como el caso de las puertas de
emergencia -recordemos que en aquel boliche de Once cuando se produjo
el incendio y los concurrentes tratando de escapar se encontraron con
una de las puertas de emergencia cerrada con candados-, presencia útil
de equipos contra incendios, acceso de menores. En fin, la búsqueda de
un ordenamiento muy saludable.
Desde hace un tiempo, cuando aquí en la ciudad se reguló la presencia
de menores en los boliches, se volvieron a reinstalar con fuerza los
operativos de control, combinados con los de alcoholemia, en lo que se
ha dado en difundir como "ordenamiento de la nocturnidad". Una
iniciativa que, resulta positiva, pero no debe quedar limitada
exclusivamente a la participación municipal y policial, sino que deben
sumarse los propietarios de locales con un rígido cumplimiento de las
normas establecidas, y esencialmente, los padres de adolescentes y
jóvenes que son los protagonistas centrales de la noche, no solamente
con su participación en los boliches, sino luego en las calles de la
ciudad cuando el regreso a sus hogares, o bien la continuidad del
festejo, que muchas veces suele extenderse a cuando el sol está bien
encima de nosotros.
Sorprende por todo lo dicho, que en un reciente control de esos
locales, se haya encontrado a uno de ellos con la puerta de emergencia
cerrada con candado. Una falta gravísima, que sobresale nítidamente
ante el incumplimiento de otros en que hubo más personas que las
habilitadas a ingresar, menores o exceso en el uso de sus elementos
musicales.
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