Génova: juegos de poder
(Por la Dra. Ana María Vottero). - A esta ciudad soberbia había llegado
"el Siglo de los Genoveses", cuando se decía que "el oro nace en
América, muere en España y es enterrado en Génova". Fue mérito de
Andrea Doria el "único verdadero estadista que la República de Génova
tuvo en sus siete siglos de vida. A mediados del siglo XVI, llevó la
ciudad hasta la esfera de la influencia política de Carlos V de
Habsburgo, emperador y rey de España, y hasta mediados del siglo XVI,
Génova, a través de sus familias más pudientes, financió las arcas de
la colonia española, concediendo préstamos y cobrando intereses.
Intereses lo bastante altos como para hacerlas ricas como pocas otras
en Europa. El ciclo de oro terminó cuando los reyes de España no
pudieron seguir haciendo frente a las deudas y dejaron de pagar. Pero
para entonces ya mucho se había hecho: las calles Vía Aurea y Vía Balbi
habían sido construidas con soberbios palacios embellecidos por los
pintores de Europa y decorados con muebles y adornos de todo el mundo.
El Almirante Andrea Doria que lograra la independencia absoluta de
Génova y el permiso de comerciar libremente los territorios de toda
España, financió las arcas de la corona española hasta que las cuentas
quedaron en rojo.
Producto de aquellos "negociados" de ultramar, de los hábiles convenios
diplomáticos de parte del almirante Andrea Doria, las arcas de la
capital de Liguria están repletas de oro. Conclusión: Génova se convierte en la banca de Europa. Presta dinero. Cobra intereses altísimos.
Imagina Ud, estimado lector, la envergadura de tales préstamos. Esa
constante entrada de divisas permite a la nobleza mercantil erigir
residencias que nada tenían que envidiar a un palacio real. Eso sí, las
semejanzas se encontraban en el interior, detrás de la fachada. Los
genoveses disimulaban el estado de sus finanzas. Las mantenían ocultas,
tanto como su afición por las artes. Pocos se enteran que las familias
ricas invitaban artistas de renombre: Rubens, Van Dyck y otros, para
que pintasen sus retratos. En ellos se reflejaba la sicología de una
sociedad que se complacía en mostrar fastuosidad pero únicamente en
privado. Esas mismas personas perdían la compostura cuando se trataba
de edificios religiosos. Olvidaban la aparente austeridad y donaban
fortunas para construir templos y criptas donde ser sepultados. Creían,
tal vez, que realizaban una inversión a futuro; ¡una garantía de
posibles indulgencias!. En el siglo XVII la ciudad comenzó a declinar,
y la revolución industrial del ï800 sólo le aportó un bienestar
ilusorio. Más tarde en 1941, la guerra le asesta un golpe. La marina
inglesa bombardea el puerto y la ciudad queda mal herida.
Sin embargo, aún falta lo peor: la crisis económica y social de los
años '70 - '80. Las consecuencias son muy graves. Génova sufre una
especie de implosión. Se derrumba sobre sus cimientos. La población
desesperada reclama por fuentes de trabajo que han desaparecido. No se
vislumbra una salida. Los genoveses, maestros del sarcasmo y de la
autoironía se vuelven melancólicos. Se encierran en un resentimiento
que consideran justo. Este período les causa mucho dolor e incertidumbre. Génova hiberna y los habitantes en un intento de protección la
transforman en una ciudad sepulcro, en un monumento sin alma.
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10-05-2010

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