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Editorial
Sin odio ni rencor
El cardenal Jorge Bergoglio, volvió a insistir recientemente durante la
celebración en Luján, con un tema que se ha hecho recurrente en la
Iglesia, lo cual no hace otra cosa que abonar la enorme trascendencia
que se le adjudica. Es que la preocupación que existe en la conducción
de la Iglesia es muy grande por el sostenido clima de confrontación en
que vive el país desde hace demasiado tiempo.
La súplica de Bergoglio desde Luján fue en el sentido que los
argentinos desterremos el odio y rencor, formulando un llamado en el
sentido de "saber trabajar por la Patria y hacerla crecer en la paz y
la concordia".
Esa preocupación que los prelados vienen manifestando desde hace
tiempo, tras la búsqueda de una concordia que se ha visto no sólo
alterada sino que sustituida por un clima de permanente confrontación,
se puso en muy clara evidencia en el documento denominado "Manifiesto
de la esperanza", que no es otra cosa que una declaración de compromiso
con la Patria ante el Bicentenario.
En ese texto, entre otros aspectos, se destaca "la última dictadura
militar, la página más oscura de nuestra historia... nos embarga hoy
una amarga sensación de desánimo y mezquino individualismo", lo cual es
producto de no haber dejado atrás "las otras fallas que nos corroen".
"Más profundamente, late aún en cada uno de nosotros y en la Patria
toda, una tenue esperanza", continúa señalando el manifiesto, aunque se
plantea que "es imprescindible lograr consensos básicos sobre un modelo
de país, que nos abarque a todos".
Queda muy en claro, aun cuando no haya alusiones directas ni
identificatorias, que tal como ha acontecido en otras oportunidades, el
llamado está direccionado hacia el Gobierno nacional, que es el
principal promotor de las confrontaciones que, poco a poco, van ganando
a todo el conjunto de la sociedad. Lo cual, sin dudas, es doblemente
responsable, pues justamente debe ser el Gobierno el encargado de la
búsqueda de diálogo y acuerdos, para el logro de los indispensables
consensos que requiere el momento, siendo en cambio quien los promueve,
tal vez como la forma que entiende de hacer política, dividiendo para
poder imponer sus ideas.
Una hipótesis que queda además respaldada por el permanente latiguillo
utilizado por el Gobierno para quienes piensa diferente, calificándolos
de conspiradores. Una práctica que es en verdad atentatoria contra el
ejercicio de la democracia, que es justamente todo lo contrario de este
comportamiento. La simplista teoría "se es amigo o enemigo", no
admitiendo términos medios, con lo cual se evita toda posibilidad de
diálogo o confrontación de ideas.
Regresando a la declaración que elaboraron los laicos de la Iglesia, su
contenido es muy duro sobre el recorrido analítico que se hace al ciclo
posterior al Centenario, mencionándose graves fallas en la honestidad y
el respeto de la ley, ya que millones no podían elegir libremente y sin
fraude a sus gobernantes, y que también millones no contaban la
posibilidad de acceder a condiciones sociales básicas.
De manera muy especial el cardenal Bergoglio abogó en favor de los más
necesitados, sosteniendo "le pedimos a la Virgen que cuide en
particular a aquellos que son los más olvidados, comenzando desde los
más pobres", tema que también aborda específicamente el documento que
comentamos, cuando de cara al futuro se considera que es posible el
respeto a la vida desde la concepción, logrando condiciones mínimas
para la plena integración y que "no haya más hermanos que tengan
hambre", en tanto que "los niños reciban la educación que les permita
el pleno desarrollo".
Una formulación que se ha hecho reiterativa, pero que es imperiosa en
la hora que vivimos en el país, aspirando a un futuro de mayor
grandeza, cimentado en la concordia.
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