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Cartas de lectores
Prensa, dictadura y después
Sr. Director:
En una nueva carta de lector, el Dr. Daniel Castillo contestó ciertas
apreciaciones mías que no comparte. Lo hizo con altura e inteligencia,
pero no me convenció.
Es verdad que la ley de medios recibió algunos elogios en el ámbito
internacional. Pero la razón de tales elogios está explicada por el
propio Dr. Castillo: los elogiadores sólo analizan el texto legal, en
abstracto, y no el contexto político.
Una cosa son las leyes, y otra cosa es la forma como son aplicadas (o
no aplicadas). Por ejemplo, en nuestro país las leyes no permiten tomar
comisarías; pero un amigo del poder toma una comisaría y lo designan
funcionario. Nuestras leyes prohíben interrumpir la libre circulación
de personas y bienes; pero el gobierno tolera que piqueteros amigos
corten a su gusto las rutas y los pasos internacionales, violando
tratados celebrados con países limítrofes. La Constitución dice que
todos somos iguales ante la ley; pero el gobierno, mientras tolera a
esos piqueteros, denuncia a otros, porque no son amigos. En resumen, un
mal gobierno puede hacer estragos, si aplica mal las buenas leyes.
La ley de medios surgió al calor de una riña entre el gobierno y el
grupo Clarín. Antes, el gobierno había favorecido al grupo Clarín; pero
luego dejaron de ser amigos. Entonces, tras convivir impúdicamente
durante años con el "monopolio" y con la "ley de la dictadura", el
gobierno se acordó de nuestra necesidad de estar bien informados, y
consagró una nueva doctrina nacional y popular, expresada en el
aforismo "qué-te-pasa-clarín-estás-nervioso". Por lo tanto, el problema
de la ley de medios no es el texto, sino el contexto. Una ley nacida en
un contexto de hipocresía y confrontación está destinada a ser aplicada
de la peor manera.
De todos modos, polemizar con Daniel Castillo es una experiencia
enriquecedora. Más allá de nuestras insalvables diferencias, su postura
es honesta y respetuosa.
En cambio, he tenido ocasión de leer otra carta de lector, que también
se refiere a mí, pero tratando de descalificarme con la estrategia
habitual de los kirchneristas, que siempre encuentran la vuelta para
introducir el tema de la dictadura de Videla, aunque no tenga nada que
ver con lo que se está debatiendo.
La dictadura fue un capítulo grave y doloroso de nuestra historia.
Nadie tiene derecho a banalizarla, usándola como cliché para silenciar
a quienes no concuerdan con la "historia oficial" del kirchnerismo. La
mordaza kirchnerista se basa en un maniqueísmo siniestro: quien no está
con nosotros es un cómplice de la dictadura, aunque haya nacido ayer.
Como no nací ayer, puedo contar una anécdota quizá desconocida por
algunos (que en 1976 recién empezaban a luchar... contra el acné). En
ese año, cuando Videla no era el viejo gagá que vemos ahora, sino que
tenía todo el poder, hice la defensa de un amigo que había sido
secuestrado por el gobierno militar. Yo tenía 28 años, hijos chicos, y
todo el miedo que se podía tener en ese momento. Durante muchas noches
temblé en la cama cada vez que un auto paraba frente a mi casa, porque
pensaba que venían a buscarme a mí.
Eso fue todo, nada heroico, un solo caso. No me llevaron, y por suerte
estoy aquí. Pero siempre recuerdo esa anécdota cuando veo a estos
titanes trasnochados, que pontifican sobre una dictadura que sólo
conocen por fotos, y descargan su hiperkinesis de combatientes sin
combatidos haciendo "marchas" sobre un pavimento seguro, alisado por
años de democracia.
Podría contarles unas cuantas cosas, sobre lo que fue vivir bajo el
terror. Pero, basta, no dramaticemos, eso ya pasó. Si les gusta marchar
para sentirse protagonistas de la historia, están en su derecho, gasten
suela. Y si no les gusta Clarín, están en su derecho, disfruten de
otras opciones. Yo leo poco de Clarín; y de canal Trece miro solamente,
todos los mediodías, El Zorro, único programa en el que siempre ganan
los buenos. Aguante El Zorro.
Emilio Bruno
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