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Lunes 17 de Mayo de 2010


Sociales

Sobre la independencia

(Por Claudia Cabrera). - ¿Cómo es que los seres humanos nos convertimos en personas autónomas e independientes? ¿Cómo logra un bebé recién nacido transformarse, primero, en un niño que va logrando relativa independencia de sus padres y, luego, en un adulto que puede tomar las decisiones convenientes para armarse su propio camino, de acuerdo con sus deseos y propósitos en la vida?
Winnicott plantea la idea de un viaje, de un recorrido, un acarreo que parte desde un punto de dependencia absoluta, hace parada en un estadio de dependencia relativa y continua su recorrido hacia la independencia.
Bosqueja este discurrir como un trabajo de apoderamiento del individuo, ya que la independencia es "algo" a conquistar. Un puerto de llegada del que no todos podemos dar cuenta de haber alcanzado; independientemente de la edad que hayamos logrado.
Se parte de la idea de que, necesariamente, para poder implantarse primero en el útero y, luego, en un medio social, forzosamente necesitamos de un ambiente facilitador que se adapte a nuestras necesidades y nos provea todo lo necesario hasta que hayamos podido desarrollar las herramientas esenciales para valernos en el mundo. Sin este auxilio externo, la vida se vuelve imposible para el cachorro humano.
En los comienzos, el ser humano está a merced de los cuidados que puedan prodigarles quienes se han comprometido en la tarea de ser sus padres. Por un lado, está todo lo heredado que este recién nacido trae al nacer y los procesos de maduración con los que cuenta para lograr agarrarse a la vida; no obstante, dichos procesos, no podrán desplegarse y ponerse en funcionamiento sin una provisión ambiental lo suficientemente ajustada a las necesidades físicas y emocionales del recién nacido. Es el ambiente el que permite al bebé poder desarrollar su potencial heredado; es decir, el infante necesita de la provisión de estos cuidados para que sus procesos madurativos no queden bloqueados.
Esta es la principal y determinante tarea que los padres tienen a su cargo en los primeros tiempos: la de oficiar de decodificadores de las necesidades de su hijo para que este pueda, a través de su auxilio, desarrollar todo su potencial intrínseco.
Esta adaptación a las necesidades del recién nacido es una tarea sumamente compleja para los padres, y que exige enormes esfuerzos en los primeros tiempos. Dicha labor, no se lleva a cabo sin el surgimiento de la angustia por no saber si se está decodificando satisfactoriamente el llanto del bebé; es decir, si se lo alimentó suficientemente, si la temperatura ambiental es la adecuada, si tiene sueño o es que le duele algo, etc. Si todo va bien, la madre va ganando en confianza en el armado de su nuevo rol; y, sintiéndose más segura en la relación con su hijo, lleva adelante este trabajo de una manera muy ajustada. Las fallas que puedan ocasionarse son escasas y este bebé puede mantenerse integrado, desarrollando las herramientas que más adelante le permitirán poder establecer, en un lapso de tiempo más o menos distante, que la dependencia de su ambiente se vaya tornando más relativa.
En este segundo momento de dependencia relativa el bebé cuenta con mayores recursos y, en consecuencia, la madre comienza gradualmente a fallar en sus adaptaciones. El bebé, para estos momentos de su desarrollo, puede tolerar mejor la espera y las fallas ambientales y, su madre, en sintonía con el mismo, le permite ejercitar estas habilidades de las que se está dotando para que él mismo pueda ir insertándose en el medio social más amplio.
Recién ahora, el infante comienza a percatarse de la dependencia ya que, hasta el momento, si todo venía desarrollándose armoniosamente, el bebé no podía diferenciar sus necesidades de quien se las estaba proveyendo. O lo que es lo mismo, no podía diferenciarse él de su madre, un interior y un exterior a él, un adentro y un afuera. Recién ahora comienza a percatarse que su madre puede separarse de él. Es el momento en que emerge la angustia de separación: comienza a comprender que su madre le es muy necesaria para sentirse seguro y feliz. Todavía falta tiempo y maduración para que estas categorías binarias queden totalmente adquiridas, pero aquí comienza a bocetarse la categoría de lo diferente, de lo extraño a uno mismo, de lo no familiar. Más adelante aún el tiempo, cuando el niño ya tiene más o menos unos dos años de edad, contará con nuevas herramientas que le permitirán vérselas con la pérdida, pero no antes de que haya transcurrido este tiempo, donde el infante fue adquiriendo nuevas armaduras para poder tolerar pérdidas importantes sin su consecuente reemplazo.
Winnicott agrega que el camino hacia la independencia retrata las luchas del niño deambulador y del niño púber; en el medio, hay un período de la vida del niño donde el mismo disfruta de su dependencia, donde la escuela desempeña un papel sustitutivo al hogar. Llegados a la adultez, se continúa este proceso de crecer y madurar, y no pocas veces este proceso se encuentra inhibido o obturado en los adultos, los cuales no pueden adquirir la madurez completa. La madurez, en términos de Winnicott, implica haber encontrado una salida de la dependencia infantil que no significa copiar el modelo de los progenitores o el de oponerse desafiantemente al mismo. La madurez es sinónimo de salud, y concluye: "la salud no es comodidad. Los temores, los sentimientos conflictivos, las dudas y las frustraciones son tan característicos en la vida de una persona sana como los rasgos positivos. Lo importante es que esa persona siente que está viviendo su propia vida y, asumiendo la responsabilidad de sus actos y omisiones, es capaz de atribuirse el mérito cuando triunfa y la culpa cuando fracasa. Una manera de expresarlo es decir que el individuo ha pasado de la dependencia a la independencia o autonomía".

La autora es Lic. en Psicología de la UBA.
Referencias bibliográficas: Winnicott, D.: "El hogar, nuestro punto de partida", "Los procesos de maduración y el ambiente facilitador" y "Los bebés y sus madres".
Paidós.


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