Génova: efecto dominó
(Por la Dra. Ana María Vottero). - La Expo 92 marca el inicio de todo.
La mecha que enciende inversiones millonarias, provoca una reacción en
cadena. La "explosión" despierta a los genoveses de un letargo que
duraba demasiado y los impulsa a involucrarse en un gran proyecto: la
realización de una Feria Internacional con motivo del 500 aniversario
del descubrimiento de América. El hacedor de lo que podría considerarse
casi un milagro, es Renzo Piano, un arquitecto audaz, que junto a su
equipo y a una comunidad que lo apoya incondicionalmente, se empeña en
re-inventar una franja costera: el área que desde el 1200 ocupaba el
"Porto Antico", y lo consigue, con un éxito abrumador. La Expo 92
concluye, pero no la afluencia de público y de nuevos proyectos.
Proliferan. Se extienden igual que una mancha de aceite, derrumbando el
muro virtual que existía entre el puerto y la ciudad. Un muro que los
habitantes tenían en su propio ADN. ¿El objetivo? Grandioso. Ser
durante el 2004 Capital Europea de la Cultura, lo que representa para
Génova la culminación de un sueño y, también de años de trabajo a
marcha forzada. La ciudad debió desempolvar su pasado. Poner la mira en
proyectos de futuro. Abrir las puertas de un mundo -que por siglos-
mantuvo en absoluta reserva.
LA SOBERBIA
Génova no posee nada de convencional. Al observarla comprobamos que es
la suma de numerosas asimetrías. Una ciudad no programada que "se
construyó" de acuerdo a las prioridades de épocas diversas. Una especie
de rompecabezas urbano en donde prevalecen las escaleras, los
"caruggi", los continuos sube y baja, los balcones naturales que abren
nuevas perspectivas sobre la ciudad. Y el factor sorpresa que aguarda a
la vuelta de la esquina. Quizás sean las características que provocan
en nosotros curiosidad pero también, una ligera inquietud. Si deseamos
ir al centro histórico hay un modo de no equivocarse: seguir las
galerías de Via Gramsci: "El Carugiu Lungu" una larga calle paralela a
la orilla, a un paso del mar, lugar de residencia y de comercio,
conexión entre la ciudad y su puerto. Hoy el mar queda lejos pero el
callejón largo existe todavía, eje portante y palpitante de la ciudad
vieja animado por un gentío multicolor en perenne movimiento, entre
tiendas, talleres artesanales, iglesias y antiguos palacios.
PORTICO DE LOS MIL PASOS
Amigo lector, le explico lo del "callejón largo". Según una costumbre
muy arraigada en Génova, cuando ya no queda espacio en la ribera, se
construye debajo de ella, desplazando el mar hacia adentro. Así, en la
Edad Media, nació Sottoripa "unos pórticos de mil pasos de largo en los
que se puede comprar todo tipo de mercancías" como dijo en 1432 Enea
Silvio Piccolomini, el que más tarde sería Papa Pío II. Los edificios
se asomaban directamente sobre el mar y las olas bañaban los pórticos
bajo los cuales se abrían los almacenes y las tiendas de los
mercaderes. La tradición comercial de este largo pórtico (galería) no
ha decaído jamás y hoy las tiendas las "freidurías" y los bares siguen
ofreciendo a genoveses y turistas casi todo lo que pueden desear, desde
el pescado frito hasta las especies más exóticas. Hemos caminado tanto
que considero oportuno una pausa y de paso aprovechar para degustar
algún plato tradicional genovés.
Menú "A la Genovesa": Luego de elegir una trattoria nos sentamos a
"estudiar" el menú. La cocina genovesa es una excelente mezcla de
platos de mar y de tierra y todos los restaurantes grandes o pequeños
proponen platos de pescado, desde la sopa de calamares rellenos hasta
el pulpo con papas. La lubina a la parrilla (que aquí se llama
"luassu") o los platos de la cocina campesina hechos con los
ingredientes que en el pasado eran considerados "pobres" y hoy en
cambio, son exquisitos y refinados; "la cima", "la torta Pascualina"
(¡con el huevo duro entero!), el frito mixto de carne y verdura, las
tortas de verdura en general, las "trofiette" de harina de castaña y
las "trenette" con pesto, una salsa tan genovesa que no se puede
concebir si no se prepara con la albahaca de Prá ya que cualquier otra
sabe a menta. En Génova se desayuna con una rebanada de focaccia
caliente recién horneada. Debe ser blanda pero crocante, empapada de
aceite y justamente salada. Debe comerse con la corteza hacia abajo, en
contacto con la lengua, para percibir primero la fuerza de la sal,
luego el aroma intenso del aceite y terminar con la suavidad plena de
la masa. Focaccia "normal" o con cebolla, las "tahomas" más célebres de
la ciudad están en el casco antiguo pero la buena "fugassa" se
encuentra en todos los sitios. Y para los golosos de lo dulce nada
mejor que el pan dolce, blando y consistente relleno de pasas de uva,
piñones y fruta escarchada. O las galletas del Lagaccio, ideales para
que los niños mojen en la leche y los "canestrelli" producidos por
confiterías de antigua tradición. Para los adoradores de Baco existen
bares de variada elegancia, enotecas y vinerías donde conocer la
consolidada fama genovesa de los aperitivos acompañados de "bocaditos"
que suelen bastar para sustituir una comida. Y para quien tenga ganas
de una merienda de sabor primaveral nada mejor que un buen plato de
habas, queso de oveja fresco, salame y un "gottind de giancu".
LUCES Y SOMBRAS
Amigo lector, hora de reiniciar el tour de esta Génova polifacética, si
elegimos avanzar por vía Gramsci arribamos al Mercado, muy similar a un
suq árabe. Resulta divertido deambular entre los puestos de venta;
mezclarse con la multitud: mujeres africanas de coloridos atuendos,
marineros de franco, amas de casa apuradas y turistas tras el souvenir
insólito. En estas galerías, se encuentran bares que no figuran en las
guías de viaje. Sin embargo es fácil hallarlos. Basta con identificar
la última puerta que se ve desde el exterior: pequeña y con herrajes
negros. Al trasponer el umbral creemos penetrar en otra dimensión. A un
tiempo detenido. Húmedo y marchito, como si el mar los hubiera invadido
e impregnado de sal, lo mismo que hace con las fachadas de los edificios, los barcos y hasta con las personas. Son el reducto de marinos
jubilados, de viejos pescadores, de bohemios y de viajeros dispuestos a
escuchar historias mientras saborean un café. Estos hombres respiran
nostalgia y cuando se les pregunta por su situación o el presente de la
ciudad, responden con una mirada melancólica: "Génova ya no es la de
antes ¡Ah! Si Uds. la hubiesen conocido entonces!" Al abandonar
aquellos salones es imposible no sentirse frágil o vulnerable. No
pensar que tienen cientos de años y que en su larga existencia coincidió sólo por un breve período con la nuestra. Dentro de 100 años todo
seguirá igual. Inmutable. Los techos abovedados, los muros de piedra,
el pavimento gastado y el rumor de tantas voces que se fueron apagando
en la oscuridad del anonimato.
A poca distancia, bajo las torres de "Porta delle Vacca" comienza vía
del Campo, una calle que muta con las horas del día. Por la mañana el
olor del mar se confunde con el de las comidas especiadas y el pan
recién horneado. Igual les sucede a los habituales transeúntes: los
obreros que van a trabajar se cruzan con los estudiantes camino a la
universidad, con los pescadores que regresan a sus hogares, con
turistas provistos de cámaras o filmadoras. Una escenografía sin nada
de especial, aunque sólo sea necesario doblar en la primera esquina
para cambiar de mundo y tener la posibilidad de encontrarnos frente al
patio de armas de un castillo, de un montón de escombros impidiendo el
paso, de una fuente que murmura desde un escondite de plantas, o de una
serie de habitaciones con las luces eternamente encendidas y las
puertas entornadas. Por la noche Via del Campo cambia de personalidad,
semejante a la marea cuando invierte su curso.
Las sombras lo invaden todo. El lugar es ocupado por un silencio tan
absoluto que si quisiéramos podemos oír el ruido que provocan nuestros
zapatos al pisar el empedrado.
En este período, es el territorio de "le graziozi", las bellas de la
noche que lograron una notoriedad especial a través de los versos de
Fabrizio de Andre, que las hizo producto de una fantasía, más que
mujeres llevando a cabo la actividad más antigua del planeta.
Los "caruggi"-las callecitas estrechas- permanecerán vacías hasta el
próximo amanecer, sin embargo no podemos partir sin conocer sus
"tesoros". Para lograrlo será indispensable mirar hacia arriba y
buscar. No transcurrirá demasiado tiempo para poder verlas.
Aparecen en nichos: en la fachada de un palacio o en la de una casa
modesta. Son las "Madonnette", virgencitas que datan de los siglos XV y
XVI, hay más de 800 en la ciudad. Fueron esculpidas en mármol. Poseen
una belleza impactante y son objeto de gran devoción. Conmueven al
paseante desde sus pequeños altares donde abundan las flores frescas.
Génova también se muestra así: piadosa, creyente. Las iglesias, a
menudo nacen por la voluntad de los poderosos, pero en ellas hay
también espacio para la fe de los humildes. Los descubrimos como
mencioné, en los ángulos de una manzana, en una fachada donde los
hábiles escultores situaron la Virgen para proteger a los pecadores que
viven y sufren en sus casas y por los caruggi. Los santuarios de las
colinas atesoran colecciones de ex votos, simples representaciones
pictóricas o breves narraciones escritas, por aquellos que han sobrevivido a un naufragio, a un asalto, a un accidente, testimoniando de ese
modo su gratitud hacia quien, Virgen o Santo los hayan protegido o
ayudado en algún instante de sus existencias en el que los invocaron,
cuando sus fuerzas se habían esfumado, pero su fe continúa invulnerable, tan poderosa como siempre.
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24-05-2010

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