La alegría de los pueblos
Sr. Director:
Siempre me sorprendió la alegría de la gente humilde.
Recuerdo de niño, aún en invierno, ver chicos descalzos, de extrema
pobreza, corriendo entre carcajadas que sonaban como lluvia sobre el
tejado, en juegos simples, sin juguetes.
Mis familiares eran de clase media baja, y me encantaba visitarlos
porque la penumbra de sus casas flacas de riqueza, se iluminaba con
risas surgidas de cuentos, chistes y ocurrencias. Cada comida principal, la del mediodía y la de la cena, con lo que se pudiera poner en la
mesa, era una fiesta.
Y vienen a mi memoria los carnavales de distintos lugares y de todas
las épocas, alimentados por la pobre gente que bajaba de los suburbios
en la carroza de su alegría, para sumarse al regocijo general.
En nuestra ciudad, las fiestas patrias se celebraban jubilosamente con
desfiles, evocaciones de época con los correspondientes atuendos, sin
faltar el remiendo y la alpargata del pueblo que asistía respetuoso y
atento.
Hoy, como ayer, el pueblo no pierde oportunidad de manifestar su goce
de vivir, aunque en el banquete de la vida sea convidado de piedra. Por
ello no me asombró la muchedumbre volcada en los festejos del Bicentenario, motivada por la importancia de los espectáculos y por ese
sentimiento misterioso que nace de la noción de patria, nación o
pertenencia.
Entiéndase que expreso una generalización. Siempre existió la tristeza
y nunca faltaron causas para que perdurara.
Pasaron los festejos y la marginalidad, la inseguridad, las villas, el
agravio entre políticos, la desesperanza de "humillados y ofendidos",
todo ello continúa.
Desde mi ignorancia no puedo explicar esa bendita alegría de los
pueblos. Sería tarea para sociólogos, historiadores, psicólogos o vaya
a saber quién.
Lo cierto es que si la alegría de los pueblos persiste no es por los
gobiernos, sino a pesar de ellos.
Vicente Dómina
L.E. 6.284.824
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08-06-2010

El piloto en control público

¡Gracias Marcela Montenegro!

La alegría de los pueblos

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