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Editorial
Un nuevo fracaso
Luego de dos semanas de deliberar en la ciudad alemana de Bonn, los
representantes de 194 países no llegaron a ninguna clase de acuerdo, ni
tampoco conclusión, sobre la forma de detener el cambio climático que
continúa avanzando aceleradamente, con consecuencias poco menos que
letales sobre el globo terráqueo.
Por más que se busquen otras causas, que se trate de aminorar las
críticas especialmente por parte de aquellos países que son los que más
contaminan, es inevitable e inútil tratar de desviar la atención sobre
la emisión de dióxido de carbono, que es el denominado "gas con efecto
invernadero", que impacta directamente en la capa de ozono y provoca
daños enormes e irreparables, posibilitando que los efectos del sol
vayan aumentando sostenidamente la temperatura de la tierra, y debido a
ello, se produzcan cambios extremos del clima, con consecuencias
altamente perjudiciales.
Estas cumbres que se vienen realizando, cada vez más seguidas, con el
intento de preservar el clima, concluyen invariablemente con resultados
negativos, ya que no se advierte una intención decidida por alcanzar el
objetivo. Cómo habrá sido esta vez el resultado, que el grupo de los 77
países en desarrollo a los cuales se sumó China, no trepidaron en
asegurar al cabo del encuentro climático en Bonn, que "no sólo no hubo
avances sustanciales, sino que en realidad, se dio un paso atrás".
Existieron en el documento final de 22 páginas, algunos enunciados
respecto al control de la deforestación, la transferencia de tecnología
y la financiación de algunos países para que se adapten al
recalentamiento, pero no van más allá de eso, estando más cerca de una
expresión de deseos que un objetivo concreto. Tal posición, fue
interpretada por los países en desarrollo, como una ratificación de lo
que había ocurrido en Copenhague, que fue calificada como "la cumbre
del fracaso". Y todo parece estar indicando que se continuará por este
mismo camino, considerando lo que sucedió ahora en Bonn.
Es realmente incomprensible la posición adoptada por las grandes
potencias mundiales, que hacen caso omiso a todos los proyectos
dirigidos a reducir la emisión de gases con efecto invernadero,
buscando de tal manera proteger a sus grandes industrias, olvidando que
los enormes efectos perjudiciales sobre el globo terráqueo, a la larga
terminarán afectándolos también a ellos.
Hemos dicho y reiterado, y no cejaremos en hacerlo, que el hombre es el
ser viviente más destructivo sobre la tierra, y sus efectos se están
sintiendo cada vez con mayor dimensión y dureza. El deshielo de los
polos puede acarrear consecuencias trágicas, con inundaciones y
desaparición de miles de especies, transformación de grandes
extensiones en desérticas, la deforestación indiscriminada es también
fuertemente influyente, al igual que los elevadísimos niveles de
contaminación.
Pero además, y si aún con el breve repaso de catástrofes en marcha
fuera poco, tenemos otras intervenciones directas del hombre. Una de
ellas por ejemplo, los ensayos de explosiones nucleares en el interior
de la tierra, con el solo objetivo de medir la potencia alcanzada,
provocando desequilibrios que -según dicen algunos estudios- terminan
por incidir en que los movimientos telúricos sean cada vez con mayor
asiduidad y potencia.
Y dentro de esa escala, deben ubicarse otras acciones como por ejemplo
el caso de la pérdida de petróleo de una cuenca de extracción, como
sucedió en el Golfo de México, donde la marea negra se mantendrá al
menos durante tres años, con todos los daños que eso significa. Se
estima que este desastre ambiental no solo destruirá casi toda la fauna
marina, sino que también impactará directamente en la salud de la gente
que habita en todos los lugares a los cuales llegue el petróleo a sus
costas.
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