RAFAELA DEL AYER
La perrera
Estas notas sobre la Rafaela de los años cuarenta, en absoluto tienen a
la investigación histórica como intención o como objetivo. Por el
contrario, su finalidad es mucho más modesta y limitada: transmitir
recuerdos de una infancia y preadolescencia vividas hace ya varias
décadas, suponiendo que tales vivencias -así expresadas- puedan
permitir a los lectores de hoy, el conocimiento de personajes, hechos y
costumbres de aquel pasado. Por supuesto que estas percepciones de la
niñez pueden, en los detalles, no ajustarse exactamente a la realidad
evocada.
Ya señalamos en otra nota, que la mayoría de las casas de antaño tenían
patios de generosas dimensiones. Eran comunes, entonces, pequeños
gallineros con batarazas, coloradas y ponedoras, y jardines con
distintas flores (algunas ya casi no se ven, como los penachos, las
calas o las achiras), en los que "habitaban" teros con las alas
recortadas, y tortugas de tierra, poco "vistas" actualmente. Y era
frecuente también, que en los hogares hubiese canarios, cotorritas
australianas y otros pájaros, encerrados en jaulitas colgadas de alguna pared de la galería o que diera al patio. Y por supuesto, estaban
los gatos y los perros.
Estos últimos no estaban "confinados" en la casa del amo; diariamente -
salían a recorrer las inmediaciones de "su hogar". No es de extrañar
entonces que la "perrera", que periódicamente aparecía por las calles
rafaelinas, fuera una presencia inquietante y antipática, hasta el
punto de tener que desplazarse con custodia policial para evitar
pequeños incidentes. Esa custodia la integraban uno o dos agentes del
Escuadrón, como se llamaba la policía montada. Vestían un uniforme
característico: "breeches" celestes con rayas negras al costado de la
pierna, chaquetilla azul marino, altas botas negras y largo sable.
La "perrera", como hoy la recuerdo, era un carrito tirado por dos
caballos, con una puerta trasera y tejido de alambre en los costados,
lo que permitía ver a los perros que habían "agarrado" los tres o
cuatro empleados municipales que caminaban junto a ella, lazo en mano.
Algunos eran verdaderamente habilidosos con el lazo; pero otros "la
pifiaban" para regocijo del piberío que se había juntado para ver "la
cacería", y aplaudía frenéticamente al perrito que con astucia y
decisión, había logrado burlar a sus captores.
Dios mediante, en siete días volveremos a encontrarnos.
Tito Valenti
titovalenti@hotmail.com
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19-06-2010

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