El creador del Plan Fénix y la salida heterodoxa
"Hay una antipatía visceral con la Argentina porque salió de la crisis
con heterodoxia". Aldo Ferrer reivindica el rumbo del país, señala un
cambio en la valorización de las políticas de Gobierno y explica por
qué se está lejos de la crisis global.
Miembro fundador del Plan Fénix, integrante del directorio de Enarsa y
economista de consulta en los círculos próximos a los Kirchner, Aldo
Ferrer rescata las líneas principales de la gestión económica. Además,
plantea los desafíos sobre los que debe hacerse hincapié de aquí en más
y arremete contra los críticos habituales del modelo. Y, como es
habitual en su prédica, subraya la necesidad de consolidar orden fiscal
y el superávit comercial, ganar en competitividad y movilizar el ahorro
interno, más allá de las presiones del mercado. "Cuando efectivamente
se convenzan de que esto es irrevocable, los mercados van a volver
solos, porque por encima de la ideología están los negocios, y la
Argentina es un espacio para hacer muy buenos negocios", señala, a modo
de síntesis.
- ¿Cómo evalúa el estado de la economía actual?
- Estamos en una situación muy distinta a la que prevaleció en la
Argentina durante mucho tiempo. La situación económica está bajo
control y gobernada, parada en sus recursos propios. Se ha recuperado
un nivel de autonomía muy valioso que se había perdido desde mediados
de la década de 1970, cuando se inauguró el período de endeudamiento y
de sometimiento a la hegemonía neoliberal. Durante más de veinticinco
años el país estuvo sometido a la tragedia de la deuda, la voluntad de
los mercados y a políticas regresivas que provocaron la venta de la
mayor parte del patrimonio nacional y la insolvencia. De aquel país,
que perdió el comando de su realidad y que terminó en una crisis
fenomenal, a este país de hoy hay un saludable abismo. No porque el
país no tenga problemas. Están los problemas históricos y algunos
problemas recientes, que surgieron con el neoliberalismo, como los
altos niveles de pobreza o la fragmentación del mercado de trabajo.
Pero la realidad hoy es otra.
- ¿Cuáles considera que han sido las medidas o políticas que
permitieron generar ese quiebre?
- Sucedieron dos cosas. En primer lugar, la crisis de 2001-2002
modificó los términos del problema porque el país quedó aislado del
financiamiento internacional y librado a su propia suerte. Al abandonar
el régimen de Convertibilidad y pesificar el sistema monetario,
recuperó la autoridad monetaria y la posibilidad de tener política.
Además, se modificaron los precios relativos y reaparecieron espacios
de rentabilidad que habían desaparecido, que provocaron un estímulo a
la inversión y al aumento de la oferta. Simultáneamente, la baja de las
importaciones y un buen nivel de exportaciones, por el aumento de los
saldos y los buenos precios internacionales, permitió que el país, al
mismo tiempo, tuviera un gran superávit. Es decir, hubo una serie de
factores, fruto de la propia crisis, que fue bien aprovechado por la
política económica, cambiando el rumbo. Y en eso, también, hubo un gran
mérito del Gobierno.
- ¿Cuál?
- En vez de seguir en la súplica por la ayuda internacional, se tomó el
comando de la política monetaria, del tipo de cambio, del balance de
pagos y la situación fiscal, y se tomó al Estado como un protagonista
de los asuntos económicos del país. Estas circunstancias nuevas y estas
políticas distintas generaron un escenario que tuvo una fenomenal
respuesta de la oferta, con un gran aumento del PBI, que hoy explican
la capacidad del país para resistir ante la crisis mundial.
- ¿Cree que hay una revalorización de la sociedad sobre el rumbo
elegido?
- En alguna medida, sí. Pero no suficientemente. Todavía no hay un
necesario convencimiento de la importancia de la soberanía en la
resolución de los problemas. Vivimos en un mundo paradojal: la
globalización penetra en todos los espacios nacionales y no se puede
estar ajeno a los acontecimientos externos pero, al mismo tiempo, a los
únicos países a los que les va bien son aquellos que mantienen firmes
políticas nacionales. Nosotros mismos, en la medida en que recuperamos
esas políticas nos empezó a ir bien. Por otro lado, la Argentina es un
país con una excepcional dotación de recursos. No sólo tenemos un
territorio inmenso, sino también una estructura productiva que, con
todas sus debilidades, sigue siendo diversificada y activa, con una
tasa de ahorro del orden del treinta por ciento del PBI y una
posibilidad de hacer política económica como nunca hubo.
- El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner parece haber recorrido
un camino inverso al que recorre la mayoría. Pasó de un comienzo
complicado, lejos de las mieles iniciales, a una segunda parte de
mandato con un vínculo más fluido con la sociedad. ¿Comparte esto?
- Sí, es una paradoja. Pero la explicación la podemos encontrar en
ciertas costumbres políticas argentinas, cierta tendencia al
enfrentamiento y la falta de claridad de los actores para determinar
cuáles son los problemas fundamentales. A eso, por ejemplo, hay que
sumarle la aparición de conflictos innecesarios, como el que enfrentó
al Gobierno con el campo. Y digo esto porque, objetivamente, no había
intereses contrapuestos con el sector rural.
- ¿Qué evaluación hace del resultado del canje de la deuda, que cerró
en estos días y estuvo por encima del sesenta por ciento que el
Gobierno se había autoimpuesto?
- Es un hecho al que no le doy tanta relevancia. Por lo menos, a este
segundo canje. El fundamental fue el primero, con el que la Argentina
salió del default con una gran propuesta, a la que adhirió el 75 por
ciento de los bonistas. Este segundo canje fue un gesto del Gobierno
argentino para darle una segunda oportunidad a quienes habían quedado
afuera. Lo importante es que, mientras tanto, el país resolvió
problemas fundamentales, recuperando el orden fiscal y el superávit en
la balanza de pagos. La Argentina no necesita volver a los mercados a
tomar deuda. Lo que necesita es movilizar su ahorro interno. Hay que
lograr que la gente se convenza de que el lugar más rentable y seguro
para invertir es nuestro país. Esta idea de volver a los mercados,
cuando los mercados están demostrando ser el espacio del caos y de la
subordinación de los que demandan crédito, es algo que hay que tratar
con mucho cuidado. Lo que tenemos que hacer es consolidar el ahorro
interno y canalizarlo productivamente.
- ¿Qué pasará con los famosos fondos buitres?
- Con los fondos buitres ya sabemos qué pasa. Trataron de bloquear el
primer canje y no lo lograron y, desde entonces, hicieron una enorme
cantidad de juicios que no tuvieron ningún éxito. No hay que
equivocarse: en los mercados hay una antipatía ideológica visceral con
la Argentina porque salió de la crisis con criterios absolutamente
heterodoxos. Algo que los gurúes no le van a perdonar nunca a este
Gobierno. Pero cuando se convenzan de que esto es irrevocable, los
mercados van a volver solos, porque por encima de la ideología están
los negocios y la Argentina es un espacio para hacer muy buenos
negocios. Esos buenos negocios, además, los van a hacer mejor con un
país soberano, que con uno subordinado y puesto de rodillas.
- ¿Qué consecuencias concretas podría traer esa antipatía?
- En las estimaciones de riesgos país ya se ven. Las calificadoras de
riesgo, que están desacreditadas por infinidad de razones en los
propios países centrales, le asignan a la Argentina indicadores que no
tienen nada que ver con los reales. Esas estimaciones están penetradas
por la ideología neoliberal y la antipatía que produjo la heterodoxia
argentina, porque demostró que la forma de salir de una situación
difícil no era haciendo lo que ellos decían sino exactamente lo
contrario. Y, ante eso, la única respuesta es consolidar lo que hemos
logrado.
- ¿Cuál considera que tiene que ser la mayor preocupación de aquí en
más?
- Están los problemas históricos no resueltos. Por ejemplo, el tema de
la integración territorial y las desigualdades regionales, que impactan
en las cadenas de valor. Hemos avanzado en ese terreno pero nos falta
mucho. Por la forma en que se produjo el desarrollo argentino el
desequilibrio se hizo extraordinario, y un país no puede desarrollarse
en esos términos. Y el otro gran tema es la cuestión social. El país
siempre tuvo una sociedad fracturada, pero se agravó mucho durante la
etapa neoliberal.
- ¿Y respecto de la coyuntura?
- Sobre la coyuntura soy optimista por muchas razones. Entre otras,
porque el país ratificó todas las veces que hizo falta que la única
forma de resolver los problemas es en el marco que brinda la
Constitución. El hecho de que por más de medio siglo no haya sido esa
la forma es una de las causas de nuestra decadencia. El golpe de Estado
de 1930 fue una fatalidad que nos costó dolor, sangre y subdesarrollo.
De eso hemos ido saliendo y en esta década, mal que les pese a muchos,
todos los conflictos se han resuelto en el marco de la Constitución,
aún aquellos que más tensión han traído y aún aquellos en los que se
disputaba el verdadero poder. Por ejemplo, la resolución 125, la Ley de
Medios, la reforma del sistema previsional. Con eso más consolidado,
nos queda articular las políticas que desplieguen el potencial
argentino.
- ¿Como cuáles?
- Uno de los logros más importantes del Gobierno es el énfasis que ha
puesto en el campo de la ciencia y la tecnología. Cuando escucho a la
Presidenta enfatizar tanto en la cadena de valor, en la tecnología, en
el apoyo al Invap me siento reconfortado. En su momento fui presidente
de la Comisión de Energía Atómica (ndr: entre 1999 y 2001) y no logré
destrabar el plan y poner en marcha Atucha II. Hoy, está casi terminada
y se está programando la cuarta y quinta central. Ese énfasis en la
ciencia y la tecnología me parece fundamental. Y después, desde luego,
en la administración de la economía hay una serie de problemas
pendientes. Incluso, bajar la tasa de inflación.
- ¿Es un problema que se puede agravar?
- No, la inflación que tenemos ahora no es la que tuvimos en otros
tiempos. En el último siglo, el país tuvo el récord mundial de
inflación y la tasa promedio más alta durante cincuenta años,
incluyendo varias hiperinflaciones. Era resultado de un país
desordenado, caótico en lo político, y estas no son las circunstancias
de la actualidad. Pero está claro que la sociedad ha incorporado una
hipótesis del aumento de precios, en torno del veinte por ciento, que
se transmite en las negociaciones de los actores económicos, no
habiendo razones concretas de desequilibrio que lo explique.
- ¿A qué se debe, entonces?
- Se trata de una inflación inercial. En un país que tiene una memoria
colectiva inflacionaria se ha instalado este supuesto de que los
precios están subiendo a este nivel. No se disparan, como proyectaban
los enemigos del Gobierno, sino todo lo contrario: comenzó a
desacelerarse, porque no hay condiciones de estampida. Aún así, hay que
desactivar las hipótesis actuales. Después está el tema de la
credibilidad de los índices. Hemos perdido una enorme cantidad de
tiempo discutiendo el termómetro en vez de ver cómo bajamos la fiebre.
Una observación recurrente de los críticos al Gobierno plantea que la
inversión es uno de los eslabones débiles de la economía argentina.
- ¿Está de acuerdo?
- Ese no es problema. En la crisis, la tasa de inversión estaba en el
orden del 11-12 por ciento del PBI y, en estos años, llegó a estar por
encima del 24 por ciento, en un récord histórico. Y ahora está cerca de
ese nivel, con recursos propios. Tiene que haber más inversión, es
cierto, porque ante escenarios de incertidumbre la plata tiende a irse,
como pasó en 2008 y principios de 2009. Pero que hubo un repunte en la
inversión no hay ninguna duda. Por eso, entre otras cosas, aumentó el
PBI.
Fuente: www.debate.com.ar
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04-07-2010

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