Matrimonio gay: ¿de qué hablamos?
Por Pablo López Herrera (*)
Decía Chesterton que lo que anda mal en el mundo es que el mundo no se
da cuenta de qué anda mal. Si hubiera vivido estos tiempos en que con
naturalidad se intenta legislar en contra de la naturaleza misma del
hombre, seguramente hubiera agregado que el mundo no se da cuenta que
ahora anda peor que cuando andaba mal.
Efectivamente parece un desvarío social estar discutiendo sobre la
naturaleza del hombre y de la mujer y sobre lo que es el matrimonio.
Luego de la experiencia de cientos de millones de matrimonios transmitiendo la vida, las tradiciones, las costumbres, en este siglo XXI se
intenta redefinir la "identidad sexual" y la misma célula de la vida
social, y convertir a la ley promulgada por el estado, la ley positiva,
en la expresión de una inventada ley no natural o antinatural, no
impresa en la naturaleza humana, por lo tanto injusta y malvada, sin
las condiciones que naturalmente deben cumplir las normas positivas,
esto es expresar la ley natural para poder ser justas y buenas.
El problema se inscribe en una lenta, pausada e ininterrumpida sumatoria de cambios sociales que se introducen bajo una máscara de
modernización que de hecho es la retrogradación y degeneración de las
instituciones. Este es sólo un paso más y me parece ser el marco de
referencia para tratar el tema, al que muchos personajes no le atribuyen la gravedad suficiente como para molestarse. A ellos, Shakespeare
los definiría como los "que en nuestra corrompida edad son estimados,
únicamente porque saben acomodarse al gusto del día, con esa exterioridad halagüeña y obsequiosa. Y con ella tal vez suelen sorprender el
aprecio de los hombres prudentes; pero se parecen demasiado a la
espuma; que por más que hierva y abulte, al dar un soplo, se reconoce
lo que es: todas las ampollas huecas se deshacen, y no queda nada en el
vaso". (Hamlet, Escena 5, acto 6).
Si se analiza la película, en nuestro país, habría que ir a Roca con
las leyes de Educación Común, la creación del Registro Civil, y el
Matrimonio Civil obligatorio, que levantaron polvo en su momento y hoy
nadie discute.
HIPERTROFIA DEL ESTADO
En mi opinión, la sinrazón del llamado "casamiento gay" se comprende
fácilmente a la luz del desarrollo hasta la hipertrofia del estado,
impulsado por los enceguecidos iluminados que desde el siglo XVI en
adelante no cejan en su afán demoníaco de pretender que el mismo estado
se convierta en el dueño de cuerpos y almas, en lugar de ocuparse de
dirigir la sociedad y legislar para que los ciudadanos puedan vivir
virtuosamente y persigan el bien común. Los estados cada vez más
hipertrofiados y absolutos sólo terminan reconociendo a sus súbditos el
deber de obedecer lo que ellos deciden ser bueno y justo, y este es un
caso más.
Si bien es cierto que lo bueno y justo debe ser perseguido
autónomamente respecto de la Iglesia, ello debe hacerse respetando el
orden natural y el sobrenatural en una sana y recta laicidad "que, por
una parte, reconozca a Dios y a su ley moral, a Cristo y a su Iglesia,
el lugar que les corresponde en la vida humana, individual y social, y
que, por otra, afirme y respete "la legítima autonomía de las
realidades terrenas", entendiendo con esta expresión -como afirma el
concilio Vaticano II- que "las cosas creadas y las sociedades mismas
gozan de leyes y valores propios que el hombre ha de descubrir, aplicar
y ordenar paulatinamente" (Gaudium et spes, 36)... Benedicto XVI, La
Laicidad, Extracto del discurso a los juristas católicos, 9 de diciembre, 2006
Ya Alberdi intentaba fijar los límites a ese poder absolutista:
"ninguna mayoría, ningún partido o asamblea tiene derecho para establecer una ley que ataque las leyes naturales... la voluntad de un pueblo
jamás podrá sancionar como justo lo que es esencialmente injusto".
Lo que decía Esteban Echeverría se aplica también en los estados
hipertrofiados donde el egoísmo impera en gobernantes y gobernados -que
es el caso de la ley que se pretende imponer- : "Los tiranos y egoístas
fácilmente ofuscaron con su soplo mortífero la luz divina de la palabra
del Redentor y pusieron, para reinar, en lucha al padre con el hijo, al
hermano con el hermano, la familia con la familia. Ciego el hombre y
amurallado en su yo creyó justo sacrificar a sus pasiones el bienestar
de los demás, y los pueblos y los hombres se hicieron guerra y se
despedazaron entre sí como fieras (...) El egoísmo es la muerte del
alma. El egoísta no siente amor, ni caridad, ni simpatía por sus
hermanos. Todos sus actos se encaminan a la satisfacción de su yo;
todos sus pensamientos y acciones giran en torno de su yo; y el deber,
el honor y la justicia son palabras huecas y sin sentido para su
espíritu depravado. El egoísmo se diviniza y hace de su corazón el
centro del universo. El egoísmo encarnado son todos los tiranos.
En otros tiempos, por lo menos los que propugnaban el absolutismo
estatal definían con más claridad en sus intenciones. Por ejemplo
Manuel Azaña expresaba en la España anterior a la guerra civil en
ocasión de los debates sobre la que sería la constitución de diciembre
de 1931 los que entendía ser los problemas de la época: "Estos
problemas, a mi corto entender, son principalmente tres: el problema de
las autonomías locales, el problema social en su forma más urgente y
aguda, que es la reforma de la propiedad, y este que llaman problema
religioso, y que es, en rigor, la implantación del laicismo del Estado
con todas sus inevitables y rigurosas consecuencias".
Y para "resolver" el problema religioso, decía Azaña: "Nosotros
tenemos, de una parte, la obligación de respetar la libertad de
conciencia, naturalmente, sin exceptuar la libertad de la conciencia
cristiana; pero tenemos también, de otra parte, el deber de poner a
salvo la República y el Estado". Y en el dilema, la solución era simple
para Azaña: "Lo que hay que hacer -y es una cosa difícil, pero las
cosas difíciles son las que nos deben estimular-; lo que hay que hacer
es tomar un término superior a los dos principios en contienda, que
para nosotros, laicos, servidores del Estado y políticos gobernantes
del Estado republicano, no puede ser más que el principio de la salud
del Estado". Discurso laico de Azaña octubre 1931: "España ha dejado de
ser católica".
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07-07-2010

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