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Jueves 8 de Julio de 2010


Cartas de lectores

Sobre los discursos

Sr. Director:

La lectura de algunas cartas que entrecruzan aspectos políticos, sociales, económicos, e intelectuales, publicadas en su medio, hace evidente uno de los prejuicios que contaminan nuestros modos de pensar:
la tendencia a interpretar información de un modo que confirme nuestras propias preconcepciones. Prejuicio que evade y disminuye a su contraparte, a la vez que niega la verdad como atributo de ser coherente con los hechos.
¿Puede ser congruente el pensamiento de quien antepone los propios intereses e ideologías a la conciencia colectiva? No pensar desde el discurso ordinario, genera otro discurso y por ende otro modo de ver e interpretar la realidad. Esto es así puesto que la experiencia de "leer" es individual, pero también por el modo en que nos acercamos a esa realidad. O la ajustamos a nuestros intereses, o vamos a su encuentro desde la experiencia social, la cual nos vulnera y nos transforma en sujeto social, colectivo, ético, solidario. Este último modo transgrede la gramática o el esquema de pensamiento (ideas ya pensadas, ya dichas) que marca las reglas que configuran el discurso elitista-individualista producto de una sociedad fragmentada desde siempre, y no desde ahora como quieren hacernos creer.
Los discursos de hoy, personales como mediáticos, se realizan y se reproducen desde un esquema de pensamiento solidificado, incapaz de incorporar al análisis la experiencia de la vida, ya no individual, sino social; experiencia nunca acabada, sino en un constante "hacer", y que a diferencia de la que se "tiene", no se resuelve en la mera repetición. "Tener experiencia" es repetir lo que venía siendo, confirmarnos en lo mismo. Hacer una experiencia significa negarnos en algún punto: no confirma, sino que niega aquello de lo que partíamos.
Pensar lo social desde uno mismo no nos exime hacerlo sobre un fondo de error, de malos hábitos, de deformaciones y de ciertas dependencias económicas, libidinales, semióticas y de status. Y muchas veces lo esencial está fuera de ese pensamiento, por eso nada del presente resulta positivo.
¿Cómo es posible que, por un lado, se reniegue de volver al pasado y por el otro, se siga creyendo que la única verdad subyace en los viejos discursos? Dualidad que no puede ser verdadera y contradictoria al mismo tiempo sin invalidarse así misma. Pero ¿qué hay en aquellos que se refugian en ella?
El lenguaje como reservorio cultural es una importante herramienta para pensar el pasado, traducirlo en la memoria, de modo que podamos prestar atención a la relevancia del presente, y pensar el futuro o lo posible en mejores condiciones intelectuales y morales. Claro que, quizás para llegar a ello uno debiera estar menos pendiente del reconocimiento de los propios derechos e intereses, que en asumir responsabilidades en la construcción de un futuro compartido.

Daniel Góngora
DNI 16.490.004


08-07-2010

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