Sobre los discursos
Sr. Director:
La lectura de algunas cartas que entrecruzan aspectos políticos,
sociales, económicos, e intelectuales, publicadas en su medio, hace
evidente uno de los prejuicios que contaminan nuestros modos de pensar:
la tendencia a interpretar información de un modo que confirme nuestras
propias preconcepciones. Prejuicio que evade y disminuye a su
contraparte, a la vez que niega la verdad como atributo de ser
coherente con los hechos.
¿Puede ser congruente el pensamiento de quien antepone los propios
intereses e ideologías a la conciencia colectiva? No pensar desde el
discurso ordinario, genera otro discurso y por ende otro modo de ver e
interpretar la realidad. Esto es así puesto que la experiencia de
"leer" es individual, pero también por el modo en que nos acercamos a
esa realidad. O la ajustamos a nuestros intereses, o vamos a su
encuentro desde la experiencia social, la cual nos vulnera y nos
transforma en sujeto social, colectivo, ético, solidario. Este último
modo transgrede la gramática o el esquema de pensamiento (ideas ya
pensadas, ya dichas) que marca las reglas que configuran el discurso
elitista-individualista producto de una sociedad fragmentada desde
siempre, y no desde ahora como quieren hacernos creer.
Los discursos de hoy, personales como mediáticos, se realizan y se
reproducen desde un esquema de pensamiento solidificado, incapaz de
incorporar al análisis la experiencia de la vida, ya no individual,
sino social; experiencia nunca acabada, sino en un constante "hacer", y
que a diferencia de la que se "tiene", no se resuelve en la mera
repetición. "Tener experiencia" es repetir lo que venía siendo,
confirmarnos en lo mismo. Hacer una experiencia significa negarnos en
algún punto: no confirma, sino que niega aquello de lo que partíamos.
Pensar lo social desde uno mismo no nos exime hacerlo sobre un fondo de
error, de malos hábitos, de deformaciones y de ciertas dependencias
económicas, libidinales, semióticas y de status. Y muchas veces lo
esencial está fuera de ese pensamiento, por eso nada del presente
resulta positivo.
¿Cómo es posible que, por un lado, se reniegue de volver al pasado y
por el otro, se siga creyendo que la única verdad subyace en los viejos
discursos? Dualidad que no puede ser verdadera y contradictoria al
mismo tiempo sin invalidarse así misma. Pero ¿qué hay en aquellos que
se refugian en ella?
El lenguaje como reservorio cultural es una importante herramienta para
pensar el pasado, traducirlo en la memoria, de modo que podamos prestar
atención a la relevancia del presente, y pensar el futuro o lo posible
en mejores condiciones intelectuales y morales. Claro que, quizás para
llegar a ello uno debiera estar menos pendiente del reconocimiento de
los propios derechos e intereses, que en asumir responsabilidades en la
construcción de un futuro compartido.
Daniel Góngora
DNI 16.490.004
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08-07-2010

Por el error del árbol

Sobre los discursos

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