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Lunes 12 de Julio de 2010


Locales

Con educación, pero sin pedir permiso

Por Alberto Asseff (*)

El mundo actual está más que inquieto. No sólo está preocupado e inestable. Además se mueve y mucho. No siempre en buena dirección, aunque no es sencillo categorizar virtudes y vicios cuando no se trata de asuntos morales, sino tan terrenales como la búsqueda de poder o de conservarlo.
Existen un puñado de países que están quebrando la unipolaridad que reinó efímeramente con la caída del Muro de Berlín en 1989. China, India, Rusia, Brasil encabezan el lote, pero hay otros, como Turquía, Corea e Irán que pugnan por gravitar e incidir en la dirección mundial y sentarse a resolver. Saben que para ello hay que ganar poder.
En general, hay una nota que une a todos los países emergentes: obran educadamente, pero no piden permiso para erigirse en actores. No van a la ONU a reclamar su sitio, sino que lo obtienen en el escenario regional o planetario y luego les va siendo reconocido, más o menos reticentemente.
China y Brasil son claros ejemplos de este procedimiento de algún modo dual: buenas maneras, pero inflexibles para ganar mercados y asegurar sus derechos e influencias, incluidas las geopolíticas y geoestratégicas. China pocas veces pierde su sonrisa. Casi nunca es arrogante. Usa la retórica excepcionalmente. Habla por sus realidades. Sólo muestra sus dientes en la cuestión Taiwán y la 'ayuda' que EE.UU. le proporciona a la isla.
Brasil obra igual, salvo cuando le hablan de la 'internacionalización' del Amazonas o de la IV Flota de EE.UU. en el Atlántico Sur.
Los países emergentes deben reunir tres factores y hacerlos funcionar al unísono: ambición nacional, buen comportamiento -o buenos modos- internacional y una realidad de desarrollo humano y tecnológico-industrial que muestre una creciente y constante reducción de la pobreza interna y consecuente ensanchamiento de su clase media. Y deben evitar la retórica demagógica: a más palabrerío, menos prestigio.
Menos seriedad, más caricatura. No incurrir en"mucho ruido, pero pocas nueces".
De los mencionados, sólo Irán se sale de la raya porque es evidente que plantea un desafío con su política nuclear y su exhortación panislámica. El asunto se complica y mucho porque su islamismo choca con el panarabismo. Para agregar complejidades, los árabes son sunitas y los persas chiítas.
Llamativamente, los países que irrumpen fueron imperios: chino, ruso, brasileño, otomano, persa. Algo así como nuestro dicho campestre:
"pierden el pelo, pero no las mañas". Tienen el ADN de la voluntad de poder. Aquí traigo algo que creo dijo Clemenceau cuando en nombre de Francia nos visitó en el Centenario y se deslumbró con Buenos Aires, tan parisina en su parte más visible: "Buenos Aires es la capital del imperio que no fue". ¿Eso nos inhabilita para intentar ser uno de los emergentes regionales y planetarios? No, pero evidencia que nos embarga alguna dificultad genética que deberemos esmerarnos en sortear.
En vuelo veloz hay que decir que China está desplegando una estrategia para consolidar su influencia en el Asia, en toda ella. Ferrocarriles y autopistas se trazan hacia las fronteras y buscan enlazar el tráfico de mercancías y gentes con la India, Nepal, Myanmar (Birmania),Vietnam, Afganistán -es el primer inversor allí-, los países ex soviéticos y hasta llegar a Frankfurt y a Londres. Día a día avanza en su reconciliación con Japón y mejora sus lazos con la India. Tiene una política audaz en Africa e incursiona en nuestra América. Se esmera por exhibir un rostro de paz y comercio.
Turquía revive su potencia a horcajadas de su situación geográfica clave -desde Constantinopla-, su combinación de Estado laico con profundas tradiciones religiosas, con un pie en la OTAN y Europa y otro en el vasto islamismo que bordea toda Rusia -en varios pueblos de ese área, con un génesis turco, inclusive en la lengua-, penetra en el mencionado Medio Oriente y la península arábiga y se extiende por el Mediterráneo sur y llega hasta el corazón del Africa, la negra y profunda. Su neootomanismo está en vías de reconciliación con Armenia -harto difícil, pero inexorable para ambos pueblos- y con Grecia, con el granulón de Chipre interfiriendo.
Brasil logró en este último medio siglo una formidable transformación.
Aquella promesa de Juscelino Kubitschek cuando asumió en 1956, de darle al Brasil "50 años de progreso en 5 de presidencia" se plasmó. Primero interiorizó el desarrollo, abandonando definitivamente ese Brasil costero y periférico para integrarlo hasta sus lejanos confines. E impulsó el proceso de industrialización y de avance tecnológico. Con esos poderíos como carta de presentación, Cardoso y Lula han extendido Brasil a Sudamérica. Ya lo había anticipado Río Branco "yo hice las fronteras del Brasil -¡vaya si las hizo bien para ellos...!-; los brasileños harán las de Sudamérica".
Ese arranque del Brasil moderno, en 1956, contrasta con nosotros. Ese año estábamos totalmente trabados en el dilema peronismo-antiperonismo, aunque hay que reconocer que Frondizi buscó superar ese funesto anclaje planteando el desarrollo. Lamentablemente, fracasó políticamente.
Pudieron más la falta de patriotismo y las rencillas domésticas que un proyecto común. Sesenta años después seguimos anhelando esa mancomunión programática.
La Argentina no puede rezagarse un tranco más. Su sociedad con el Brasil es prioridad estratégica absoluta. Tenemos que forjar juntos el poder sudamericano. Ello implica algunas proclamaciones verbales pero muchísimas realizaciones visibles y tangibles. Jamás existirá tal poder si no hay conexiones físicas que nos integren y si no establecemos las sinergias en todos los campos y áreas. Juntos podríamos desmantelar la carrera armamentística para erigir la Defensa Sudamericana, bien pertrechada y mejor preparada.

(*) Dirigente del PNC UNIR.

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